
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
9 de enero de 2026La fotografía de la esperanza de vida en España durante la pandemia fue durísima: en 2020 el indicador tocó fondo en torno a 82,4 años, muy por debajo de los niveles prepandemia. Nuestro país, que en 2019 ocupaba el tercer puesto en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), cayó al octavo lugar tras el impacto de la primera ola de la COVID.
En apenas tres años la curva ha cambiado de signo. Entre 2021 y 2023 la esperanza de vida española ha subido unas siete décimas hasta recuperar los 84 años, lo que ha permitido adelantar de nuevo a países como Corea del Sur y Australia, y regresar al tercer peldaño del ranking. En paralelo, la media de los 38 países de la OCDE se sitúa en unos 81,1 años, casi tres menos que España.
Detrás de esos 84 años no hay magia, sino un cóctel de factores médicos, sociales y culturales que empujan en la misma dirección. Un sistema sanitario público amplio y relativamente accesible, que cubre desde la atención primaria hasta tratamientos hospitalarios complejos y mantiene tasas de mortalidad inferiores a la media de la OCDE (181 muertes por 100.000 habitantes frente a 191). Una alimentación de patrón mediterráneo, rica en frutas, verduras, legumbres, aceite de oliva y pescado, que reduce el riesgo de enfermedad cardiovascular y algunos tipos de cáncer. Una red familiar y social que, con todas sus tensiones, sigue proporcionando apoyo cotidiano a personas mayores, algo clave para la salud mental y la adherencia a tratamientos.
A todo esto, añadir las políticas de salud pública que se han ido consolidando en las últimas décadas: campañas de vacunación masiva, control del tabaco, cribados de cáncer y mejoras progresivas en la atención a patologías crónicas como la diabetes o la hipertensión. Todo ello contribuye a que la población llegue a los 70 y 80 años con menos complicaciones de salud que generaciones anteriores.
La pandemia supuso un frenazo feroz a esa trayectoria ascendente. En cuestión de meses España acumuló un exceso de mortalidad que borró de un plumazo varios años de avance en esperanza de vida. El golpe fue especialmente duro en residencias de mayores y entre personas con múltiples enfermedades crónicas, precisamente los grupos que sostienen buena parte de la estadística de longevidad.
La remontada tiene mucho que ver con tres elementos encadenados. En primer lugar, la amplia cobertura vacunal frente a la COVID, que ha reducido de forma muy significativa las muertes por esta infección en los últimos años. En segundo, la mejora en los tratamientos y protocolos de manejo hospitalario, que ha hecho que una infección grave en 2023 no tenga nada que ver con lo que suponía en 2020. En tercero, el llamado “efecto rebote estadístico”: tras un año con mucha mortalidad en personas muy frágiles, los años siguientes concentran relativamente menos fallecimientos en esos grupos, lo que empuja al alza la esperanza de vida media.
Que España haya sido capaz de recuperar en 2023 el nivel de 84 años indica que el sistema sanitario y social haya absorbido, con muchas cicatrices, el impacto del virus. Pero también recuerda, y esto no es baladí, lo rápido que un shock sanitario puede tirar por tierra una década de avances demográficos.
La medalla de bronce en esperanza de vida no debe ocultar los puntos débiles, que el propio informe califica como “luces y sombras”. Uno de ellos es la diferencia por sexo: mientras las mujeres españolas se sitúan entre las más longevas del mundo, los hombres presentan tasas de mortalidad algo superiores a la media de la OCDE.
A ello se añaden factores de riesgo que siguen demasiado presentes: el tabaco y el consumo de alcohol continúan teniendo un peso relevante, especialmente en determinadas franjas de edad.; la obesidad y el sedentarismo avanzan, sobre todo entre población joven, lo que puede comprometer los futuros años de vida saludable.
El otro gran reto es puramente demográfico: España no solo vive más, sino que envejece muy deprisa, con una proporción creciente de mayores de 65 y 80 años. Eso tensiona el sistema sanitario, las pensiones y los cuidados de larga duración, y obliga a repensar cómo se organiza la atención a largo plazo para personas dependientes.
Las desigualdades sociales también cuentan, no se vive igual de 84 años en todas partes: el nivel educativo, el tipo de empleo, el barrio de residencia o la renta condicionan tanto el acceso a la prevención como la capacidad de seguir recomendaciones de salud.
Se podría decir, sin ser alarmistas que, en la práctica, hay “dos Españas” de la longevidad: una que vive muchos años con buena salud y otra que suma años con más enfermedad y más limitaciones.
Mantenerse en el tercer puesto de la OCDE no está garantizado. Otros países también empujan sus cifras de esperanza de vida y compiten por ese podio demográfico. Para España los próximos años serán decisivos si se quiere seguir sumando años de vida y, sobre todo, años de vida saludable.
Algunas claves que se discuten en los análisis internacionales apuntan en la misma dirección. Una de ellas es reforzar la Atención Primaria para que siga siendo el eje del sistema, con más profesionales, más tiempo por paciente y más capacidad para abordar salud mental y cronicidad. Es preciso consolidar las lecciones de la COVID (vigilancia epidemiológica, capacidad de respuesta rápida y protección de las residencias de mayores ante futuras crisis sanitarias) e Invertir en prevención. Hay que desarrollar políticas más ambiciosas frente al tabaco, el alcohol y la mala alimentación, y entornos urbanos que faciliten moverse a pie o en bicicleta.
También será crucial adaptar la sanidad y los servicios sociales al envejecimiento acelerado de la población, esto implica desarrollar cuidados de larga duración más sólidos, apoyar a las familias cuidadoras y asegurar que la accesibilidad de viviendas y barrios permita a los mayores seguir viviendo en su entorno el máximo tiempo posible.
A medio plazo, la estrategia se extenderá más allá de la sanidad: el empleo, la vivienda, el diseño de las ciudades, la educación y la tecnología tienen impacto directo sobre cuántos años vivimos y cómo los vivimos. Si España logra alinear esas políticas con la salud el dato de 84 años de esperanza de vida será solo un hito más en una trayectoria de longevidad sostenida.