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La soledad no deseada golpea a uno de cada cuatro jóvenes españoles: “Es el reflejo de la sociedad en la que vivimos”

El individualismo, la incertidumbre vital y la superficialidad de las relaciones se han convertido en un problema generacional frente al que los expertos reclaman reforzar los lazos comunitarios

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La soledad no deseada golpea a uno de cada cuatro jóvenes españoles: “Es el reflejo de la sociedad en la que vivimos”
Freepik

Por Juan García

9 de abril de 2026

En un mundo crecientemente interconectado, donde las barreras físicas de la distancia se salvan a golpe de clic, se da la paradoja de que la soledad no deseada se ha convertido en “uno de los grandes retos sociales de nuestro tiempo”, como señala a Medicina Responsable el coordinador del Observatorio Estatal de Soledad no Deseada de la Fundación ONCE, Juan Ignacio Vela. Según los datos de esta entidad, hasta un 20% de los españoles se sienten víctimas de este fenómeno, en el que determinantes sociales como la renta o la pertenencia a colectivos vulnerables juegan un papel determinante.

Aunque tradicionalmente se ha entendido como una cuestión sobre todo de personas mayores, los datos del Observatorio muestran que en realidad son los jóvenes quienes más la padecen. Este aislamiento social involuntario se ha convertido en una epidemia silenciosa que ya golpea a una de cada cuatro personas (un 25,5%) de entre 16 y 29 años en España. El porcentaje es aún mayor si acotamos entre los 18 y los 24, superando el 34% de incidencia en este tramo de edad. Además, una vez que aparece tiende a cronificarse, pues, tres de cada cuatro de estos jóvenes la sienten desde hace más de un año y casi la mitad, desde hace más de tres.  

Lejos de limitarse al plano individual, la aparición de la soledad no deseada obedece a dinámicas sociológicas y genera un impacto económico que la Fundación ONCE cifra por encima de los 14.000 millones de euros (un 1,117% del PIB).  Estos costes, calculados en forma de gastos médicos, merma económica por bajas laborales y otros efectos colaterales, apunta Vela que son comparables a “otras enfermedades crónicas, como son enfermedades cardiocirculatorias, hipertensión o el tabaquismo”. 

Incertidumbre, individualismo e inestabilidad: motores de la soledad

Las personas discapacitadas, del colectivo LGTBI o de minorías étnicas son perfiles más susceptibles de padecer la soledad no deseada y, en el caso de los jóvenes, también quienes están en situación de desempleo, pobreza o quienes han sufrido acoso escolar o laboral.  La renta y el nivel educativo están inversamente relacionadas con la soledad, aumentando considerablemente su prevalencia entre quienes tienen menor nivel socioeconómico.

Además de estos condicionantes personales, hay otra serie de factores coyunturales que marcan un contexto hostil para la juventud y propicio para esa percepción de desamparo. El presidente de la Fundación Psicología sin Fronteras, Guillermo Fouce, sostiene en conversación con este medio que hay causas profundas que subyacen a esta “emergente” soledad entre los jóvenes. “Son fruto de la sociedad en la que viven. A veces se les criminaliza o se señala, pero lo que les ocurre es el reflejo de la sociedad en la que vivimos”, apunta a este respecto.

En el libro “Soledad no deseada: claves para la acción municipal” este doctor en psicología y profesor en la Universidad Complutense de Madrid alude a un triángulo de factores que aparecen con frecuencia en la vida de los jóvenes: inseguridad, inestabilidad y riesgo. Fouce señala que la incertidumbre sobre su futuro vital, ante problemas estructurales como la precariedad o la dificultad para acceder a una vivienda, conforman generaciones acostumbradas a vivir en entornos inciertos o ‘líquidos’, como los denominaba el sociólogo Zygmunt Bauman. Esa liquidez se caracteriza por una volatilidad que se aplica tanto a las relaciones como a las expectativas vitales y laborales: todo está en permanente cambio, prima la superficialidad y faltan certezas y garantías.

