
Por Virginia Delgado
29 de octubre de 2026A las 7:50h. del pasado miércoles, 28 de octubre, Patri ya estaba acomodada en su asiento. El 12B del vagón 3. No era la primera vez que viajaba en AVE a Sevilla desde Madrid. Lo había hecho en numerosas ocasiones, tanto por trabajo como por ocio. En esta ocasión, era por motivos laborales, es científica e iba al Congreso de la Sociedad Española de Biología del Desarrollo. Pero no llegó. Patri estaba en el AVE siniestrado en el accidente de Urda.
“Me di en la boca del estómago. Me acurruqué y pensé ‘ahora llega el golpe, ahora llega’”. Pero el golpe ya había llegado. Patri recuerda que sintió el frenazo y pensó que el tren estaba descarrilando y después chocaría. Ya lo había hecho contra el Iryo. “Sucedió todo muy rápido, pero pasó a cámara lenta. Fue todo muy loco”, dice a Medicina Responsable.
Una locura que la joven empezó a entender en el momento en el que vio un rail de vía atravesado en el vagón y a una persona inmóvil. “No conseguimos romper las ventanas y salimos por la puerta, que alguien abrió y no sé cómo. Fuera vimos el panorama. Los vagones de delante no eran vagones. Fue horrible”, nos cuenta.
Patri solo pensaba en Cris, su compañera que viajaba en el cinco. Y solo cuando la encontró se sintió algo más tranquila. “Tenía la nariz rota. Estaba peor que yo. Yo sentía dolores en el estómago y en la cabeza”, nos dice.
La joven describe el momento como “caos” y no se le quita de la cabeza la cara desencajada de los policías y guardia civiles que acudieron y los gritos pidiendo un médico. “Entre los viajeros había facultativos que empezaron a ayudar. Nos ayudábamos unos a otros. Poco a poco, todo fue cobrando un poco más de orden y de sentido. Aun así, se veía que estaban desbordados”, añade.
La afectada es incapaz de saber cuánto tiempo pasó desde que ella y su compañera recibieron las primeras atenciones sanitarias. Pero sí recuerda registrarse para después ser trasladadas a un pabellón del pueblo toledano de Urda. “Allí pedí que atendieran a Cris porque estaba peor que yo y mareada. No había muchos médicos, pero sí bastantes enfermeros y voluntarios. También, psicólogos”, comenta.
Uno de ellos se acercó y les enseñó técnicas de respiración para calmar el cuerpo. Después, llegó un médico. “Todo el tiempo nos decían que allí estaban para lo que necesitáramos. Comprobé que en el pabellón todo estaba más organizado y era menos caótico”, explica Patri a Medicina Responsable.
Fuera del recinto se encontraba el novio de la joven, con el que pudo contactar casi inmediatamente después de sufrir el accidente. Después del permiso del médico, trasladó a las jóvenes al Hospital Universitario La Paz de Madrid. “Nos dijo que iba a ser más rápido si nos íbamos con él en su coche y optamos por este centro. Nada más llegar me encontré con la mujer que estaba delante de mí en el tren. Nos abrazamos. Fue muy emotivo”, recuerda la joven.
En La Paz la atendieron rápidamente, ya que allí dieron prioridad a las víctimas del accidente. Aunque Patri comentó a los médicos que solo sentía dolor por los golpes, le hicieron un TAC y una ecografía para descartar hemorragias internas. Después, le recetaron calmantes y le dijeron que estuviera en observación 24 horas. “Me comentaron que, si experimentaba más dolores, mareos o perdía el conocimiento, debía volver”, añade.
Un día después del accidente no ha vuelto al hospital y asegura haber dormido bien y profundamente, aunque sigue dolorida y mareada. También, explica a Medicina Responsable que es incapaz de ver imágenes del accidente. “Cuando me he despertado esta mañana tenía la sensación de que lo que pasó no era real. No quiero ver la televisión. En La Paz estaban encendidos muchos televisores y me puse muy triste, no podía parar de llorar”, nos dice.
Hoy, Patri da las gracias por estar viva, incluso se las da a un Dios en el que no cree. “Yo no soy religiosa, pero aquí alguien ha rezado mucho por mí. El panorama era horrible, horrible, horrible”, subraya.
Aunque insiste en que físicamente está bien, mentalmente está sufriendo hasta el punto de sentir algo que sienten muchas víctimas de accidentes graves. “Me da hasta vergüenza porque, en el fondo, no me ha pasado nada. He tenido muchísima suerte, muchísima. Yo no quería ver nada, no era capaz de ver personas heridas o medio muriendo. Solo viendo cómo estaban los vagones, se sabía que era horrible. El panorama era desolador. Me siento súper afortunada”, recuerda.
La joven reconoce que no sabe cómo asimilar lo que ha vivido y se plantea recibir asistencia psicológica. “Es probable que sí, para saber cómo gestionarlo, porque nunca me ha pasado algo así. No sé hasta qué punto mi cerebro lo asimila. Hoy lo siento como si fuese mentira, como una especie de película horrible. No siento ni siquiera que haya estado allí. Supongo que esto no es tan fácil de entender. Me han facilitado teléfonos de atención psicológica para afectados por la tragedia”, comenta.
El accidente ferroviario de este miércoles nos ha traído a la memoria el de Adamuz del pasado mes de enero. Ambos difíciles de digerir, sobre todo, por la cercanía de los acontecimientos. “En el momento en el que estaba sucediendo todo me acordé de lo sucedido en Adamuz. Yo pensaba ‘no puede suceder otra vez, esto es inexplicable’. No me podía creer lo que pasaba. Era la misma línea, el mismo viaje. Soy científica y sé que no es probable. Pero, sí, lo fue. Algo estamos haciendo mal. Esto no es normal”, concluye la joven afectada.
¿Volverá a subirse a un tren? Patri se atreve a contestar a la pregunta que le hará mucha gente a partir de ahora: “Creo que voy a tardar un poco. La primera vez que lo haga, será fácil que entre en pánico”, concluye.