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La adolescencia termina a los 32 años

Un estudio de la Universidad de Cambridge identifica cuatro momentos de inflexión en las conexiones neuronales redefiniendo las etapas de la vida

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La adolescencia termina a los 32 años

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

9 de enero de 2026

La vida ya no cabe en tres cajones -infancia, etapa adulta y vejez- y el cerebro acaba de demostrarlo con contundencia científica. Una investigación reciente de la Universidad de Cambridge, publicada en Nature Communications, ha identificado cuatro grandes puntos de giro en la organización de las conexiones cerebrales, que marcan cinco edades del cerebro humano. Los cambios clave se concentran alrededor de los 9, los 32, los 66 y los 83 años.​

Las cinco edades del cerebro

El equipo de investigadores analizó las resonancias magnéticas cerebrales de casi 4.000 personas de entre pocos meses y 90 años, cartografiando cómo se conectan las distintas regiones cerebrales a lo largo de la vida. A partir de esos datos, describen cinco grandes “eras” de cableado neuronal, cada una con un patrón característico de conexiones y eficiencia de la red: 
De 0 a 9 años: infancia, fase de consolidación masiva de conexiones y redes básicas.​ 
De 9 a 32 años: adolescencia prolongada, en la que el cableado se vuelve progresivamente más eficiente.​ 
De 32 a 66 años: adultez “plena”, con la arquitectura cerebral más estable y organizada.​ 
De 66 a 83 años: envejecimiento temprano, con cambios selectivos en las conexiones.​ 
A partir de los 83: envejecimiento tardío, donde el cerebro depende más de ciertos “nodos” clave para funcionar.​ 
Los científicos se refieren a “épocas” o “eras” cerebrales, no de compartimentos estancos, es decir, estamos ante transiciones estadísticas, no fronteras rígidas que se crucen el día del cumpleaños.​

Primer giro: en torno a los 9 años

El primer gran punto de inflexión aparece hacia los 9 años, cuando termina la primera edad del cerebro. Hasta entonces la infancia es una etapa de exuberancia de conexiones: el cerebro genera muchas sinapsis y luego selecciona las que más se usan, mientras aumentan tanto la sustancia gris (neuronas) como la blanca (fibras que las conectan).​ 
 
Hacia los 9 años empieza una reorganización profunda que coincide con el inicio de la pubertad y con cambios llamativos en la capacidad cognitiva y en el desarrollo socioemocional. La red neuronal se hace más eficiente: se eliminan rutas redundantes, se refuerzan las que son útiles y el cerebro empieza a especializarse en habilidades complejas como la planificación o el control de impulsos.​

Segunda edad: una adolescencia hasta los 32

El resultado más llamativo del estudio es que la “adolescencia cerebral” no termina a los 18, sino que se extiende, de media, hasta los 32 años. Entre los 9 y los 32 la organización del cableado se mantiene relativamente estable, pero se refina, es decir, las conexiones se acortan, haciéndose eficientes y con un sistema más coordinado.​ 
 
Los investigadores del estudio describen este periodo como una era de enorme plasticidad, en la que el cerebro ajusta sus redes para sostener el pensamiento abstracto, la toma de decisiones complejas y la integración social. Esto no significa que una persona de 30 años “sea adolescente” en el sentido coloquial, sino que los patrones de reorganización de las conexiones aún no han entrado en la fase típicamente adulta.​ 
 
Esta visión obliga a replantear categorías que la sociedad daba por cerradas: muchos procesos de maduración -desde el control emocional hasta ciertas funciones ejecutivas- pueden seguir afinándose bien entrada la treintena. La idea de que el cerebro “ya está totalmente maduro” a los 18 o 20 años pierde peso frente a un modelo en el que la mayoría de edad legal llega mucho antes que la mayoría de edad neuronal.​

Tercera edad: el salto a la adultez “estable” a los 32

Alrededor de los 32 años, los autores detectan el cambio más intenso de toda la vida en la organización de las redes neuronales. Coincide con el momento en el que la conectividad de la sustancia blanca alcanza su máximo: es el pico de maduración de los grandes “cables” que unen distintas regiones del cerebro.​ A partir de ahí entramos en la etapa más larga: de los 32 a los 66 años, que es cuando la arquitectura del cerebro se estabiliza y el cableado mantiene un patrón relativamente constante.  
 
