
Por Luis del Val
30 de marzo de 2026La tortura aún se sigue practicando en nuestros días, tanto la psicológica, como la física. Y, aunque la Edad Media aportó grandes descubrimientos para maltratar y hacer sufrir a un ser humano, la crucifixión romana sigue siendo uno de los más terribles. Pero es que antes de ser clavado y elevado, Jesús sufrió la flagelación, unos azotes terribles, porque las tiras de cuero llevaban trozos de hueso y de metal, que desgarraban, no sólo la piel, sino también los músculos, y ello provocaba, abundante pérdida de sangre.
En esas condiciones, tuvo que cargar con el madero principal de la Cruz, que debía pesar unos cuarenta kilos.
Aseguran los médicos que, a pesar de la imaginería -que nos muestra las manos atravesadas por los clavos para sujetarlas a la madera- el enclavamiento se solía efectuar atravesando las muñecas, y evitando las venas que provocarían una hemorragia rápida.
Una vez izado era muy difícil respirar, y el torturado debería izarse sobre los pies -atravesados también por un clavo- para poder llevar algo de oxígeno a los pulmones. El dolor era terrible, y se prolongaba no más de cinco horas, cuando ya ni siquiera se tenían fuerzas para respirar, y el fallo multiorgánico causaba la muerte.
Sin embargo, con anterioridad, hubo también un profundo sufrimiento psicológico, prueba de ello es lo que los Evangelios describen como sudar sangre, en el huerto de Getsemaní. Es un fenómeno rarísimo, y se llama hematidrosis, y sólo se produce ante una presión emocional y psicológica, tan intensa, que se llegan romper capilares del cuerpo, se mezclan con el sudor y, efectivamente, hay sangre mezclada con el sudor, resbalado sobre la piel.
Contemplar la Cruz es también contemplar la imagen de la más terrible de las torturas. Una atrocidad que hoy, con distintos procedimientos y tecnologías, se sigue aplicando a muchas personas para que cambien su opinión o firmen un papel… 2026 años después.