
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
2 de enero de 2026El cerebro humano responde de manera distinta a la práctica de la oración en comparación con el cerebro de quienes no la realizan. La oración, entendida como un acto de comunicación espiritual, práctica religiosa o meditación dirigida a una entidad superior, activa redes neurocognitivas específicas relacionadas con la atención, la autorreferencia y la regulación emocional.
En quienes no rezan, estas redes pueden activarse de otras formas, como la meditación laica, la reflexión personal o simplemente en reposo, pero la experiencia subjetiva y los cambios cerebrales asociados con la religiosidad imprimen algunas diferencias fundamentales.
Cuando una persona está en estado de reposo, su cerebro no descansa pasivamente. Entra en funcionamiento la llamada “red neuronal por defecto”, que involucra regiones como la corteza prefrontal medial, el lóbulo parietal posterior y el hipocampo. Esta red se activa al recordar, imaginar o planear, y funciona como telón de fondo de la mente. En quienes rezan, el estado de reposo se transforma porque la oración introduce dirección, sentido y finalidad, reorganizando la actividad de esta red e involucrando procesos de concentración, emoción y autotrascendencia.
La práctica repetida de la oración, igual que ocurre con la meditación secular, modifica estructuralmente al cerebro gracias a la neuroplasticidad. Diversos estudios han mostrado un aumento del grosor cortical en áreas frontales, asociado a un mayor control de la atención y las emociones. También se han evidenciado cambios en la conectividad entre la amígdala y la corteza prefrontal, que favorecen una gestión más eficaz de la ansiedad.
En el plano neuroquímico, rezar modula neurotransmisores clave. Aumentan los niveles de serotonina y dopamina, neurotransmisores que fomentan el bienestar y la motivación. También se regula la oxitocina, la hormona de la confianza y del apego, y se reduce el cortisol, el cual está relacionado con el estrés.
Una cuestión habitual es si existen cerebros intrínsecamente religiosos frente a otros que no lo son. La evidencia sugiere que no, pues todos compartimos las mismas redes predispuestas a la búsqueda de patrones, significado y sentido. La diferencia radica en el contexto cultural, en la educación y en la interpretación que cada persona otorga a sus vivencias. En unos individuos, esta predisposición se canaliza hacia la fe y la espiritualidad; en otros, hacia la ciencia, el arte o el pensamiento filosófico.
Diversos estudios han demostrado que quienes practican la oración tienen menores niveles de estrés crónico, mayor resiliencia frente a las adversidades, incremento de la empatía y la compasión, así como una percepción reforzada de propósito existencial.
En conclusión, el cerebro de quien reza y el de quien no lo hace son idénticos en su estructura, pero difieren en los patrones de activación y, sobre todo, en la interpretación de la experiencia. La oración dirige redes comunes hacia un propósito trascendental que amplifica la vivencia emocional y social.
El no creyente utiliza esos mismos recursos neurológicos, pero orientados a otras fuentes de sentido, como el razonamiento, la contemplación secular o la creatividad. Mientras para unos rezar constituye un vínculo con lo divino que provee consuelo y fortaleza, para otros la paz mental llega por caminos distintos. Lo esencial es reconocer que, más allá de la actividad concreta, el cerebro humano tiene la capacidad plástica y universal de generar sentido, calma y propósito, ya sea a través de lo sagrado o de lo secular.