
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
28 de julio de 2026Si se detuviera a diez personas en la calle y se les preguntara si sienten que el tiempo pasa más rápido ahora que hace, por ejemplo, dos décadas es muy probable que las diez respondieran con un rotundo “sí”. Esta sensación -a la que se ha bautizado en ocasiones como “aceleración temporal”- no entiende de fronteras ni de culturas. Es una de las pocas verdades subjetivas en las que la humanidad está de acuerdo. Sin embargo, nuestros relojes siguen marcando los segundos, los minutos y las horas al mismo ritmo. Se podría decir que el tiempo físico es una constante, pero el tiempo psicológico es un traidor.
La explicación más intuitiva de este fenómeno es la conocida como Ley de Proporcionalidad. Se trata de una cuestión de pura matemática biográfica. Para un niño de cinco años un año representa el 20% de toda su existencia. Es un periodo de tiempo inmenso en comparación con su experiencia acumulada, por ese motivo esperar a que llegue el próximo cumpleaños parece una tarea hercúlea: está esperando una quinta parte de su vida conocida.
En cambio, para un adulto de cincuenta años, ese mismo año tan solo representa el 2% de su vida. En nuestra escala mental los periodos de tiempo se vuelven "monedas" de menor valor a medida que nuestra "cuenta bancaria" de recuerdos aumenta. Como si de un zoom fotográfico se tratara, cuanto más nos alejamos del origen, más pequeños nos parecen los hitos que antes veíamos como gigantes.
Desde el punto de vista de la neurociencia la explicación es más técnica y, si se quiere, más melancólica. Nuestro cerebro es una máquina diseñada para la supervivencia, no para el deleite. Su función principal es procesar información nueva para aprender a evitar peligros o aprovechar oportunidades.
Cuando somos niños todo es novedad. El sabor de un melocotón, el sonido de la lluvia sobre el metal, la textura de la arena o el funcionamiento de una cerradura son datos frescos que el cerebro debe codificar con precisión. Para procesar este aluvión de información nueva el cerebro infantil "dispara" a una frecuencia altísima. Al registrar tantos detalles por segundo, la memoria de esos eventos es densa, rica y extensa. Cuando miramos hacia atrás, a ese verano de los ocho años, recordamos tantas cosas que nuestra mente concluye: "debió de durar muchísimo".
Sin embargo, a medida que envejecemos, caemos en la habituación. Hemos visto miles de atardeceres, hemos hecho el mismo trayecto al trabajo cinco mil veces y hemos preparado el café de la mañana de la misma forma durante décadas. El cerebro, en un esfuerzo por ahorrar energía, deja de registrar los detalles de lo cotidiano. Entra en "piloto automático".
Si no hay novedad, no hay grabación detallada. Al final de una semana rutinaria, el cerebro mira hacia atrás y no encuentra apenas marcadores de memoria. El resultado es una sensación de vacío temporal: la semana simplemente "se ha esfumado" porque no ha dejado huella.
No podemos olvidar el factor psicológico y social. La vida adulta está marcada por la responsabilidad y el estrés de la gestión del tiempo. Paradójicamente, estar obsesionados con "no tener tiempo" hace que este parezca pasar más rápido. La atención se divide entre mil tareas y esa fragmentación impide que nos anclemos en el presente.
Además, existe un fenómeno llamado el "bache de la reminiscencia". Si pedimos a una persona de 80 años que recuerde su vida la mayoría de sus recuerdos nítidos se concentrarán entre los 15 y los 25 años. Es la época de las "primeras veces": el primer amor, el primer trabajo y los viajes iniciáticos. A partir de los 30, la vida se estabiliza, la falta de hitos vitales distintivos crea un efecto de "acordeón" en el que décadas enteras se comprimen en nuestra memoria.
El definitiva, la sensación de que el tiempo vuela es, en realidad, un síntoma de que hemos dejado de prestar atención. La aceleración de los años no es una condena física inevitable, sino en gran parte una consecuencia de nuestra eficiencia cognitiva. Al envejecer, nos volvemos expertos en vivir, y esa pericia nos roba la sorpresa.
Si queremos que la vida dure más tiempo no necesitamos más años, sino más asombro, lo que necesitamos es mirar el mundo que nos rodea con los ojos del niño que fuimos, deteniéndonos en los detalles que hoy damos por sentados. Y es que al final, el tiempo no es más que la medida de nuestros recuerdos.