
Por Medicina Responsable
9 de abril de 2026El Parkinson se está convirtiendo en uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI. La enfermedad, ya la segunda patología neurodegenerativa más frecuente del mundo, es también la que más rápido está creciendo en términos de prevalencia, discapacidad y mortalidad. En apenas dos décadas, la carga global ha aumentado más de un 80% y el número de fallecimientos se ha duplicado.
Actualmente más de 12 millones de personas viven con Parkinson en todo el mundo, una cifra que podría alcanzar los 25,2 millones en 2050, lo que supondría un incremento superior al 110%. Este aumento sostenido está estrechamente relacionado con el envejecimiento de la población, aunque los expertos advierten de que no es el único factor. “El envejecimiento de la población es el principal factor que explica este aumento, pero no el único, ya que sabemos que en el desarrollo de la enfermedad también influyen otros factores genéticos y ambientales”, explica el doctor Álvaro Sánchez Ferro, coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos del Movimiento de la Sociedad Española de Neurología (SEN).
En España, la enfermedad de Parkinson afecta ya a más de 200.000 personas, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), y cada año se diagnostican cerca de 10.000 nuevos casos.
Nuestro país presenta además una situación especialmente relevante desde el punto de vista epidemiológico. Es actualmente el noveno país del mundo con mayor número absoluto de casos de Parkinson, a pesar de ocupar el puesto 31 por población. Y las previsiones indican que esta tendencia continuará en las próximas décadas. De hecho, los estudios epidemiológicos apuntan a que en 2050 España será el país con mayor prevalencia por habitante, con cifras cercanas a 850 casos por cada 100.000 personas. El incremento ya es visible: desde 2012, el número de pacientes con Parkinson en España se ha duplicado.
El especialista advierte además de que el aumento previsto de casos tendrá consecuencias importantes para el sistema sanitario. “El previsible incremento en las próximas décadas tendrá un impacto muy significativo en los sistemas sanitarios. Por ello, es prioritario no solo impulsar la investigación de tratamientos más eficaces, sino también mejorar la planificación de recursos y fomentar estrategias de prevención basadas en hábitos de vida saludables”, señala.
La edad media de inicio del Parkinson se sitúa en torno a los 60 años, con un ligero predominio en varones. La prevalencia aumenta claramente con la edad: afecta aproximadamente al 2% de la población mayor de 65 años y alcanza hasta el 4% en mayores de 80 años.
Sin embargo, no se trata exclusivamente de una enfermedad de personas mayores. En torno al 15% de los pacientes presentan Parkinson de inicio temprano, es decir, con síntomas que aparecen antes de los 45 años. En estos casos suele existir una mayor probabilidad de que haya un componente genético o familiar.
Los estudios genéticos han identificado diversas mutaciones asociadas al Parkinson. Se estima que estas variantes podrían explicar hasta un 30% de las formas familiares y aproximadamente un 5% de los casos esporádicos. Aun así, menos del 10% de los casos son claramente hereditarios.
Aunque la edad sigue siendo el principal factor de riesgo, cada vez existe más evidencia científica sobre el papel que pueden desempeñar determinados factores ambientales y de estilo de vida en el desarrollo del Parkinson. “Cada vez existe mayor evidencia sobre la importancia de diversos factores modificables”, destaca el doctor Sánchez Ferro. Entre ellos se encuentran la exposición a pesticidas y contaminantes ambientales, el sedentarismo o el mal control de factores vasculares.
Estos hallazgos refuerzan la importancia de promover hábitos de vida cerebrosaludables, tanto como estrategia de prevención como para retrasar la aparición o progresión de los síntomas.
El Parkinson se caracteriza por la degeneración progresiva de las neuronas dopaminérgicas, responsables de producir dopamina, un neurotransmisor clave en los circuitos cerebrales que regulan el movimiento.
La disminución de dopamina provoca los síntomas motores más característicos, entre ellos temblor en reposo, rigidez muscular, bradicinesia —una lentitud extrema en los movimientos voluntarios— e inestabilidad postural.
Sin embargo, la enfermedad no se limita a los trastornos del movimiento. Muchos pacientes presentan también síntomas no motores, como trastornos del sueño, depresión o deterioro cognitivo, que en algunos casos pueden aparecer años antes de los síntomas motores. De hecho, se estima que hasta un 30% de los pacientes pueden presentar depresión como una de las primeras manifestaciones clínicas.
La heterogeneidad clínica y la ausencia de pruebas diagnósticas definitivas hacen que el diagnóstico siga siendo fundamentalmente clínico, basado en la evaluación neurológica y en la evolución de los síntomas.
Esta complejidad contribuye a que un número significativo de casos permanezca sin diagnosticar en las fases iniciales. Según estimaciones de la SEN, en España existe un retraso medio de entre uno y tres años entre la aparición de los primeros síntomas y el diagnóstico.
En la actualidad, los tratamientos disponibles para el Parkinson son principalmente sintomáticos. Existen distintos fármacos destinados a restaurar o modular la función dopaminérgica, que permiten mejorar el control de los síntomas motores.
En los pacientes que no responden adecuadamente a estos tratamientos pueden utilizarse otras opciones terapéuticas, como la estimulación cerebral profunda o los ultrasonidos focales de alta intensidad. Además, las intervenciones no farmacológicas, como la fisioterapia o la terapia ocupacional, desempeñan un papel fundamental para mejorar la funcionalidad y la calidad de vida.
Mientras tanto, la investigación avanza hacia terapias capaces de modificar el curso de la enfermedad. Entre las líneas más prometedoras se encuentran la terapia génica, la inmunoterapia y las terapias celulares. “Ahora mismo hay un ensayo fase 3 con un fármaco que elimina una de las proteínas que se acumulan en el Parkinson y Japón ha autorizado de forma condicional el primer tratamiento basado en células madre”, explica el doctor Sánchez Ferro.
Aunque todavía es necesario confirmar la eficacia y la seguridad a largo plazo de estas estrategias, los expertos consideran que estos avances reflejan un posible cambio de paradigma en el tratamiento del Parkinson, al dirigirse directamente a los mecanismos que provocan la enfermedad y no limitarse únicamente al control de los síntomas.