
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
16 de enero de 2026Ante un peligro potencial nuestro cuerpo activa el "modo supervivencia" y se liberan hormonas como el cortisol y la adrenalina para prepararnos, huir o pelear. Estas sustancias aceleran el ritmo cardíaco, elevan la presión arterial y envían energía a los músculos. En situaciones puntuales esta respuesta salva vidas. Pero el estrés crónico -compañero inseparable de trabajos precarios, redes sociales y presiones económicas- mantiene esos interruptores encendidos veinticuatro horas al día los siete días de la semana.
La pregunta que surge es inevitable: ¿qué efectos tiene esta alerta permanente en nuestro organismo? Estudios recientes publicados en la Revista Finlay confirman que este escenario provoca un desequilibrio neuroendocrino-inmunológico, debilitando las defensas y alterando el metabolismo.
El primer órgano en sufrir los efectos es nuestro cerebro. El cortisol elevado de forma crónica reduce la neuroplasticidad, esa capacidad mágica para aprender y adaptarnos, daña el hipocampo (memoria) y la corteza prefrontal (toma de decisiones). Los resultados son más que evidentes: olvidos constantes, dificultad para concentrarte y cambios en el humor. Pero aquí no paran los daños cerebrales, se ha observado que induce inflamación capaz de acelerar la enfermedad de Alzheimer.
Además, debemos poner nuestra mirada en el "sistema glinfático", que limpia toxinas cerebrales y que únicamente funciona bien cuando hay un descanso nocturno reparador. Se ha demostrado que el estrés crónico es un ladrón de este tipo de sueño, lo que conlleva un acúmulo de ciertas proteínas como beta-amiloide, que juega un papel crucial en enfermedades neurodegenerativas.
Un estudio pionero publicado en Journal of Molecular and Cellular Cardiology, demuestra que solo 10 días de estrés es capaz de activar "inflamasomas NLRP3" en células cardíacas, amplificando la inflamación molecular que endurece las arterias y causa arritmias. Esto eleva el riesgo de hipertensión arterial, infartos de corazón e insuficiencia cardiaca.
En diciembre de 2025 un grupo de investigadores argentinos alertaron sobre los efectos del llamado "estrés navideño" al demostrar que durante esas fiestas el cortisol elevado favorece el acúmulo de colesterol y el incremento de las cifras de presión arterial, generando una "tormenta perfecta" capaz de provocar daños graves a nivel de las arterias coronarias.
El cortisol suprime la actividad de los linfocitos y anticuerpos, aumentando la vulnerabilidad frente a enfermedades infecciosas y procesos tumorales. En esta línea han sido numerosos los investigadores que han confirmado que el estrés de forma prolongada desciende el número de glóbulos blancos, retrasa la cicatrización y agrava enfermedades autoinmunes reumatológicas.
A nivel gastrointestinal se desvía sangre desde el aparato digestivo a la musculatura, ralentizando la motilidad intestinal y aumentando la secreción de ácido gástrico, causando reflujo gastroesofágico, colon irritable y gastritis.
Se produce una descoordinación en el "eje intestino-cerebro" favoreciendo la aparición de ritmos gástricos sincronizados con ondas cerebrales estresadas que disparan la ansiedad.
Hombros agarrotados, cefalea y fatiga muscular son la norma en las personas con estrés crónico, ya que el sistema musculoesquelético se tensa, una situación que puede derivar en fibromialgia y problemas posturales. La epidermis y el cuero cabelludo no son ajenos a esta situación, apareciendo acné, alopecia y dermatitis.
Combatir el estrés crónico de forma preventiva es más fácil de lo que parece: se trata de realizar pequeños cambios diarios que "reprograman" nuestro cuerpo para resistir mejor a las presiones de la vida moderna. Estudios recientes muestran que combinar ejercicio, mindfulness y hábitos simples puede bajar el cortisol hasta un 30%.
Sin duda alguna, el ejercicio es nuestro mejor aliado contra el estrés, porque libera endorfinas que actúan como analgésicos naturales y fortalecen el corazón. Caminar, correr o nadar 150 minutos a la semana reducen la inflamación en un 18% y mejoran el sueño reparador.
La mente estresada es como un navegador con GPS averiado y el mindfulness es capaz de recalibrarlo. Tan solo con dedicar 10 minutos diarios a meditar o respirar de forma profunda (inhalando 4 segundos, reteniendo 7 y exhalando 8) se activa el sistema parasimpático y se reduce la ansiedad en un 28%.
El sueño es el "limpiador" natural del cerebro. Se recomienda dormir entre 6-8 horas diarias para eliminar las toxinas que causan olvidos, evitar pantallas una hora antes de acostarte y mantener horarios fijos. En la mesa, la recomendación es elegir una dieta mediterránea con pescados ricos en omega-3 (salmón, sardinas), nueces y frutas, lo cual reduce la inflamación hasta en un 18%. Pasear en parques cercanos y comunidades activas reduce la soledad en un 22%. El empleo de relojes inteligentes puede ayudar a monitorear el ritmo cardíaco, detectando picos tempranos y que pueden ser combatidos con pequeñas pausas.
Por último, se ha observado que el caos alimenta el estrés, así que el uso de estrategias SMART (específicas, medibles, alcanzables, relevantes, temporales) ayuda a dividir tareas grandes en pasos pequeños, reduciendo la sobrecarga hasta en un 30%.
Adoptar tres o cuatro de estas rutinas -de forma combinada- genera resultados tangibles en pocos meses, con una reducción del 30-50% en los riesgos cardíacos y cerebrales.