
Por Santiago Melo
29 de julio de 2026El impacto de los incendios forestales sobre la salud no se limita a las poblaciones próximas a las llamas. Las partículas y los gases liberados durante la combustión pueden desplazarse decenas o incluso cientos de kilómetros, deteriorar la calidad del aire y agravar problemas respiratorios y cardiovasculares, especialmente entre personas con enfermedades crónicas y otros grupos vulnerables.
Para analizar este impacto, el equipo de la Unidad de Referencia en Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del Instituto de Salud Carlos III revisó diferentes investigaciones realizadas en España sobre la relación entre los incendios forestales, la contaminación atmosférica y la salud. Entre ellas se encuentra un trabajo que estudió los ingresos hospitalarios urgentes registrados entre 2013 y 2018 en nueve provincias representativas del país (Madrid, Islas Baleares, Islas Canarias, Málaga, A Coruña, Sevilla, Valencia, Vizcaya y Zaragoza) y su asociación con las partículas PM10 y PM2,5, el dióxido de nitrógeno, el ozono troposférico y las temperaturas extremas durante los días con combustión de biomasa.
Los resultados muestran que los episodios de incendios elevaron las concentraciones de partículas en todas las provincias analizadas y las de ozono en muchas de ellas. Sin embargo, este último fue el contaminante que mostró un mayor impacto sobre los ingresos hospitalarios, seguido del dióxido de nitrógeno, las partículas en suspensión y, a mayor distancia, las temperaturas asociadas a las olas de calor.
Durante una sesión informativa organizada por el Science Media Centre España, Cristina Linares, investigadora científica y codirectora de la Unidad de Referencia en Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del Instituto de Salud Carlos III, destacó que el principal hallazgo fue que, en los días con combustión de biomasa, “el ozono causaba más del doble de los ingresos hospitalarios que las propias partículas”. Según los datos presentados, las hospitalizaciones atribuibles a las partículas pasaron del 0,8% en los días sin incendios al 13,9% durante estos episodios, mientras que las relacionadas con el ozono aumentaron del 8,3% al 21%.
Los expertos advierten de que hablar únicamente del humo puede ofrecer una imagen incompleta del riesgo. Los incendios liberan partículas finas, gases como el dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono, hidrocarburos aromáticos y otros compuestos cuya composición depende de la vegetación, los materiales y las zonas alcanzadas por el fuego. Además, la actividad química de estos elementos puede generar ozono en lugares alejados del foco del incendio.
“El humo de un incendio genera muchísimos compuestos tóxicos cuando generalmente solo nos centramos en las partículas”, explican los expertos. Señalan también que el material procedente de la combustión de biomasa puede ser más nocivo que el asociado habitualmente al tráfico, debido a su composición y a la presencia de hidrocarburos aromáticos policíclicos, metales pesados y radicales libres.
La distancia a la que pueden extenderse sus efectos depende de factores como la intensidad y la duración del incendio, la dirección de las columnas de humo y la velocidad del viento. Durante la sesión, los investigadores citaron un trabajo según el cual el área potencialmente afectada podría llegar a ser entre 15 y 20 veces superior a la superficie quemada. De este modo, un incendio que afectara a 1.000 hectáreas podría repercutir sobre una zona de entre 15.000 y 20.000 hectáreas, aunque los expertos insistieron en que no se trata de una regla fija y que el mejor indicador es la evolución de la calidad del aire en cada territorio.
La exposición a esta mezcla puede desencadenar inflamación y estrés en el organismo. Las partículas más pequeñas pueden alcanzar las zonas profundas de los pulmones e incluso incorporarse al torrente circulatorio, mientras que el ozono, por su elevada capacidad oxidante, puede agravar enfermedades respiratorias y tener efectos sobre el sistema cardiovascular. En los trabajos analizados, los resultados más claros a corto plazo se observaron en los ingresos respiratorios, aunque también se registraron hospitalizaciones por insuficiencia cardiaca, arritmias y enfermedades cerebrovasculares.
El humo no afecta por igual a toda la población. Aunque la investigación presentada no recogió información individual sobre las enfermedades previas, la edad o el sexo de cada paciente, los expertos explicaron que las personas con patologías respiratorias crónicas constituyen uno de los principales grupos de riesgo. Entre ellas destacan especialmente quienes padecen enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) o asma.
También presentan una mayor vulnerabilidad las personas mayores, los niños, las embarazadas y quienes acumulan varias enfermedades crónicas. Julio Díaz, profesor de investigación y codirector de la misma unidad del Instituto de Salud Carlos III, indicó que el grueso de los ingresos hospitalarios no suele corresponder a personas completamente sanas, sino a pacientes que ya presentan algún problema de base y cuya situación empeora durante los episodios de contaminación asociados a los incendios.
Otros estudios realizados principalmente en Estados Unidos y Canadá apuntan, además, a que las mujeres podrían ser más susceptibles que los hombres a los efectos del humo de los incendios, aunque todavía se desconocen las causas. Los responsables del trabajo insistieron en que el análisis presentado no permite estudiar estas diferencias porque utiliza datos agregados y persigue medir el impacto global sobre los ingresos hospitalarios. Para determinar qué perfiles son más vulnerables serían necesarios estudios de cohortes más detallados, con información individual sobre sexo, edad, enfermedades previas y condiciones sociales y ambientales.
Los investigadores consideran que las actuales medidas de protección, como cerrar puertas y ventanas, evitar el ejercicio al aire libre y permanecer en espacios interiores, deben acompañarse de una vigilancia más amplia de la calidad del aire. Reclaman incorporar el ozono a los sistemas de alerta temprana, reforzar los servicios hospitalarios ante posibles aumentos de casos y coordinar los planes frente a los incendios, la contaminación y las olas de calor.
También plantean reducir temporalmente las emisiones procedentes del tráfico cuando estos episodios afecten a grandes ciudades. La contaminación urbana se suma a los compuestos generados por el fuego y puede favorecer la formación de más ozono, por lo que limitar el tráfico o adoptar otras medidas preventivas podría disminuir parte de la exposición total.
El equipo prevé actualizar sus investigaciones con datos más recientes para conocer las consecuencias sanitarias de los grandes incendios registrados en España a partir de 2022, cuando estos episodios comenzaron a ganar intensidad y extensión. Los expertos consideran que mejorar la monitorización de los contaminantes y estudiar las particularidades de cada territorio será fundamental para diseñar respuestas de salud pública más precisas.