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Cocaína y recién nacidos: cuando el peligro llega demasiado pronto

El caso del bebé localizado en Gandía pone el foco en las consecuencias que puede tener la exposición a esta droga durante el embarazo o tras el nacimiento

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Cocaína y recién nacidos: cuando el peligro llega demasiado pronto

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

10 de julio de 2026

El pasado jueves la Policía Nacional localizó a un bebé de pocos días que había sido sustraído del Hospital Francesc de Borja de Gandía (Valencia), en donde fue ingresado después de dar positivo en cocaína.

La cocaína no solo es peligrosa para quien la consume; también puede serlo para un bebé que aún no ha nacido o que acaba de llegar al mundo. En un recién nacido incluso pequeñas cantidades pueden producir efectos mucho más intensos que en un adulto, porque su organismo es inmaduro, metaboliza peor las sustancias y tiene menos capacidad para eliminar toxinas. En la práctica eso significa que una exposición que en un adulto podría pasar relativamente desapercibida en un bebé puede convertirse en un problema serio.

Cuando se habla de un recién nacido que ha dado positivo en cocaína no hay que pensar solo en una “prueba de drogas”, sino en una señal de posible intoxicación o de exposición prenatal. La cocaína puede llegar al feto a través de la placenta durante el embarazo y también puede afectar al lactante si existe contacto posterior con la sustancia o con leche materna contaminada. Por eso los equipos pediátricos y sociales activan protocolos de protección y seguimiento.

Los efectos tóxicos en un recién nacido

Los efectos de la cocaína en un recién nacido pueden ser muy variables, pero los más preocupantes son la irritabilidad, el llanto inconsolable, la dificultad para alimentarse, la taquicardia, la hipertensión, las alteraciones neurológicas e, incluso, las convulsiones. En casos más graves, puede comprometer la respiración y su estado general.

Además, si la exposición ha ocurrido durante el embarazo, la cocaína puede producir vasoespasmo en la placenta y en los vasos del feto, lo que reduce el aporte de oxígeno y de los nutrientes. Eso se asocia a prematuridad, bajo peso al nacer y, en algunos casos, malformaciones o lesiones de distinto tipo. No siempre ocurre todo esto, pero el riesgo existe y obliga a una vigilancia estrecha.

El problema no es solo la sustancia en sí, sino la edad del paciente. El recién nacido tiene un hígado y unos riñones todavía inmaduros, de modo que elimina peor la cocaína y sus metabolitos. Además, su sistema nervioso es más vulnerable y cualquier alteración de la circulación o de la oxigenación puede tener consecuencias más importantes que en etapas posteriores de la vida.

Más allá de la medicina

Ante un recién nacido con sospecha de exposición a cocaína el objetivo no es “desintoxicarlo” con un antídoto milagroso, porque no existe un antídoto específico para esta droga. Lo que se hace es observar al bebé, controlar constantes, vigilar la respiración, la alimentación y el comportamiento neurológico, y tratar las complicaciones si aparecen. 

La noticia del bebé de Gandía no es solo un episodio clínico, sino también una historia de vulnerabilidad infantil. Cuando un recién nacido da positivo en cocaína el foco no debería ponerse únicamente en el escándalo, sino en la necesidad de asegurar su cuidado, su alimentación y su entorno. 



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