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¿Cobramos por aportar o por estar?

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¿Cobramos por aportar o por estar?

Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid

10 de agosto de 2026

Casi uno de cada dos euros que gastamos en sanidad se destina a las personas que trabajan en ella. Sólo ese dato debería bastar para que los recursos humanos ocuparan uno de los grandes debates sobre el futuro de nuestro sistema sanitario.

No hablamos únicamente de médicos. Hablamos de todos los profesionales que hacen posible que la sanidad funcione cada día. También de quienes trabajan en la privada y en las compañías aseguradoras, porque todas compiten por profesionales cualificados y, en algunas especialidades, difíciles de encontrar.

En torno al 45% del gasto sanitario público se dedica a remunerar personal. Es una inversión enorme y necesaria. Precisamente por eso ya no basta con discutir cuánto pagamos. Tenemos que hablar también de cómo utilizamos ese dinero para atraer profesionales, retener a los mejores y reconocer aquello que hace avanzar al sistema.

Recuerdo que se me pidió un día que estudiara el fichaje de los médicos, ya que como “funcionarios” deberían demostrar el cumplimiento de su horario. Quien dio aquella idea demostró una visión muy pobre de lo que significaba gestionar profesionales sanitarios en el sector público. Desconocía que para ir a trabajar y cumplir un horario vale cualquiera, pero para sacar las cosas para adelante ante la adversidad y la incertidumbre, sólo estar sirve de muy poco.

Nuestro modelo retributivo continúa descansando demasiado sobre la categoría, la antigüedad, los trienios, las guardias y determinados complementos. Todo eso tiene que estar, pero no puede ocupar prácticamente todo el espacio. Hoy resulta mucho más fácil saber cuánto tiempo lleva un profesional en el sistema que cuánto aporta realmente a él.

Y ahí aparece una contradicción que deberíamos afrontar sin miedo. No puede cobrar prácticamente lo mismo quien se implica de forma activa en los objetivos del sistema, asume responsabilidades, mejora resultados, forma a otros profesionales, cubre necesidades difíciles o contribuye a organizar mejor la asistencia, que quien decide limitarse a permanecer en su puesto y cumplir únicamente con lo imprescindible.

No digo que haya que castigar a nadie. Digo exactamente lo contrario. Hay que dejar de perjudicar a quienes más aportan.

Cuando cualquier mejora retributiva tiene que aplicarse casi de la misma manera a todos, aparece además un problema económico. Para reconocer de verdad a quienes más contribuyen habría que aumentar de forma generalizada una masa salarial que ya supone alrededor del 45 % del gasto sanitario. Y eso provoca que no se pueda aplicar mejoras o se haga en cuantía escasa. 

Necesitamos una parte mayor de la remuneración vinculada a lo que cada servicio de salud necesita y a la aportación real del profesional. Los gerentes y responsables sanitarios deberían poder incentivar, con criterios transparentes y evaluables, a quien asume más responsabilidad, mejora la organización, reduce demoras, se actualiza, enseña, investiga o acepta trabajar donde resulta más difícil encontrar profesionales.

Durante demasiado tiempo la negociación colectiva ha favorecido una lógica de incrementos lineales. Es comprensible desde la defensa sindical de todos sus representados, pero no siempre coincide con las necesidades de una organización sanitaria compleja. La igualdad de derechos no exige uniformidad retributiva. Si confundimos ambas cosas, creamos un sistema en el que esforzarse mucho más apenas tiene recompensa y esforzarse mucho menos apenas tiene consecuencias.

Resulta paradójico que el Estatuto Marco que ahora queremos modificar ya ofreciera herramientas para avanzar en esa dirección. Carrera profesional, productividad, evaluación del desempeño y objetivos podían haberse desarrollado con mucha mayor ambición. No lo hicimos. Eso no significa que no haya que reformarlo. Han pasado más de veinte años y hoy necesitamos una norma adaptada a otra sanidad y, en mi opinión, también abrir seriamente el debate sobre un estatuto propio para los médicos. Pero sería un error cambiar de norma sin aprovechar esta vez todo su potencial.

Si prácticamente la mitad de nuestra inversión sanitaria está en las personas, necesitamos un modelo capaz de atraerlas, retenerlas, exigirles, motivarlas y reconocer económicamente aquello que hace avanzar al sistema.

Porque gestionar bien el dinero de la sanidad también significa saber invertirlo en quienes hacen mejor la sanidad.



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