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¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando improvisamos?

El cerebro se preocupa menos por corregir y juzgar, y deja más espacio a la creatividad y a la expresión personal

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¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando improvisamos?

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

2 de marzo de 2026

Muchos describen la improvisación como entrar en “flow”: esa sensación de estar tan metido en la actividad que el tiempo se pasa volando y todo parece salir sin esfuerzo. Desde el punto de vista cerebral ese estado tiene varias características interesantes: disminuye la autovigilancia, aumenta la concentración en el presente y se coordina mejor la comunicación entre regiones implicadas en la emoción, el movimiento y la planificación.

Una de las claves de la improvisación es que, por un momento, se “relaja” el policía que todos llevamos dentro. Esa función de control se localiza en gran parte en la corteza prefrontal dorsolateral, una zona de la parte frontal del cerebro que nos ayuda a vigilar lo que decimos, a corregir errores y a mantener una conducta socialmente adecuada.

Cuando improvisamos -ya sea tocando el piano, haciendo un monólogo o respondiendo sobre la marcha en una reunión- esta región reduce su actividad. Eso se ha visto en estudios de resonancia funcional con músicos de jazz o raperos improvisando: el área que normalmente frena, juzga y corrige está menos activa de lo habitual.

Al mismo tiempo otras partes de la corteza prefrontal, más ligadas al yo, a la expresión personal y a la creatividad, aumentan su actividad. Es como si el cerebro cambiara de jefe: el controlador estricto se aparta y deja el mando al director artístico. Por eso, en estado de improvisación, nos notamos más fluidos, menos pendientes de “quedar bien” y más centrados en lo que queremos expresar.

La autopista de la experiencia

Pero improvisar no es inventar de la nada. Es reorganizar a gran velocidad lo que ya tenemos guardado en la memoria. Por eso, cuanto más ha practicado alguien, mejor improvisa. Una imagen que puede resultar muy útil es la de una autopista: la improvisación no construye carreteras nuevas de un día para otro, pero sí aprovecha todas las que ya existen para crear rutas distintas. El cerebro salta de un recuerdo a otro, de un esquema aprendido a una sensación y los reordena en tiempo real.

Improvisar, además, tiene una carga emocional importante. No es raro que, tras una buena improvisación sintamos una mezcla de euforia y satisfacción difícil de explicar. Ahí entra en juego el sistema de recompensa con la dopamina como protagonista. Cuando hacemos algo que percibimos como creativo, propio y exitoso se activan circuitos que incluyen el área tegmental ventral y el núcleo accumbens, que liberan dopamina, el neurotransmisor asociado al placer, la motivación y el refuerzo.

Por eso la improvisación puede ser adictiva en el buen sentido: el cerebro tiende a buscar de nuevo experiencias en las que pueda expresarse con libertad, recibir feedback inmediato y sentir esa recompensa interna.

Improvisar no es perder el control

Desde fuera improvisar puede parecer lo contrario del control, pero desde dentro del cerebro es un tipo distinto de control. No estamos “desconectados”, sino funcionando con reglas menos rígidas.

Por otra parte, no improvisa igual un novato que un experto, y el cerebro tampoco se comporta del mismo modo. En los principiantes la improvisación implica un esfuerzo mucho mayor de áreas frontales de control: están pendientes de la técnica, del “paso correcto”, de no equivocarse... Hay menos libertad real y más tensión. Mientras que en los expertos muchas de las tareas básicas están tan automatizadas que las áreas motoras y sensoriales se encargan de ellas de forma casi autónoma, para que las zonas frontales pueden dedicarse a la estructura global, al matiz y a la creatividad.

Se podría decir de forma gráfica que el cerebro del experto va “sobrado” de recursos para coordinar la tarea y puede permitirse el lujo de dedicar parte de esa capacidad a explorar otras variantes, jugar con el ritmo y arriesgar. Por eso, desde fuera, la improvisación del experto parece más fluida, más natural y, al mismo tiempo, más sorprendente.



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