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Día Mundial de la Salud

Un día para la salud que el mundo no puede permitirse ignorar

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Un día para la salud que el mundo no puede permitirse ignorar
Freepik

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

7 de abril de 2026

Hay algo profundamente revelador en la forma en que las sociedades celebramos el Día Mundial de la Salud. Se multiplican los comunicados institucionales, proliferan las campañas en redes sociales con sus infografías de colores y sus hashtags aspiracionales y los ministerios de medio mundo convocan ruedas de prensa donde los titulares se escriben solos. Pero, y ahí está lo verdaderamente grave, al día siguiente los sistemas sanitarios regresan a sus urgencias saturadas, a sus listas de espera enquistadas y a sus presupuestos que no cierran. El ritual se repite con tanta fidelidad que uno llega a preguntarse si la conmemoración no sirve para nada.

La Organización Mundial de la Salud instituyó esta fecha en 1950 con una vocación que iba más allá del gesto. El 7 de abril debía ser un recordatorio anual de que la salud no es un privilegio, sino un derecho, y que garantizarla es una obligación de los Estados, y no una concesión graciosa de los gobiernos de turno. Setenta y seis años después el balance obliga a la honestidad: ese derecho sigue siendo, para más de la mitad de la humanidad, una promesa incumplida. 

Y es que más de cuatro mil millones de personas carecen de acceso a servicios sanitarios esenciales y cada año mueren millones de personas por enfermedades perfectamente tratables si la geografía del nacimiento hubiera sido otra. La brecha entre los que pueden enfermar con red y los que no pueden ni enfermar porque no hay quien les atienda sigue siendo uno de los escándalos más normalizados del mundo contemporáneo.

Pero, y esto es muy importante, el problema no es solo de escala global, también lo es a profundidad doméstica. En España, un país con un sistema sanitario que en otros tiempos fue referencia mundial, el Día Mundial de la Salud llega en 2026 con el sabor agridulce de quien contempla un patrimonio deteriorado. La sanidad pública española sigue siendo, en muchos aspectos, extraordinaria y sus profesionales, a menudo, lo son todavía más. Sin embargo, el edificio hace aguas por demasiados puntos a la vez como para poder ignorarlos: una Atención Primaria desbordada, una salud mental infradotada de manera crónica y enormes desigualdades territoriales que hacen que el código postal siga siendo un determinante de salud más poderoso de lo que cualquier sociedad avanzada debería tolerar.

Este año la OMS ha elegido como lema de la jornada una llamada a la acción sobre la salud como fundamento del desarrollo humano. Es una elección acertada, porque pone el dedo en la llaga de una confusión conceptual que persiste en los despachos donde se toman las decisiones presupuestarias: la salud no es un gasto, es una inversión. 

La pandemia de covid-19 debería haber sido el punto de inflexión definitivo, ya que nunca en la historia reciente habían quedado tan expuestas, con tanta brutalidad y con tan pocas posibilidades de mirar hacia otro lado, las consecuencias de haber desatendido los sistemas de salud pública durante décadas. Nunca había quedado tan claro que los recortes sanitarios no son ajustes técnicos neutros, sino decisiones políticas con consecuencias humanas medibles. Y, sin embargo, pasado el trauma, la mayoría de los países han retomado la senda del antes como si el aprendizaje colectivo tuviera fecha de caducidad. 

Un Día Mundial de la Salud honesto debería ser, además, un día de rendición de cuentas. No de los otros, sino de todos, desde los gobiernos que prometen y no ejecutan hasta las instituciones internacionales que diagnostican con precisión y actúan con timidez, pasando por las sociedades que exigen derechos sin querer financiarlos y por cada uno de nosotros que tendemos a valorar la salud solo en el momento en que la perdemos. La salud no es noticia cuando funciona, únicamente lo es cuando falla. 

Por eso, quizás, el mejor homenaje que podríamos hacerle al espíritu original de esta fecha sería dejar de celebrarla como si fuera un cumpleaños y empezar a vivirla como lo que realmente es: un examen. Un examen sobre el tipo de mundo que estamos construyendo, sobre las prioridades que elegimos cuando los recursos son limitados y los valores entran en conflicto, y sobre la clase de humanidad que queremos ser. Porque la salud, en última instancia, no es solo la ausencia de enfermedad, es la medida más honesta de una civilización.

¿Qué nota le pondría yo al Día de la Salud 2026? La calificación de un estudiante brillante que suspende por no estudiar. Y es que, de alguna forma, tenemos el conocimiento, tenemos la tecnología y tenemos los recursos, pero nos falta la voluntad de usarlos donde más se necesitan.

 



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