Esta “edad adulta” del cerebro se asocia con una especie de meseta en rasgos como la inteligencia global o la personalidad, que tienden a consolidarse.​ Que el cerebro esté estable no significa que deje de cambiar, sino que ya no vive las grandes remodelaciones que caracterizan la infancia y la adolescencia. Es precisamente esta estabilidad la que hace posible sostener durante décadas actividades que requieren combinar experiencia, habilidad técnica y capacidad de planificación.​

Cuarto giro: los 66 años y el envejecimiento temprano

El tercer punto de giro aparece alrededor de los 66 años, marcando el inicio de la fase de envejecimiento temprano del cerebro. En este periodo los datos muestran que las conexiones dentro de una misma región se conservan mejor que las que enlazan áreas distantes, lo que altera la forma en que la información circula por la red.​ Esta etapa coincide con un aumento del riesgo de enfermedades neurológicas y deterioro cognitivo, como las demencias. Sin embargo, el estudio subraya que no se trata de un derrumbe súbito, sino de un cambio gradual en los patrones de conectividad, en el que muchas funciones se mantienen si el cerebro dispone de suficientes “reservas”.​ 
 
Aquí entra en juego la famosa reserva cognitiva: los años de educación, la actividad intelectual, una vida social rica y el ejercicio físico se relacionan con una mejor capacidad del cerebro para compensar pérdidas estructurales. En otras palabras, dos personas con el mismo cerebro “cronológico” pueden envejecer de forma muy distinta según cómo lo hayan usado.​

Quinta edad: a partir de los 83 años

El último gran cambio se sitúa en torno a los 83 años y da paso a la edad de envejecimiento tardío. En esta fase las conexiones entre regiones distantes se debilitan aún más y el cerebro depende cada vez más de ciertos “hubs”, zonas que actúan como nodos de conexión para múltiples áreas.​ Esta reorganización sugiere que el cerebro funciona con menos “recursos” estructurales y necesita apoyarse en rutas muy concretas para mantener las tareas básicas. Es una etapa especialmente vulnerable, en la que pequeños daños (desde un ictus hasta una infección grave, pasando por una caída) pueden tener un impacto desproporcionado sobre la autonomía.

Al mismo tiempo, muchas personas llegan a esta edad con buena capacidad de comunicación, memoria autobiográfica y vida social activa, lo que demuestra que estas curvas son promedios estadísticos y no dictados individuales. La clave, insisten los expertos, es entender estos cambios para planificar mejor la prevención, los cuidados y la adaptación del entorno.​

Redefinir adolescencia, adultez y vejez

El mapa en cinco edades del cerebro obliga a revisar el viejo esquema vital de “niño–adulto–anciano”. Si el cableado “adolescente” se prolonga hasta poco más de los 30 y la organización típicamente adulta empieza entonces, conceptos como juventud, madurez o envejecimiento adquieren matices nuevos.​ 
 
De esta forma, la adolescencia ya no sería solo una cuestión de instituto, sino una era de casi dos décadas y media de reconfiguración y refinamiento del cerebro; la adultez empieza más tarde de lo que marcaban las biografías clásicas, pero dura mucho más y la vejez también se divide (un envejecimiento temprano, donde aún hay mucha capacidad de compensación, y uno tardío, donde el margen de maniobra se reduce). Los propios especialistas advierten de que estas edades no deben tomarse como fronteras estrictas ni como un calendario de “plazos de entrega” del desarrollo. El estudio mide cómo cambia la topología de las conexiones no cuándo el cerebro “madura” o “declina” funcionalmente, y no analiza directamente aspectos como la memoria, el aprendizaje o el rendimiento en tareas concretas.​ 
 
Más allá de los detalles técnicos, este nuevo mapa cerebral tiene implicaciones muy prácticas en cómo se entienden las biografías. Por ejemplo, respalda con evidencia clínica algo que la experiencia ya sugería: que cambiar de estudios, de profesión o de proyecto vital en la treintena entra dentro de la lógica de un cerebro que aún está terminando de reorganizarse.​ También invita a pensar políticas distintas para educación, salud mental y trabajo.​ 
 
En última instancia, estas cinco edades del cerebro cuestionan la tiranía del calendario y refuerzan una idea liberadora: la vida no está hecha en tres actos, sino en varias temporadas y el cerebro reescribe en varias ocasiones su propio guion.  



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