
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
17 de julio de 2026Hay partidos que se viven con una intensidad que casi parece física. Una final de Mundial, como la que juega España contra Argentina el domingo 19, una prórroga o una tanda de penaltis no solo alteran los nervios, también modifican de forma medible la respuesta del organismo. El corazón late más deprisa, la presión arterial sube, la respiración se acelera y el cuerpo entra en un estado de alerta que se parece bastante a una situación de estrés real. Para la mayoría de las personas sanas ese sobresalto no pasa de ser una anécdota emocional. Pero en quienes tienen enfermedad cardiovascular puede convertirse en un problema serio.
La idea no es nueva. Desde hace años los médicos han observado que los grandes acontecimientos deportivos pueden coincidir con un aumento de urgencias cardiacas. No es que el fútbol “fabrique” infartos, sino que actúa como desencadenante en personas vulnerables. Dicho de otra forma: el partido no es la causa única, sino la chispa que prende sobre un terreno ya preparado.
Durante una emoción intensa el sistema nervioso simpático toma el mando. Eso significa más adrenalina, más frecuencia cardiaca y más fuerza de contracción del corazón. El músculo cardiaco necesita más oxígeno justo en un momento en el que, si las arterias coronarias están estrechadas por placas de ateroma, el aporte puede no ser suficiente. Si además una placa es inestable, el sobresalto emocional puede favorecer su ruptura y la formación de un trombo. Ahí aparece el infarto agudo de miocardio.
No hace falta imaginar un drama de película para entenderlo. Pensemos en una persona de 60 años, fumadora, hipertensa y con colesterol alto, que lleva años sin hacer ejercicio y quizá nunca ha sido diagnosticada de enfermedad coronaria. Si esa persona vive una final con enorme tensión, grita, se levanta, se sienta, se agita y además bebe alcohol o come en exceso, la combinación puede ser peligrosa. No por el fútbol en sí, sino por la suma de estrés, hábitos y vulnerabilidad biológica.
La relación entre fútbol y eventos cardiovasculares se ha estudiado en varias ocasiones. Algunos trabajos han descrito un aumento de infartos, arritmias y otras urgencias durante partidos de alta carga emocional, sobre todo cuando se trata de encuentros decisivos o inesperadamente estresantes para la afición. Uno de los estudios más citados, realizado en el contexto del Mundial de 2006 en Alemania, encontró que los eventos cardiacos agudos se multiplicaron en los días de los partidos de la selección alemana. La cifra llamó la atención porque el incremento no era pequeño y se concentraba precisamente en los momentos de máxima tensión.
También se ha observado que el riesgo puede ser mayor cuando el equipo local o la selección propia pierde, especialmente si el partido se sigue con enorme implicación emocional. La explicación es sencilla: el estrés por la expectativa, el enfado, la frustración y la activación fisiológica se mezclan y crean una tormenta perfecta para el corazón de quien ya está en riesgo. En otras palabras, la emoción deportiva puede ser tan intensa que el cuerpo la interpreta como una amenaza.
No todos los aficionados corren el mismo riesgo. La gran mayoría de las personas pueden ver una final sin sufrir ningún problema cardiaco. El problema aparece en quienes ya tienen factores de riesgo acumulados o una enfermedad cardiovascular previa. La hipertensión arterial, la diabetes, el tabaquismo, la obesidad, el colesterol elevado, el sedentarismo y los antecedentes de angina o infarto son las condiciones que más preocupan.
También hay que tener en cuenta a quienes han tenido un stent, una cirugía coronaria o síntomas sospechosos que nunca llegaron a estudiarse del todo. Muchas veces estas personas se sienten bien en el día a día y creen que “no les pasa nada”, pero el organismo no siempre avisa con claridad. Una final de fútbol puede ser, para ellas, la situación que desenmascare una coronaria frágil.
Además, hay factores “de contexto” que empeoran el riesgo. Ver el partido con mucha rabia, dormir poco, tomar varios vasos de alcohol, fumar más de lo habitual o comer de forma muy copiosa no ayudan precisamente. El problema no es una sola conducta, sino el conjunto.
En las celebraciones futboleras, el alcohol suele aparecer casi como un personaje secundario fijo. Y ahí conviene hacer una advertencia clara: el alcohol no protege al corazón en una final; al contrario, puede empeorar la situación. Puede favorecer deshidratación, alterar la presión arterial, facilitar arritmias y aumentar la desinhibición, lo que lleva a comer mal, fumar más o ignorar síntomas. Un dolor torácico puede confundirse con una mala digestión o con los nervios, y eso retrasa la consulta.
El tabaco también es un acompañante habitual de la tensión deportiva. Fumar durante un partido no es un gesto inocente para el corazón. La nicotina eleva la frecuencia cardiaca y la tensión arterial, y el monóxido de carbono reduce el transporte de oxígeno. En alguien con arterias enfermas, ese cóctel es especialmente poco recomendable. Así que una de las formas más simples de reducir el riesgo en una final es no añadir estos factores al estrés emocional del momento.
En una final de fútbol, algunas molestias pueden confundirse con nervios. Pero hay síntomas que no deben atribuirse al simple susto del partido. El dolor opresivo en el pecho, la sensación de peso o quemazón que se irradia al brazo, al cuello o a la mandíbula, la falta de aire, la sudoración fría, el mareo intenso, las náuseas repentinas o el desmayo son señales de alarma.
También pueden aparecer palpitaciones irregulares, una gran sensación de debilidad o una angustia inesperada, muy distinta del nerviosismo habitual del partido. En estos casos, lo correcto no es “esperar a que pase el descanso”. Hay que pedir ayuda médica de inmediato. El tiempo, en un infarto, cuenta. Cuanto antes se atienda, mayor es la posibilidad de limitar el daño al corazón.
Ahora bien, no todas las finales se viven igual. Las más tensas son aquellas en las que hay mucho en juego, gran rivalidad, afición masiva y un desenlace incierto. Las tandas de penaltis, por ejemplo, son especialmente intensas porque concentran emoción, suspense y cambios bruscos de esperanza y frustración en pocos minutos. El organismo no sabe que está ante un espectáculo; responde como si enfrentara una amenaza.
Tampoco es lo mismo ver el partido con amigos tranquilos que hacerlo en un ambiente crispado, con gritos, apuestas o discusiones. Las emociones se contagian. Y cuando el corazón ya está sometido a una carga física por una enfermedad previa, ese contagio emocional puede ser la pieza que faltaba para desencadenar el problema.