
Por Nuria Cordón
26 de febrero de 2026Son las ocho de la mañana y el hospital empieza a despertar. En la planta de hospitalización, un médico revisa una lista de pacientes que no comparten ni diagnóstico ni edad, pero sí algo en común: ninguno encaja en una sola especialidad. Antes de que empiecen las pruebas, las llamadas y las interconsultas, este profesional ya sabe que su jornada consistirá en ordenar historias clínicas complejas y tomar decisiones donde casi todo está conectado.
Durante los últimos siglos, la medicina moderna ha dividido el conocimiento en especialidades cada vez más precisas. Pero cuando las enfermedades se superponen y un paciente acumula diagnósticos, tratamientos y dudas que no responden a una única explicación, aparece una figura poco conocida para muchos pacientes: el médico internista.
A diferencia de otras especialidades centradas en órganos o técnicas concretas, el internista aborda al paciente desde una perspectiva global. Su trabajo consiste en relacionar síntomas, antecedentes y tratamientos para comprender cómo interactúan entre sí patologías que no pueden analizarse de forma aislada.
Tal y como explica el doctor Pedro Gargantilla, médico internista del Hospital de El Escorial de Madrid, “actuamos muchas veces como un auténtico director de orquesta”: distintos especialistas intervienen sobre un mismo paciente, pero alguien debe coordinar cada decisión para que el conjunto tenga coherencia clínica. “El internista debe conocer todos los instrumentos (cardiología, nefrología, neumología o neurología) aunque no sea el virtuoso absoluto de ninguno”, explica el doctor. “Sabemos de todas las especialidades médicas, aunque no con el nivel de hiperprecisión del especialista. Ellos dominan su parcela; nosotros conectamos todas.”
No es extraño, añade, que muchos pacientes lleguen a Medicina Interna después de haber pasado por varias consultas sin una respuesta clara. “Cuando nadie puede mirar solo una parte, alguien tiene que ordenar el conjunto.” Por ello, el doctor la califica como “la especialidad más bonita de las médicas”. Porque comprender al paciente en su totalidad y tomar decisiones complejas, “marcan la diferencia”.
A diferencia de disciplinas centradas en procedimientos concretos, la Medicina Interna se apoya especialmente en el razonamiento clínico. “Nuestro trabajo consiste muchas veces en pensar”, resume el doctor Gargantilla. “Analizar toda la información disponible y encontrar el hilo conductor”.
Quienes la eligen suelen hacerlo precisamente por esa complejidad intelectual. “Es probablemente la especialidad más completa de la medicina”, afirma. La formación exige manejar conocimientos de prácticamente todas las áreas clínicas y tomar decisiones en escenarios donde no siempre existen respuestas claras.
Al atender a pacientes con varias enfermedades simultáneas, esa visión evita tratamientos contradictorios y mejora la seguridad clínica. “Un cardiólogo puede tratar muy bien el corazón, pero quizá desconozca cómo esa medicación afecta al riñón o al pulmón”, explica. Por eso, dentro del hospital, cuando un caso se complica, alguien suele decir: “Vamos a ver qué opina el internista”.
Pese a su papel clave, la Medicina Interna sigue siendo una gran desconocida para muchos pacientes. Mientras especialidades como cardiología o traumatología resultan fácilmente identificables, el trabajo del internista permanece en un segundo plano, ya que la progresiva hiperespecialización y la organización asistencial han reducido su visibilidad pública.
La paradoja es que históricamente fue una de las disciplinas más prestigiosas de la medicina española. Figuras como Gregorio Marañón, uno de los grandes referentes médicos e intelectuales del siglo XX, fueron internistas, y durante décadas las primeras plazas del MIR se elegían dentro de esta especialidad.
En un sistema sanitario cada vez más especializado, y con pacientes más longevos que conviven con varias enfermedades crónicas, su papel resulta más relevante que nunca. Cada vez son más frecuentes los pacientes pluripatológicos: personas mayores que conviven con varias enfermedades crónicas y tratamientos simultáneos. “Antes predominaban enfermedades únicas; ahora tratamos pacientes con múltiples procesos activos”, señala el doctor Gargantilla. No es casualidad, recuerda, que la geriatría naciera históricamente dentro de la propia Medicina Interna: “Los primeros geriatras eran internistas que decidieron centrarse en la población muy anciana”.
En este contexto, la coordinación médica resulta fundamental para evitar pruebas innecesarias, interacciones farmacológicas o ingresos prolongados. Sin embargo, esa complejidad también tiene un coste: exige tiempo, análisis y decisiones continuas que no siempre encajan con modelos sanitarios orientados a procesos rápidos o altamente protocolizados.
Según explica el especialista, en la sanidad privada, por ejemplo, el trabajo del internista suele estar peor remunerado porque se valora más el procedimiento que la visión global del paciente. Esta realidad, junto con la elevada carga asistencial, ha llevado a algunos médicos jóvenes a optar por otras especialidades. Aun así, quienes la ejercen destacan el valor intelectual y humano del trabajo diario. “Cada paciente es distinto. Nunca hay dos casos iguales”.
La irrupción de la inteligencia artificial y las nuevas herramientas diagnósticas ha abierto una nueva etapa en la medicina y también en la Medicina Interna. Sistemas capaces de analizar grandes volúmenes de información clínica permiten hoy manejar datos con una rapidez impensable hace apenas unos años.
Según explica el doctor Gargantilla, bien utilizada, la IA puede convertirse en una herramienta de enorme valor para el especialista: “Metes los datos de un paciente y te da cinco diagnósticos posibles. El correcto casi siempre está ahí”. Estas aplicaciones ayudan a ordenar la información y a ampliar las hipótesis diagnósticas, especialmente en casos complejos.
Sin embargo, insiste en que su utilidad depende siempre de la supervisión médica. “La tecnología ayuda a ordenar datos, pero alguien tiene que interpretarlos dentro de una historia clínica real”. Para el doctor, el criterio clínico sigue siendo insustituible, porque ningún algoritmo puede valorar por sí solo el contexto completo del paciente.
Eso sí, está convencido de que la adaptación será inevitable. “O nos adaptamos a la IA o seremos arrasados. No dentro de 50 años, sino antes de la jubilación”, advierte.
Y es que, en una medicina cada vez más tecnológica y fragmentada, alguien sigue siendo responsable de conectar todas las piezas, y ese papel, casi siempre lejos del foco, lo desempeña el médico internista.