Mientras sus padres tenían unas expectativas más o menos claras para formar un proyecto de vida, a las nuevas generaciones se las define con frecuencia como las primeras en la historia en vivir peor que sus predecesores. Fouces apunta en este sentido que el trabajo ha dejado de ser “un eje de identidad” como era antaño, en tanto que la profesión no garantiza un futuro estable. Así se configura esa continua percepción de inestabilidad e inseguridad en la que las nuevas formas de interacción social favorecen a través de un marcado individualismo que desplaza el sentimiento de comunidad. 

La ‘dictadura’ de los 150 caracteres: cómo las redes fomentan relaciones superficiales

A estos conflictos con la propia identidad se suma el cambio de paradigma en la socialización que han traído consigo las redes sociales. Estos espacios digitales, señala el psicólogo, favorecen “relaciones superficiales” donde se debilitan los vínculos de empatía, escucha activa y apoyo. La dictadura de la inmediatez y de la brevedad que instauran las redes también da lugar a una generación “ansiosa”, sostiene. “A veces usamos la metáfora de que la comunicación queda reducida a los 150 caracteres. Eso significa simplificar todas las relaciones y e interacciones”, sostiene.

Las redes sociales también configuran una visión del mundo donde priman visiones idealizadas de la propia imagen y se ocultan los aspectos negativos. Esto desemboca en una “hiperprotección” ante las emociones negativas que, paradójicamente, les hace más vulnerables ante las comparaciones con el entorno que fomentan las redes sociales.

Si bien las tecnologías tienen un gran potencial para crear lazos con otras personas, son un arma de doble filo, pues pueden acarrear una limitación del contacto cara a cara. En este aspecto, Vela resalta en base a los datos del Observatorio de la ONCE que la soledad aparece con más frecuencia entre quienes limitan las interacciones sociales a los entornos virtuales como reemplazo a la presencialidad. 

Del urbanismo a los agentes sociales: recetas para crear comunidad

Frente a esta realidad, Fouce resalta la importancia de “equilibrar ese individualismo atroz del sálvese quien pueda” en el que aprecia que se han sumido las sociedades actuales. Para ello, las recetas que se pueden aplicar son diversas y multidisciplinares, y van desde el ámbito de proximidad en los barrios a la coordinación de iniciativas a nivel estatal. En este sentido, el presidente de Psicología sin Fronteras reivindica la vuelta a la creación de redes y espacios comunes para promover una sociedad “que escuche, que empatice y que tenga espacios comunes de encuentro”. Este es un aspecto en el que coincide Vela y que resume en la pretensión de “construir comunidad” y promover “relaciones que sean más significativas”. 

Con este objetivo, el Gobierno ha aprobado recientemente la primera estrategia estatal de soledades. Con esta iniciativa se busca poner un marco común con medidas que van desde el diseño de espacios urbanos que favorezcan la interacción a la implicación de los sanitarios a través de la denominada prescripción social. Desde la Fundación Once, Vela considera que la estrategia incluye medidas de “muy amplio calado” y que van desde lo urbanístico, en el diseño de cómo se configuran los espacios de las ciudades, a lo normativo.

Vela pone de ejemplo las iniciativas que han implementado instituciones como el Ayuntamiento de Barcelona o las diputaciones de Vizcaya o Guipúzcoa para implicar a otras entidades como el pequeño comercio en la detección de las personas en situación de soledad no deseada. El consistorio barcelonés implantó un sistema de 'radares' para detectar estas situaciones que involucra a la farmacia comunitaria y otros establecimientos y poder contrarrestar el abandono que sienten estas personas. "Uno no es que viva eternamente en soledad, sino que cae en soledad cuando se rompe una cadera, entra en una enfermedad, sufre una pérdida o deja de cuidarse. Entonces, que que tengamos una red de detección lo más comprometida posible entre ciudadanos distintos", ilustra el psicólogo. 

Para Fouce, otra de las apuestas clave es hacer conscientes a los profesionales sanitarios de que prescriban “cultura, relaciones o actividad deportiva” como mecanismo preventivo para atajar el fenómeno de la soledad no deseada entre los jóvenes. 



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