
Por Jorge Eugui, presidente de AEFY
19 de octubre de 2026Cada 16 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación nos invita a reflexionar sobre algo tan cotidiano como determinante: cómo comemos. Lo que ingerimos influye directamente en nuestra salud y bienestar, en nuestros hábitos y, especialmente durante la infancia, en la construcción de comportamientos que nos acompañarán durante toda la vida.
Porque hablar de alimentación saludable es hablar también de educación, y en las primeras etapas es cuando verdaderamente genera impacto. Por ello, las familias, los profesionales sanitarios y educativos, la industria y los entornos donde los niños comen cada día deben colaborar, trabajar juntos y seguir un marco alimentario común sostenible con nuestro entorno y nuestro día a día. En nuestro país, ese patrón sería la dieta mediterránea.
Para muchos niños, la comida que reciben durante la jornada escolar representa una parte importante de su alimentación diaria y constituye, además, una oportunidad para familiarizarse con una mayor variedad de alimentos.
Aprender a probar alimentos nuevos, su valor nutricional, entender la importancia de una alimentación variada o compartir una comida en un entorno adecuado son aprendizajes que pueden contribuir a consolidar hábitos saludables. Con ejemplos como el yogur es sencillo de introducir esta idea: un alimento accesible, fácil de introducir en la dieta de los más pequeños por su palatabilidad y rico en nutrientes.
Pero para que sea efectivo, es necesario abordar la alimentación infantil desde una perspectiva integral, en la que las recomendaciones nutricionales vayan acompañadas de educación alimentaria y en la que exista coherencia entre lo que se aprende en el colegio y lo que se fomenta en el entorno familiar.
Esta reflexión es especialmente importante ante la progresiva pérdida de algunos de los hábitos que tradicionalmente han caracterizado la alimentación en España: la dieta mediterránea. Forma parte de nuestro patrimonio cultural y alimentario, pero para mantenerla viva es necesario incorporarla de manera natural a nuestra vida cotidiana.
Este patrón alimentario sigue siendo hoy uno de los modelos más recomendados por la evidencia científica por su asociación con una mejor salud y una menor incidencia de enfermedades crónicas. Pero, además, es un patrón alimentario alineado con otros retos actuales: promueve el consumo de alimentos frescos y de temporada, favorece la producción local, contribuye a reducir el impacto ambiental asociado al transporte de alimentos y facilita una alimentación más sostenible en el tiempo, tanto para las personas como para el entorno.
Su principal fortaleza es que se adapta a nuestra cultura, a nuestra gastronomía y a nuestra disponibilidad de alimentos. Apostar por productos de proximidad y por hábitos arraigados en nuestro contexto hace que sea más fácil mantenerlos a largo plazo, transformando la alimentación saludable en una práctica realista y accesible para las familias.
En este marco, alimentos como el yogur y los lácteos fermentados forman parte de un modelo alimentario que durante generaciones ha estado presente en nuestros hogares.
Sin embargo, los cambios en los estilos de vida, la falta de tiempo y la transformación de los patrones de consumo están modificando la manera en la que nos alimentamos. Es necesario que los niños conozcan los alimentos que forman parte de este modelo, que tengan acceso a ellos, que aprendan a prepararlos y que puedan integrarlos en su día a día. La educación alimentaria debe ayudar a convertir el conocimiento en hábitos y los hábitos en una forma de cuidar la salud en todas las etapas de la vida.
Desde AEFY consideramos que promover una alimentación adecuada durante la infancia exige la colaboración de todos los agentes implicados. Las familias necesitan información y herramientas; los centros educativos desempeñan una función esencial; los profesionales sanitarios aportan conocimiento especializado; y el sector de la alimentación tiene la responsabilidad de seguir trabajando para ofrecer alimentos adecuados y adaptados a las necesidades de los consumidores. Y también es fundamental que el debate sobre alimentación infantil se aborde desde la evidencia científica, la información rigurosa y la educación.
El Día Mundial de la Alimentación es una oportunidad para recordar que construir una sociedad más saludable empieza, en buena medida, por enseñar a los niños y niñas a alimentarse mejor. Porque los hábitos que se adquieren durante los primeros años pueden sentar las bases de nuestra relación futura con la salud, siendo la alimentación infantil es la política preventiva más barata que existe.