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El síndrome de Jerusalén: qué es y cómo nos afecta

Cada año, cuando la primavera asoma, turistas y viajeros de toda condición sufren uno de los síndromes más curiosos de la medicina

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El síndrome de Jerusalén: qué es y cómo nos afecta
Foto de Dariusz Kanclerz en Unsplash

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

1 de abril de 2026

No es una metáfora. No es un exceso poético. Es un fenómeno clínico documentado, estudiado y clasificado desde hace décadas. Se llama síndrome de Jerusalén y es, probablemente, la perturbación psiquiátrica más singular que una ciudad ha sido capaz de provocar en la historia de la medicina.

La primera pregunta que surge es la más obvia. ¿Cómo es posible que un lugar geográfico, por cargado de historia y simbolismo que esté, sea capaz de desencadenar un episodio psicótico en una persona que viajó desde casa sin el menor síntoma? La respuesta, como casi siempre en psiquiatría, no es sencilla, pero sí fascinante.

Cuando el peso de los siglos aplasta

Jerusalén no es una ciudad normal. Es, simultáneamente, el centro espiritual de tres de las religiones más poderosas de la historia humana. Cada piedra lleva siglos de narrativa sagrada incrustada. Cada rincón remite a textos que millones de personas han memorizado, rezado y considerado verdad absoluta desde la infancia. Para un creyente profundo llegar a Jerusalén es, literalmente, pisar el suelo donde ocurrió todo. Donde nació, murió y resucitó Jesucristo; donde Mahoma ascendió al cielo y donde Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo. Esa densidad simbólica, para ciertas mentes predispuestas, puede resultar sencillamente insoportable.

Los psiquiatras israelíes Yair Bar-El y Rimona Durst describieron el síndrome de forma sistemática en un artículo publicado en el British Journal of Psychiatry en el año 2000, aunque los casos llevaban décadas acumulándose en los archivos del hospital. Su trabajo identificó algo que resultó sorprendente incluso para los especialistas: la mayoría de los afectados no tenían ningún antecedente psiquiátrico previo, eran personas sanas desde el punto de vista de la esfera mental. En los historiales clínicos encontraron trabajadores, profesores, amas de casa o estudiantes, personas que habían planeado su viaje a Jerusalén con la misma ilusión con que otros planean una visita a Roma o a París. Y que, al llegar, se transformaron.

El cuadro clínico: de la agitación a la túnica blanca

El síndrome sigue, con llamativa regularidad, una secuencia de fases que los clínicos han llegado a identificar casi como un protocolo. Primero aparece la ansiedad. Una inquietud creciente, difícil de explicar, que el viajero atribuye al cansancio o a la emoción del viaje. Luego, la necesidad imperiosa de estar solo. De alejarse del grupo, del guía, de los compañeros de hotel. Como si la misión que se avecina requiriera silencio y recogimiento.

Después comienzan los rituales de purificación. El afectado siente que debe estar limpio para lo que va a ocurrir. Se ducha repetidamente, exige sábanas blancas y empieza a construir, con toallas o con cualquier tela disponible, una túnica rudimentaria. Una túnica que, en su mente, es la indumentaria apropiada para el papel que está a punto de representar. Porque en ese momento ya lo sabe. Sabe que es Juan el Bautista o la Virgen María o el propio Mesías que ha vuelto para cumplir la profecía. Y sale a las calles de Jerusalén a proclamarlo.

Los casos documentados incluyen a un hombre que intentó limpiar el Monte de los Olivos con una escoba durante horas, convencido de que preparaba la llegada del fin de los tiempos. A una mujer que se plantó frente al Santo Sepulcro recitando el Sermón de la Montaña en un idioma que no era el suyo. A un turista americano que llegó al hospital escoltado por la policía después de intentar expulsar a los vendedores del Muro de las Lamentaciones a gritos, exactamente como Jesús expulsó a los mercaderes del templo según el Evangelio de Juan.

¿Quién corre el riesgo?

El hallazgo más contraintuitivo de la investigación es que el síndrome afecta preferentemente a personas con una religiosidad muy intensa pero también muy literalista. No a los creyentes ocasionales que visitan Jerusalén como destino turístico con componente espiritual, sino a aquellos para quienes los textos sagrados son una verdad histórica exacta y la ciudad es el escenario físico donde esa verdad se encarnó.

Los investigadores clasificaron el síndrome en tres tipos. El primero, y más raro, afecta a personas sin ningún antecedente de trastorno mental. Son episodios agudos que remiten completamente en días, generalmente tras alejar al paciente de la ciudad y proporcionar tratamiento de apoyo. El segundo aparece en personas con trastornos de personalidad previos que Jerusalén descompensa espectacularmente. El tercero se produce en pacientes con patología psiquiátrica previa, generalmente esquizofrenia o trastorno bipolar, para quienes el viaje actúa como detonante de una crisis que quizás habría ocurrido igualmente en otro contexto.

Una ciudad, un efecto

Jerusalén no es el único lugar que provoca reacciones desproporcionadas en sus visitantes. El síndrome de Stendhal, descrito por la psiquiatra Graziella Magherini en Florencia, produce mareos, taquicardia y desorientación ante la acumulación de belleza artística. El síndrome de París decepciona a los turistas japoneses que llegan esperando una ciudad de cuento y encuentran una metrópoli normal con parisinos de mal humor. Sin embargo, ninguno de ellos alcanza la intensidad del síndrome de Jerusalén, porque ninguna otra ciudad lleva milenios prometiéndole a la humanidad que allí ocurrirá el final de la historia.

Y cuando alguien llega creyéndolo de verdad, con toda la intensidad de una fe forjada durante décadas, el cerebro a veces decide que ha llegado el momento de cumplir la promesa. Los psiquiatras del Kfar Shaul, con la paciencia infinita que da la experiencia, los reciben, Los cuidan y los devuelven a casa; a continuación, se sientan a esperar a los siguientes.



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