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La estética del espanto

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La estética del espanto

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

30 de octubre de 2026

La silueta de un vagón de tren retorcido como si fuera de papel, el humo denso alzándose sobre una vía destrozada y el despliegue frenético de los equipos de emergencia. Ante una catástrofe de gran magnitud la reacción colectiva sigue un patrón predecible y perturbador: una mezcla de horror genuino y una atracción magnética e incontrolable hacia las imágenes del desastre. Cerramos los ojos o nos llevamos las manos a la boca, pero inevitablemente volvemos a mirar. Esta fascinación por lo macabro no es una anomalía moderna ni un síntoma de perversión moral aislada; es un rasgo profundamente arraigado en la psicología humana que las tecnologías de la información han sabido explotar hasta convertirlo en uno de los pilares del consumo digital contemporáneo.

Preguntarse por qué nos atrae el morbo de una tragedia ferroviaria o aérea nos obliga a mirar dentro de un espejo incómodo. Nos confronta con la delgada línea que separa la empatía humana de la simple curiosidad voyerista y nos plantea el dilema de si el flujo constante de imágenes trágicas nos humaniza a través de la compasión o nos desensibiliza de forma irreversible.

Desde una perspectiva estrictamente evolutiva el cerebro humano está diseñado para prestar una atención prioritaria a cualquier estímulo que represente un peligro potencial. En el entorno ancestral observar detalladamente cómo un depredador atacaba a un miembro de la tribu o analizar los restos de un accidente natural no era un acto gratuito de sadismo, era una lección vital de supervivencia. El cerebro procesaba la escena para almacenar información crucial: qué salió mal, dónde estaba el peligro y cómo evitar un destino similar.

En el mundo moderno un descarrilamiento de tren activa exactamente los mismos resortes neurobiológicos. El choque ferroviario representa la vulnerabilidad extrema de los sistemas en los que depositamos nuestra confianza diaria. Al mirar las imágenes de los vagones colapsados nuestro subconsciente no busca recrearse en el dolor ajeno, sino procesar una amenaza a nuestra propia seguridad. Es un mecanismo de alerta biológica que grita: “presta atención, esto podría pasarte a ti”.

Existe también un componente emocional y filosófico en el morbo. El filósofo Aristóteles ya teorizaba sobre la catarsis en el teatro griego: la experiencia de presenciar tragedias ficticias permitía a los espectadores purgar sus propios miedos, tristezas y ansiedades en un entorno controlado. Las imágenes de un desastre real funcionan, de manera perversa, como una catarsis moderna.

Ver la devastación de un accidente nos evoca una intensa descarga de adrenalina y cortisol, seguida casi de inmediato por una sensación de profundo alivio personal. Al contemplar la tragedia desde la comodidad de nuestros hogares, a través de una pantalla táctil, experimentamos lo que la psicología denomina “el alivio del superviviente”. 

Si bien el impulso de mirar el horror es biológico el entorno tecnológico actual ha industrializado este comportamiento. Las redes sociales y los medios digitales de comunicación operan bajo la economía de la atención, donde el recurso más valioso y disputado es el tiempo de pantalla del usuario. En este escenario, los algoritmos de recomendación no tienen moralidad.

Las métricas demuestran de forma sistemática que el contenido visual trágico, violento o impactante genera tasas de retención y clics infinitamente mayores que las noticias optimistas o de análisis pausado. Las plataformas digitales están diseñadas para detectar que, cuando un usuario se detiene unos segundos más a observar el vídeo de un vagón en llamas, debe recibir inmediatamente más contenido similar. Esta retroalimentación crea un Coliseo romano virtual donde el sufrimiento de las víctimas de un accidente se fragmenta en vídeos cortos, bucles de reproducción y galerías fotográficas diseñadas exclusivamente para retener el dedo del usuario en la pantalla, maximizando los ingresos publicitarios a costa de espectacular el dolor.

Frente a la tiranía del algoritmo, que busca rentabilizar cada tragedia, se vuelve indispensable desarrollar una “ética de la mirada”. Debemos aprender a retirar la vista cuando la información se transforma en espectáculo y cuando la cobertura visual deja de aportar datos útiles para la prevención y pasa a violar la dignidad de los afectados. Consumir la tragedia con respeto, exigiendo rigor y rechazando el sensacionalismo es el único camino disponible para evitar que las pantallas terminen por congelar nuestra capacidad de conmovernos ante el dolor del prójimo.



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