
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
10 de marzo de 2026Un magnífico punto de partida para hablar de salud, discapacidad y maternidad desde una mirada médica y humana a la vez. Más que una “película sobre sordera” es una radiografía de cómo el sistema sanitario y la sociedad se relacionan con los cuerpos que se salen de la norma
Eva Libertad ha dirigido y guionizado “Sorda”, una película en la que Ángela, una mujer con discapacidad auditiva, espera un bebé con Héctor, su pareja oyente. El embarazo hace aflorar sus miedos frente a la maternidad y respecto a cómo podrá comunicarse con su hija. El nacimiento de la niña desencadena una crisis en la pareja y lleva a Ángela a enfrentarse a la crianza de su hija en un mundo que no está pensado para ella.
La película muestra cómo la pérdida auditiva severa obliga a desplegar estrategias de adaptación: la lectura labial, el uso de ayudas técnicas y la dependencia de mediadores comunicativos. Eso tiene una traducción clínica muy clara: el paciente sordo necesita que el sistema sanitario se adapte a su modo de percibir el mundo, no al revés. Cuando esto no ocurre no hablamos solo de incomodidad, hablamos de riesgo clínico, como puede ser las instrucciones mal entendidas o los consentimientos poco informados.
Un detalle relevante es el origen farmacológico de la sordera de la actriz Miriam Garlo, la protagonista, que perdió cerca del 70% de audición tras una reacción adversa al ácido acetilsalicílico. Médicamente, esto ilustra dos puntos clave: la ototoxicidad de ciertos fármacos y la importancia de la farmacovigilancia a largo plazo. La película no entra en tecnicismos, pero el hecho real subyacente nos recuerda que detrás de cada “discapacidad” suele haber una historia clínica compleja que comenzó en una consulta, una receta o un ingreso.
Uno de los nudos dramáticos del filme son el embarazo, el parto y el miedo a no entender a los profesionales sanitarios en un momento de máxima vulnerabilidad. Desde la medicina aquí aparece el concepto de seguridad del paciente: si una mujer no oye indicaciones en tiempo real, la probabilidad de que se cometan errores y que haya una situación angustiosa aumentan.
La película recoge la angustia de Ángela ante un paritorio pensado para pacientes oyentes. Médicamente, esto plantea preguntas muy concretas: ¿Hay protocolos para pacientes sordos en obstetricia y urgencias? ¿Se garantiza intérprete de lengua de signos o sistemas alternativos de comunicación? ¿Se asegura que la paciente comprende riesgos, opciones de analgesia y procedimientos invasivos?
Cuando esas garantías fallan, que es lo que vemos en pantalla, aparece indefensión, sensación de desamparo y miedo a que “decidan por mí”, en roman paladino, la situación deja de ser solo drama y se convierte en una forma de violencia estructural. La Organización Mundial de la Salud insiste en que la comunicación efectiva es un pilar de la atención perinatal respetuosa y la película muestra qué ocurre cuando ese pilar se tambalea en una paciente con discapacidad sensorial.
El riesgo no es solo emocional: una orden no comprendida durante una complicación obstétrica, una explicación incompleta sobre la cesárea o la inducción, o simplemente la falta de información sobre signos de alarma posparto pueden traducirse en eventos adversos evitables. “Sorda” nos pone delante, sin diagnósticos ni gráficos, el coste humano de no integrar la accesibilidad comunicativa en la práctica clínica diaria.
En la película los médicos que atienden a la pareja hablan de un 50% de probabilidad de que la hija nazca sorda, una cifra que se convierte casi en un personaje más: está siempre presente, aunque no se vea. Desde un punto de vista médico eso nos lleva de lleno a la genética de la hipoacusia y al asesoramiento genético reproductivo.
Muchas pérdidas auditivas congénitas tienen una base genética, con patrones de herencia autosómica recesiva o dominante, y en determinados contextos familiares un riesgo del 50% es plausible. La película no detalla los estudios genéticos realizados, pero retrata con precisión las consecuencias emocionales de ese porcentaje: la culpa anticipada, el miedo a “transmitir” una discapacidad y la presión familiar para evitar que se repita la historia.
Más allá de la sordera la película es un retrato de salud mental perinatal en una situación de alta carga psicosocial. Embarazo y posparto ya son, de por sí, momentos de riesgo de depresión, ansiedad y trastornos de vínculo; si añadimos una discapacidad auditiva y barreras constantes, el riesgo aumenta.
Desde una perspectiva clínica esto exige una mirada desde la medicina biopsicosocial: no basta con controlar la tensión arterial y las analíticas, es necesario explorar la ansiedad, el apoyo social y la calidad de la comunicación con la pareja y la familia. La película muestra cómo el sistema sanitario a veces falla en detectar estos factores, se centra en el “todo va bien” obstétrico mientras la protagonista se siente cada vez más aislada.
Finalmente, “Sorda” es, desde la medicina, una lección de bioética aplicada. Habla de los cuatro pilares de la bioética: autonomía (¿puedo decidir de verdad si no entiendo todo?), justicia (¿tengo el mismo acceso a la información y a los recursos?), beneficencia y no maleficencia (¿el sistema me cuida o me daña sin querer?).
La presencia de una actriz sorda interpretando a una mujer sorda añade una capa de autenticidad que rara vez se ve en cine médico. No se trata de un “caso clínico ejemplar”, sino de una experiencia vivida que ilumina los puntos ciegos de nuestra práctica: cómo colocamos al paciente “diferente” en un circuito pensado para la mayoría, cómo confundimos normalidad con normatividad, cómo usamos el lenguaje (o el silencio) como herramienta de inclusión o de exclusión.