
Por Nuria Cordón
20 de febrero de 2026El doctor Alberto Kramer R. es médico de familia. Esta semana ha decidido secundar la huelga médica convocada contra el nuevo Estatuto Marco, aunque apenas ha podido ejercerla. Trabaja en urgencias hospitalarias de un gran hospital y, como muchos compañeros, está sujeto a servicios mínimos del 100%. En la práctica, explica, eso significa seguir trabajando igual que cualquier otro día. “No tenemos derecho real a hacer huelga. En urgencias, en UCI o en reanimación seguimos al cien por cien”, afirma. Aun así, quiso sumarse simbólicamente al paro porque considera que el conflicto ya no va solo de condiciones laborales, sino de algo más profundo: el desgaste acumulado de una profesión que siente que ha llegado al límite.
Habla sin elevar el tono, pero con una idea repetida varias veces durante la conversación: la huelga no es una victoria. “Para nosotros es un fracaso. A nadie le gusta estar en huelga”.
El punto de inflexión, según explica el doctor, no ha sido una decisión concreta del Ministerio ni una negociación fallida, aunque el nuevo Estatuto marco firmado por Sanidad y los sindicatos del Ámbito, dejando fuera a los sindicatos médicos, sí ha sido la gota que ha colmado el vaso. Es la sensación de que la saturación ha dejado de ser puntual para convertirse en permanente. “La sobresaturación ya no es algo excepcional. Es diaria”, resume.
En Atención Primaria, donde se forma el primer contacto con el paciente, esa presión se traduce en consultas de apenas unos minutos. “No puede ser que tengamos citas de cinco o seis minutos. Eso genera frustración en el médico y también en el paciente”. Según describe, la burocracia creciente, la complejidad clínica y la falta de tiempo están erosionando una relación médico-paciente que históricamente se basaba en la cercanía. Y cuando esa puerta de entrada falla, el sistema entero se resiente. “Si no consigues cita con tu médico y te la dan dentro de doce días, acabas yendo a urgencias”.
A esta situación, añade, se suma el aumento progresivo de la cronicidad, el envejecimiento de la población y el incremento de la demanda asistencial sin que haya habido un crecimiento equivalente de las plantillas. “Cada vez atendemos pacientes más complejos, con más patologías y más responsabilidad clínica, pero con el mismo tiempo o incluso menos”, señala.
Pero el verdadero núcleo del malestar aparece cuando habla de las guardias. Ahí su discurso cambia y se vuelve más directo. “Trabajamos a las diez de la mañana prácticamente igual que a las dos de la madrugada”, explica. Después de más de doce horas seguidas de trabajo llega la fatiga mental, el cansancio acumulado y, con ellos, el miedo al error. “A partir de cierto momento hay deterioro cognitivo, y eso afecta a la seguridad del paciente”.
El origen está en la llamada jornada complementaria, un sistema que obliga a añadir horas a la jornada ordinaria y que, según denuncia, no se reconoce plenamente como tiempo trabajado. “Puedo cobrar más por una hora por la mañana que por trabajar de madrugada”, señala. Con varias guardias mensuales, asegura, un médico puede alcanzar entre 200 y 220 horas de trabajo al mes. “Estoy haciendo unas cien horas más que otras categorías bajo el mismo estatuto”.
Según explica, esta organización del trabajo provoca situaciones difíciles de sostener: “Un médico puede trabajar 24 horas seguidas, descansar al día siguiente, entre comillas, y volver a incorporarse a su puesto a la mañana siguiente”. Esto contrasta con el resto de profesionales que trabajan por turnos y tienen más tiempo para descansar.
Lo que más le sorprende no es solo la carga laboral, sino la ausencia de debate público sobre ella. “Se habla de reducir jornadas en otros sectores, pero no oyes al Ministerio de Trabajo hablar de las jornadas médicas. En cualquier empresa privada esto se corregiría en menos de 24 horas”. A su juicio, esta falta de atención institucional contribuye a que muchos profesionales sientan que su situación permanece invisible pese al impacto directo que tiene sobre la seguridad asistencial.
Aun así, el doctor insiste en que el conflicto no es una lucha contra otros profesionales sanitarios. “Esto no es contra enfermería ni contra nadie”, aclara. A su juicio, el problema está en el modelo de negociación. “Los médicos somos entre el 15 y el 18% en las mesas. Si algo supone gasto y solo afecta a médicos, es difícil que salga adelante”. Por eso defiende la necesidad de un estatuto propio que regule sus condiciones laborales y permita abordar específicamente las particularidades de la profesión médica.
Aunque los hospitales mantienen actividad completa por los servicios mínimos, el impacto empieza a percibirse. En los últimos días ha atendido a varios pacientes que acudieron a urgencias tras no encontrar médico en su centro de salud. “Existe la cultura de ‘si no me atienden allí, me voy al hospital’”, explica. Una tendencia que se suma a otra realidad: “Desde la Covid la asistencia en urgencias prácticamente se ha duplicado”.
Según relata, muchos de los casos que llegan no son urgencias reales, sino problemas que tradicionalmente se resolvían en el centro de salud, lo que incrementa todavía más la presión asistencial hospitalaria.
Pese a todo, asegura que la mayoría de los pacientes están reaccionando con comprensión. “Muchos saben cómo está la sanidad”. Aunque reconoce que también existen episodios de frustración: “Hay pacientes desinformados que ven al médico como el enemigo porque desconocen nuestras condiciones de trabajo”.
Aunque reconoce el daño inmediato que provoca el paro, cree que el objetivo merece la pena. “La huelga no nos gusta. Nadie estudia Medicina para dejar de atender pacientes”, afirma. Sin embargo, muchos profesionales sienten que han llegado a un punto límite. “Si no se actúa ahora, el sistema seguirá deteriorándose y cada vez será más difícil garantizar una atención segura”.
En medio del ruido político y las cifras de seguimiento, su reflexión vuelve a lo esencial: detrás de la huelga no hay solo una negociación laboral, sino médicos que temen no poder ejercer la profesión en las condiciones que consideran dignas para ellos y seguras para quienes atienden. “Estamos intentando que la sanidad pueda seguir funcionando dentro de unos años”, concluye. “Aunque ahora duela”.