
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
24 de julio de 2026El llamado “síndrome de la clase turista” no es un capricho del lenguaje, describe el riesgo real de sufrir una trombosis venosa profunda y, en casos graves, una embolia pulmonar asociado a los viajes largos en avión cuando pasamos muchas horas sentados, inmóviles y deshidratados.
El término se popularizó en los años setenta al observar un aumento de casos de trombosis venosa profunda en pasajeros de vuelos intercontinentales que viajaban en clase económica, con espacio muy limitado para mover las piernas. Hoy sabemos que no es un problema exclusivo de la clase turista: lo determinante es la combinación de inmovilidad prolongada, compresión de las venas de las piernas y ciertas condiciones del vuelo.
Se podría describir como una dificultad en el retorno venoso de los miembros inferiores que favorece la formación de coágulos en venas profundas -sobre todo en pantorrillas y muslos- cuando permanecemos más de cuatro horas sentados sin apenas movernos.
La fisiopatología de este síndrome es relativamente sencilla: sentados en un espacio reducido, con las rodillas flexionadas y los pies poco móviles, las venas de las piernas se comprimen y la sangre circula más lentamente hacia el corazón. Esa estasis venosa, unida a factores como la deshidratación (el aire de la cabina es muy seco) y posibles alteraciones de la coagulación, favorece que se formen coágulos.
Si el trombo se queda en la pierna puede causar dolor, hinchazón, sensación de calor y cambio de color en la extremidad; si se desprende y viaja hasta los pulmones, puede provocar una embolia pulmonar, una urgencia médica que cursa con dolor torácico, dificultad respiratoria, taquicardia e incluso riesgo de muerte.
La Organización Mundial de la Salud y distintos organismos de salud pública han reconocido la trombosis del viajero como un riesgo global asociado a los viajes largos. Algunos estudios epidemiológicos estiman que puede afectar a entre 1 y 2,5 viajeros por cada 10.000, y hasta al 3% de los pasajeros sanos en vuelos de más de cuatro horas.
No es, por tanto, un problema minoritario, aunque el riesgo absoluto sigue siendo bajo para la población sin factores de riesgo previos. El mensaje es claro: no hay que alarmarse, pero sí conviene prevenir, especialmente en quien tiene antecedentes de trombosis, varices importantes, obesidad, cáncer, embarazo o toma anticonceptivos hormonales.
La etiqueta “clase turista” puede llevar a confusión: la trombosis del viajero no afecta solo a quien vuela en avión, ni solo a la clase económica, puede aparecer también en viajes largos en tren, coche o autobús, siempre que confluyan el mismo patrón: muchas horas sentado, piernas inmóviles y factores de riesgo asociados.
Lo que sí distingue al avión es el entorno: menor presión barométrica, aire más seco y posible descenso de la saturación de oxígeno, todo ello contribuyendo a la deshidratación y cambios hemodinámicos que hacen el escenario más propicio a la trombosis.
Para evitar la aparición del síndrome de la clase turista se recomienda moverse periódicamente (levantarse cada 1–2 horas cuando la situación lo permita, caminar por el pasillo y evitar permanecer inmóvil mucho tiempo), elegir asiento de pasillo ya que facilita los movimientos y reduce la sensación de “encierro” que disuade de levantarse y realizar ejercicios en la butaca ( flexionar y extender tobillos, hacer círculos con los pies, contraer y relajar músculos de las piernas para bombear sangre). Además, es conveniente beber agua de forma regular y evitar el exceso de alcohol o sedantes, que favorecen deshidratación y sueño muy prolongado.