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Los valores que nos hacen ganar

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Los valores que nos hacen ganar

Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid

21 de julio de 2026

El domingo vi la final en familia, con nuestro uniforme, como millones de españoles. Durante unas horas desaparecieron las urgencias, las preocupaciones cotidianas y ese ruido que tantas veces nos acompaña. Sólo existían los nervios, un equipo, una camiseta y la ilusión de volver a sentirnos orgullosos de nuestros colores y de nuestra nación. Mientras celebrábamos la victoria pensé que, en realidad, no estábamos disfrutando únicamente de un éxito deportivo, estábamos comprobando de lo que somos capaces cuando estamos unidos.

Soy muy madridista y siempre he admirado a Emilio Butragueño. No sólo por el extraordinario futbolista que fue, sino por la elegancia, el respeto y la sencillez con la que representó unos valores que muchos seguimos admirando. Todavía recuerdo la ilusión con la que esperaba verle jugar, era una mezcla de admiración, expectación y entusiasmo. Como tantos aficionados, también he disfrutado de muchas noches inolvidables de la Copa de Europa y de la Champions league, como aquel Real Madrid-Anderlecht en diciembre del 84, en las que el equipo parecía encontrar siempre la fuerza para levantarse y levantarnos cuando todo parecía perdido. Desde que mi abuelo nos llevaba al Bernabéu han cambiado los jugadores, los entrenadores y las épocas, pero permanece una cultura del esfuerzo, de la confianza y de la convicción de que el proyecto siempre está por encima de cualquier individualidad. Con los años he descubierto que esos valores no sirven sólo para ganar partidos, también inspiran la forma en la que muchas personas entendemos el trabajo en equipo, el liderazgo y el compromiso, dentro y fuera del deporte.

Los grandes equipos no triunfan porque todos piensen igual. Triunfan porque, incluso desde la discrepancia, nadie confunde el interés particular con el objetivo común. Cuando el protagonismo sustituye al proyecto compartido o el enfrentamiento se convierte en un fin en sí mismo, el equipo deja de avanzar.

Tengo la impresión de que en España hablamos demasiado de nuestras carencias y demasiado poco de nuestros éxitos. Sin embargo, llevamos décadas demostrando que cuando compartimos un mismo propósito somos capaces de conseguir cosas extraordinarias. Lo hacemos en el deporte, en la ciencia, en la solidaridad y también en la sanidad. Tener una de las mayores esperanzas de vida del mundo no es fruto de la casualidad, es el resultado del esfuerzo de profesionales, investigadores, gestores y ciudadanos comprometidos con un objetivo compartido.

Nos contaron que Zarra y Zamora consiguieron gestas para España en mundiales en blanco y negro y en ese mismo blanco y negro nuestros abuelos levantaron, casi desde cero, un sistema sanitario con muchos menos recursos de los que hoy tenemos. Nuestros padres lo consolidaron. A nosotros nos corresponde hacerlo mejor. Ese es el verdadero sentido del relevo generacional. La verdadera responsabilidad no consiste en conservar lo conseguido, sino en mejorarlo. Igual que una gran selección o un gran club no viven de sus éxitos pasados, la sanidad tampoco puede conformarse con lo conseguido. Siempre hay una nueva meta, un nuevo reto y una nueva oportunidad para seguir avanzando.

La sanidad funciona exactamente igual que un gran equipo. El talento individual es imprescindible, pero nunca suficiente. Los mejores resultados aparecen cuando existe un proyecto compartido, un liderazgo capaz de generar confianza y una organización donde cada profesional entiende que el protagonista nunca es él, sino el paciente.

Vivimos tiempos en los que con demasiada frecuencia ponemos el foco en lo que nos divide y olvidamos todo aquello que somos capaces de conseguir cuando compartimos un objetivo común. Conviene recordar que las mayores conquistas de nuestro país siempre han llegado cuando hemos sido capaces de trabajar juntos para alcanzarlas.

Las victorias deportivas duran unos días, pero se construyen durante mucho tiempo, día a día. Por eso me gusta pensar que la noche del domingo no celebrábamos únicamente un campeonato, celebrábamos algo mucho más importante, la certeza de que España sigue siendo un país capaz de ilusionarse, de unirse y de demostrar que, cuando juega como un verdadero equipo, puede estar entre los mejores del mundo.

Mientras veía la alegría del más pequeño de mi familia comprendí que, en el fondo, esa era la verdadera victoria. No celebraba un título, estaba aprendiendo, casi sin darse cuenta, que cuando un país se une alrededor de unos valores compartidos es capaz de conseguir cosas extraordinarias.

Ojalá sepamos trasladar esa misma lección a nuestra sanidad. La mejor manera de agradecer el esfuerzo de quienes nos precedieron no es conservar exactamente el sistema que nos dejaron, es hacerlo cada día un poco mejor, más innovador, más humano y más preparado para afrontar los desafíos del futuro.

Porque un país no se hace grande sólo por lo que consigue, sino por los valores que es capaz de mantener cuando llegan las dificultades. Las copas se levantan una noche. Los valores sostienen a un país durante toda una vida. ¡Viva España!

 



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