
Por Peter BABEL
8 de septiembre de 2026Estas vacaciones, en las playas, he notado una gran exhibición femenina de ese lugar donde la espalda pierde su honesto nombre. Antes, a ese lugar del cuerpo le llamábamos culo, pero como no estoy al tanto de las modas del me too, empleo el eufemismo, no sea que me tilden de machista, acosador oral o cualquier otra falta, bajo la lupa del feminismo fundamentalista.
Estadísticamente, en la cirugía estética, son porcentualmente superiores las intervenciones para quitar grasa (abdomen, estómago, muslos, antebrazos, papadas, etcétera) que las de relleno de grasa. Y, cuando un paciente solicita, precisamente, que le pongan grasa en alguna parte de su cuerpo que presenta una antiestética delgadez, lo que se hace es quitar de ese cuerpo serrano donde sobra, y ponerlo donde falta. Nada que objetar: se trata de una recolocación, y con su grasa se lo exhiba.
Sin embargo, ha surgido un problema novísimo, y es que, debido a los métodos adelgazantes como el ozempic, algunos cuerpos serranos -o playeros- se quedan sin grasa. ¿Qué hacer? Pues en Estados Unidos recurren a las grasas de cadáveres. Se le extrae la grasa al muerto, y, luego, se termina de matar a las células vivas que queden para que sea grasa cadaverina fetén, y no bajo palabra de honor. Y ya está. Bueno, Cada pinchazo cuesta 2.250 dólares y un tratamiento completo puede llegar a los 20.000 dólares.
Mira, este detalle del precio me ha subido la moral, porque la grasa del cerdo es mucho más barata que la grasa del ser humano. Si la grasa del cerdo se pusiera a la altura de la grasa humana, sólo podrían comer jamón los millonarios.
Sin embargo, antes de que las millonaria sonrían, y piensen que ese lugar donde la espalda pierde su nombre, será tan tersa como la de una adolescente el próximo verano, piensen que, en Europa, hay reparos éticos. Y no te digo en el Cielo, cuando llegue la resurrección de la carne, y los muertos reclamen su grasa, sin saber en qué culo está.