
Por Pedro Irigoyen, ex viceconsejero de Gestión Económica de la Comunidad de Madrid y profesor de la URJC
26 de octubre de 2026Corría el 16 de octubre de 1962 cuando Kennedy fue informado de la presencia de misiles nucleares soviéticos en Cuba, comenzando de esta manera la conocida como crisis de los misiles. El 22 de octubre Kennedy anunció el establecimiento de una “cuarentena” naval sobre Cuba, llevando al mundo a la posibilidad real de una guerra nuclear, hasta que, el 28 de octubre, Nikita Jrushchov acepta retirar los misiles soviéticos de la isla.
Tan solo unos días antes, el 11 de octubre de 1962, Kennedy firmó la Ley de Expansión Comercial. Aunque no se puede establecer una relación directa entre esta Ley y la crisis de los misiles, lo cierto es que fue aprobada en el contexto geopolítico de la Guerra Fría, con el objetivo principal de fortalecer el comercio exterior estadounidense y las relaciones económicas con sus aliados occidentales, sin renunciar a mecanismos de protección de la seguridad nacional. Una de las secciones de esta Ley permite al presidente de los Estados Unidos adoptar medidas para ajustar las importaciones cuando, tras una investigación del Departamento de Comercio, se establezca que determinados productos están siendo importados en cantidades o circunstancias que amenazan con menoscabar la seguridad nacional.
Pues bien, esta Ley ha tomado gran protagonismo en el presente año como consecuencia de que la Administración Trump aplicó su Sección 232 al ámbito farmacéutico, considerando que la dependencia exterior en medicamentos y principios activos podía constituir una amenaza para la seguridad nacional. Con ello, la capacidad de producción farmacéutica doméstica pasó a recibir el tratamiento de una capacidad industrial estratégica vinculada a la defensa y a la seguridad sanitaria nacional.
Esto tuvo consecuencias materiales como el establecimiento de un marco arancelario para determinados medicamentos patentados y sus ingredientes, acompañado de reducciones y excepciones vinculadas, entre otras cuestiones, a planes de relocalización de la producción farmacéutica en Estados Unidos. En definitiva, no tratan ya la fabricación farmacéutica simplemente como política industrial o sanitaria, sino como infraestructura productiva necesaria para la seguridad nacional.
Estados Unidos cuenta con un mercado de aproximadamente 350 millones de habitantes bajo una sola política comercial federal, actuando contra la dependencia farmacéutica exterior, considerándolo una cuestión de seguridad nacional y entendiendo la capacidad de fabricar medicamentos en territorio estadounidense como una capacidad industrial estratégica. China supera los 1.400 millones de habitantes y desarrolla una política industrial fuertemente centralizada, exhibe su potencia industrial tanto en los primeros eslabones de la cadena de valor farmacéutica, materias primas, precursores, intermedios químicos y principios activos, así como crecientemente en el medicamento innovador de alto valor añadido. Europa, por su parte, supera los 450 millones de habitantes, dispone de un mercado único y de instituciones farmacéuticas comunes, pero mantiene importantes competencias sanitarias y de financiación, compra y acceso a los medicamentos fragmentadas entre sus 27 Estados miembros. ¿Qué está haciendo Europa para competir? ¿La velocidad, escala y contundencia de sus instrumentos resultan suficientes ante el ritmo al que se está reconfigurando la industria farmacéutica mundial?
El pasado 21 de octubre hubo una doble celebración para Sandoz en sus oficinas de Madrid: junto con su aniversario de sus 140 años la Comunidad de Madrid la galardonó con el sello de Madrid Excelente. ¡Enhorabuena!
En un evento al que acudieron importantes representantes de todos los ámbitos de la Sanidad, Elena Mantilla directora de Madrid Excelente (y exdirectora de la Inspección Sanitaria de la Comunidad de Madrid), entregó el sello a su director general Joaquín Rodrigo, quien en una breve pero lúcida alocución llamó la atención sobre una realidad especialmente preocupante: la planta de Sandoz en Kundl, Austria, constituye la última gran instalación europea que mantiene una cadena verticalmente integrada de producción de penicilinas, desde etapas esenciales de fabricación del principio activo hasta el medicamento terminado. Entre los antibióticos producidos en esta cadena se encuentra la amoxicilina, medicamento esencial para los sistemas sanitarios, sobre todo en su combinación con el ácido clavulánico. No estamos, por tanto, simplemente ante una fábrica más, sino ante uno de los últimos bastiones de la capacidad europea de producción integral de antibióticos esenciales.
