
Por Santiago Melo
18 de marzo de 2026Las altas capacidades no son un trastorno ni un problema de salud mental por sí mismas, pero pueden convertirse en un factor de vulnerabilidad cuando el entorno no entiende qué necesita el niño o adolescente. En esos casos, el sufrimiento aparece no por el talento, sino por el desajuste: falta de adaptación escolar, presión, aislamiento, experiencias de acoso o dinámicas emocionales que se cronifican.
El psiquiatra Javier Quintero, fundador y director médico de PSIKIDS, insiste en esa idea: “las altas capacidades no son un problema de salud mental”, aunque el riesgo puede aparecer cuando no se detectan necesidades específicas y se acumulan situaciones como el acoso, el desajuste escolar, dificultades emocionales o un perfeccionismo que deja de ser motivador y se vuelve desadaptativo. También menciona la asincronía madurativa, cuando el desarrollo cognitivo avanza más rápido que el emocional y el menor se siente fuera de lugar.
Quintero advierte de que el talento no protege automáticamente frente al malestar. Determinados contextos aumentan la probabilidad de ansiedad, bloqueo, baja autoestima o incluso fracaso escolar por falta de encaje. En su experiencia, el bajo rendimiento en altas capacidades no suele ser falta de potencial, sino un problema de “ajuste”: “El fracaso escolar en altas capacidades suele ser un problema de encaje (metodología, estímulo, expectativas, vínculo), no de potencial. Y como sociedad, no nos podemos permitir que el mejor talento se pierda en el camino”, afirma, citando una revisión sistemática reciente que señala factores internos (motivación, regulación emocional) y externos (clima escolar, familia, relación con iguales) como determinantes.
Uno de los puntos que más preocupan es el bullying y el ciberbullying. Quintero pone el foco en que estos niños puede ser más vulnerable a esas dinámicas y defiende abordarlo con protocolos y prevención “solventes”, porque el impacto en salud mental puede ser significativo. La combinación de acoso, incomprensión y falta de respuesta educativa puede derivar en aislamiento, rechazo al aula y un deterioro progresivo del bienestar.
La psicóloga Natalia García Campos (PSIKIDS) subraya que el objetivo no es etiquetar, sino detectar el sufrimiento y actuar antes de que se cronifique. “El foco no es patologizar la alta capacidad, sino detectar cuándo hay sufrimiento y por qué, para ser capaces de intervenir a tiempo”, explica. En ese análisis, destaca el riesgo de la “doble excepcionalidad”, cuando altas capacidades conviven con TDAH, TEA u otras dificultades del neurodesarrollo, porque aumenta la probabilidad de infradiagnóstico o diagnósticos erróneos. “Además, esto eleva la probabilidad de problemas escolares y emocionales si no se interviene de forma ajustada”, añade.
Los especialistas coinciden en que el pronóstico mejora de forma notable si hay identificación precoz y apoyo adecuado. Por eso recomiendan una valoración “global y funcional”, que no se limite al cociente intelectual y tenga en cuenta el perfil emocional, social y el contexto. En el aula, proponen adaptación metodológica individualizada, planes de enriquecimiento, flexibilidad y un feedback centrado en el proceso y no solo en el resultado, además de medidas universales de prevención del acoso.