
Por Clara Bravo
23 de marzo de 2026Cada día se me derrumba una convicción con que la que convivía desde hacía años. Siempre que llega la primavera, y sale ese día en el que hasta vestirte para salir a la calle te da pereza, a mí me reconfortaba saber que lo que parecía desgana era, simplemente, una enfermedad de esas que no matan, ni producen dolores, una enfermedad elegante, llamada “astenia primaveral”.
No es que yo fuera una vaga, o que cayera en manos del pesimismo o, todavía más sencillo, hubieran huido hacia otros cuerpos las ganas de trabajar. Y eso, la verdad sea dicha, te proporcionaba una cierta aura de enferma distinguida y exquisita.
Me contaron que las diferencias de temperatura, y la alimentación invernal, me habían privado de algunas vitaminas y, eso, unido al aumento de luz, era el origen de mi alicaimiento.
Bueno, pues unos noruegos se han puesto a investigar y han derrumbado todas mis excusas: científicamente, la llamada astenia primaveral es un cuento, como el de Caperucita Roja, o el feminismo intrínseco de los machos con carnet socialista.
Me han hecho polvo. Estoy melancólica y frustrada. No me dan ganas ni de cambiar las medias oscuras por otras más claras. Y no sigo, porque me cansa todo, incluso saber que mi cansancio se debe a que soy una zángana.