Analicemos lo que de preocúpate tiene esta aseveración. Lo primero, la importancia del binomio amoxicilina y ácido clavulánico. Determinadas bacterias producen enzimas capaces de inactivar la amoxicilina. El ácido clavulánico inhibe muchas de estas enzimas y permite que la amoxicilina conserve su actividad frente a determinados microorganismos que, sin ese inhibidor, serían resistentes. Ello explica la relevancia clínica de la combinación amoxicilina/ácido clavulánico.
Segundo, que sólo se fabrique en Austria. Un antibiótico como la amoxicilina ejemplifica perfectamente por qué determinados medicamentos pueden pasar de considerarse simplemente productos sanitarios sujetos al comercio internacional a considerarse bienes estratégicos. La cuestión relevante es, ¿qué ocurriría si Europa dependiera de terceros países para los principios activos o intermediarios necesarios para fabricar antibióticos esenciales y una crisis geopolítica interrumpiera el suministro? Ya no sería solamente un problema industrial o comercial. Sería un problema de seguridad sanitaria y autonomía estratégica. Máxime cuando en Europa tenemos antecedentes precisamente de escasez de amoxicilina y amoxicilina/clavulánico.
El ejemplo del riesgo que supone Kundl no constituye un episodio aislado. Es la manifestación de una pérdida progresiva de capacidad productiva europea. Un informe de Medicines for Europe advertía ya en 2023 de que, mientras dos décadas atrás Europa producía aproximadamente la mitad de los ingredientes necesarios para fabricar sus medicamentos, esa proporción se había reducido a alrededor de una quinta parte. El mismo análisis señalaba que el 69% de los medicamentos genéricos comercializados en la Unión Europea contaban únicamente con uno o dos proveedores y que un tercio de los antibióticos genéricos disponibles diez años antes había desaparecido del mercado europeo. China pasó del 44 % al 86 % de las importaciones europeas de penicilinas y derivados entre 2019 y 2025. La cuestión deja entonces de ser únicamente económica. Cuando desaparecen fabricantes, se concentra la producción y determinadas capacidades industriales se desplazan fuera de Europa, disminuye también la redundancia que permite al sistema sanitario absorber una crisis de suministro. Kundl es la última gran cadena verticalmente integrada de penicilinas que queda en Europa. Representa mucho más que una fábrica de antibióticos: simboliza la frontera entre conservar en Europa una determinada capacidad industrial estratégica o aceptar que medicamentos esenciales dependan crecientemente de cadenas de suministro sobre las que Europa tiene cada vez menor control. En definitiva, nos exponemos a un riesgo cierto, con antecedentes como fue la reciente pandemia.
Aunque la industria del automóvil y del medicamento sean muy diferentes sí presentan ciertos paralelismos. Acabamos de ver en el novedoso Salón del Automóvil de Paris (del 12 al 18 de octubre) la hegemonía arrolladora del vehículo eléctrico de origen chino. Entre otros factores como consecuencia del suicidio basado en criterios cuestionables por parte de las autoridades europeas en materia automovilística. No caigamos en los mismos errores. Estados Unidos ha dado un ejemplo de coherencia (para sus intereses) simplemente con un solo instrumento jurídico y mediante la interpretación de una Ley de 1962. El problema para Europa es que se puede estar permitiendo que desaparezcan determinadas capacidades productivas que, una vez perdidas, serán extraordinariamente difíciles y costosas de reconstruir. La Unión Europea tiene que moverse con determinación, agilidad y contundencia. ¿Y en España? El Gobierno que resulte de las elecciones del 29 de noviembre debería asumir como prioridad estratégica una apuesta decidida por la industria biosanitaria.