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El cerebro, el teatro del mundo

Esta obra, escrita por Rafael Yuste, propone un viaje guiado, lleno de ejemplos visuales y anécdotas, que permite entender cómo el cerebro construye una especie de “realidad virtual” con la que vivimos todos los días.

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El cerebro, el teatro del mundo

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

2 de enero de 2026

“El cerebro, el teatro del mundo” es una invitación muy amena a asomarse al gran misterio de cómo un órgano de kilo y medio es capaz de fabricar recuerdos, emociones, decisiones… y, en último término, eso que cada persona llama “yo”. Su autor, Rafael Yuste, propone un viaje guiado, lleno de ejemplos visuales y anécdotas, que permite entender qué es el sistema nervioso y cómo el cerebro construye una especie de “realidad virtual” con la que vivimos todos los días. 

El punto de partida: un cerebro que inventa un mundo

Yuste arranca el libro con una idea tan sencilla de formular como profunda de digerir: el mundo que cada persona percibe no es el mundo “tal cual”, sino una construcción del cerebro. El título rinde homenaje tanto al barroco Calderón de la Barca como a la reflexión filosófica de Kant: el cerebro sería el teatro donde se representa la obra de la realidad, no la realidad en sí. Esa metáfora sirve de hilo conductor para ir enlazando ciencia, historia de la neurociencia y reflexiones filosóficas sin que el lector se pierda.​

Desde las primeras páginas el autor deja claro que no escribe un tratado académico, sino una obra de divulgación pensada para el gran público, con un tono conversacional. Expone también su apuesta teórica: entender la mente como fruto de la actividad de redes y conjuntos neuronales, más que de neuronas aisladas, una visión que todavía está en evolución, pero que actúa como GPS de toda la narración.​

De las neuronas a las redes: cómo está hecho el teatro

Uno de los aciertos del libro es que comienza por el “hardware” de la mente, explica qué son el encéfalo, la médula espinal y las neuronas, cómo se conectan y qué significa que una neurona “se active” o “dispare” un impulso eléctrico. Introduce también la existencia de neuronas excitadoras e inhibitorias y la enorme diversidad de tipos neuronales, algo que suele pasar desapercibido en explicaciones más simplistas.​

Un giro interesante se produce cuando Yuste desplaza el foco desde la neurona individual a los conjuntos y redes neuronales, que son grupos de neuronas que se activan de forma coordinada. Esta perspectiva enlaza con las redes neuronales artificiales de la inteligencia artificial y el aprendizaje profundo, que el autor utiliza como analogía accesible para entender cómo podrían funcionar las redes biológicas del cerebro. 

Construir el teatro: desarrollo, sentidos y memoria

El libro dedica capítulos muy ilustrativos a cómo se construye físicamente ese teatro del mundo durante el desarrollo embrionario y los primeros años de vida. En esas páginas el autor describe cómo el sistema nervioso surge a lo largo de la evolución y cómo, en el embarazo, se va levantando una estructura increíblemente compleja a partir de instrucciones genéticas y procesos de prueba y error. El lector descubre que el cerebro no nace “acabado”, sino que se remodela de manera muy intensa durante la infancia, con una enorme plasticidad.​

A continuación, aborda los sentidos como los grandes “técnicos de escena” que ajustan el decorado del teatro a la realidad externa. Explica de manera intuitiva cómo la vista y el oído transforman señales físicas (fotones, ondas sonoras) en actividad neuronal y cómo el cerebro integra esa información para generar una imagen coherente del mundo. Resulta especialmente útil para el lector profano entender que lo que se ve o se oye es ya una interpretación, una hipótesis del cerebro sobre lo que ocurre fuera.​

En el capítulo dedicado a la memoria, Yuste describe el hipocampo, la importancia de los conjuntos neuronales como “huellas” de los recuerdos y el papel de sustancias como la dopamina en el aprendizaje. Comenta también la plasticidad de los recuerdos: lejos de ser un archivo inmutable, cada evocación puede reescribir lo que se cree recordar. Esta parte es especialmente interesante para entender por qué distintos testigos recuerdan de forma diferente un mismo hecho o por qué se tiende a idealizar ciertos episodios del pasado.​

Pensar, decidir, emocionarse: la obra en movimiento

Cuando el escenario está montado llegan las escenas más delicadas: la conciencia, el pensamiento y las decisiones. Yuste describe la corteza cerebral como el gran escenario donde se integran las señales sensoriales, se realizan cálculos probabilísticos y se generan predicciones, destacando el papel de las áreas temporal, parietal y prefrontal. A partir de ahí, se adentra en el enigma de la conciencia y los sueños, mostrando que, aunque la ciencia aún está lejos de resolverlos, se empieza a vislumbrar cómo ciertos patrones de actividad cortical se asocian a estados conscientes.​

El análisis de la toma de decisiones lleva al lector al cerebelo, al hipotálamo y al sistema nervioso periférico y entérico, casi un “segundo cerebro” en el intestino. El libro insiste en que las emociones no son un adorno irracional, sino una parte central del sistema de control del comportamiento, que orienta las elecciones hacia lo que ha sido útil para la supervivencia. De este modo, se entiende mejor por qué una decisión nunca es puramente “fría”: detrás hay redes neuronales impregnadas de experiencias y afectos.​

Otro aspecto clave del libro es su dimensión histórica. Yuste no se limita a explicar conceptos, recorre los principales hitos de la neurociencia a través de figuras como Santiago Ramón y Cajal, Rafael Lorente de Nó, Thomas Graham Brown, Ethel Browne, Rita Levi-Montalcini o Christiane Nüsslein-Volhard. Cada nombre se acompaña de pequeñas historias, lo que ayuda a humanizar la ciencia y mostrarla como una aventura colectiva, con intuiciones geniales, errores y perseverancia.​

El libro, sin convertirse en un manifiesto ético, invita al lector a pensar en las consecuencias de poder leer, modificar o potenciar la actividad cerebral con tecnologías cada vez más precisas. La metáfora del teatro del mundo sirve también aquí: si se puede intervenir en el escenario donde se representa la realidad personal, ¿qué límites se deben poner, quién decide el guion y cómo se protege la intimidad mental? 

 



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