
Por Santiago Melo
4 de marzo de 2026El Virus del Papiloma Humano (VPH) es la infección de transmisión sexual más frecuente en el mundo y, aun así, sigue rodeado de ideas erróneas que alimentan el miedo, el estigma y, en ocasiones, retrasan la prevención. En entrevista con Medicina Responsable, la ginecóloga del Centro Creciendo y miembro de la Junta Directiva de la Asociación HPV Madrid, Mapi Cano, lo explica de forma clara: “Tener VPH no significa tener cáncer: la mayoría de infecciones se aclaran espontáneamente y solo una minoría puede progresar a lesiones precancerosas de alto grado o cáncer si no se detectan y tratan a tiempo”.
Una parte de la confusión, señala, nace de pensar que existe un único VPH y de no diferenciar entre tipos. “Se trata de una familia de virus que tiene afinidad por los epitelios de la piel y las mucosas”, apunta. Desde el punto de vista clínico, distingue “genotipos de bajo riesgo, asociados sobre todo a lesiones benignas y a verrugas anogenitales”, y “genotipos de alto riesgo, con capacidad oncogénica”, que pueden integrarse, persistir y favorecer lesiones precancerosas, especialmente en el cuello del útero. Aun así, insiste en el mensaje principal: lo más habitual es que la infección sea transitoria.
Además, el VPH no es un virus que solo afecte a mujeres. Tanto hombres como mujeres pueden adquirirlo y transmitirlo, también en relaciones entre personas del mismo sexo, porque el contagio se produce por contacto sexual y piel con piel.
En ellos, lo más frecuente es que la infección no dé síntomas y se resuelva sin complicaciones: más del 90% de las infecciones por VPH en hombres son transitorias y desaparecen en los dos años posteriores gracias a la respuesta del sistema inmunitario. Aun así, el virus puede permanecer latente y reactivarse tiempo después, lo que explica que una persona pueda ser portadora y contagiar sin saberlo. En algunos casos aparecen verrugas genitales que pueden localizarse en pene, escroto, ingle, muslos o en el ano y sus alrededores; y aunque es poco frecuente, una infección persistente en hombres también se ha relacionado con cáncer de pene o de ano.
Esa falta de síntomas también contribuye a que la desinformación se mantenga. “La infección por VPH suele pasar desapercibida porque, en la mayoría de los casos, no produce manifestaciones clínicas”, explica la doctora Cano, y añade que incluso cuando persiste, los cambios iniciales son microscópicos y solo se identifican con pruebas de cribado. Por eso considera clave mantener los controles incluso cuando el paciente se encuentra completamente bien. “La progresión hacia lesiones de alto grado suele ser lenta y puede desarrollarse a lo largo de años”, recuerda, lo que abre una ventana amplia para detectar y tratar lesiones antes de que evolucionen.
Otra idea extendida es creer que el preservativo protege al cien por cien. Cano matiza que “reduce de forma significativa el riesgo de transmisión del VPH, pero no lo elimina por completo”, porque puede contagiarse por contacto estrecho piel con piel en zonas no cubiertas. Aun así, subraya que usarlo “de manera consistente y correcta” se asocia a menor probabilidad de adquirir la infección y, además, sigue siendo una herramienta fundamental para prevenir otras infecciones de transmisión sexual.
Con la vacunación ocurre algo similar: se conoce su existencia, pero no siempre se entiende su alcance. La ginecóloga recalca que las vacunas “protegen frente a la infección, pero no son terapéuticas”, es decir, no tratan una infección ya adquirida. En el caso de la nonavalente, destaca que los tipos incluidos “son responsables de casi el 95% de todos los cánceres de cuello uterino a nivel mundial”, además de un porcentaje relevante de otros cánceres anogenitales y orofaríngeos, y de la mayoría de verrugas genitales. Sin embargo, insiste en que la vacuna no sustituye el cribado: “Incluso vacunadas, las mujeres deben seguir las recomendaciones de control establecidas según su edad”.
La especialista también pone el foco en las barreras que explican por qué, teniendo herramientas eficaces, el problema persiste. Entre los obstáculos para vacunarse y participar en programas de detección precoz menciona el desconocimiento, la desinformación y el miedo a efectos adversos, pero también el estigma por tratarse de una infección de transmisión sexual y la falsa sensación de invulnerabilidad. En cribado, añade factores como la falta de tiempo, la dificultad para conciliar, el pudor ante la exploración y la confusión sobre cuándo corresponde realizarse la prueba y con qué periodicidad. A su juicio, es clave una comunicación “clara y no culpabilizadora” que explique que detectar una lesión precursora es evitar un cáncer.
En consulta, otro mito frecuente es interpretar un diagnóstico como prueba de infidelidad. La doctora Cano recalca que el VPH puede permanecer asintomático y detectarse “meses o incluso años después del contacto”, por lo que “no permite establecer con precisión cuándo se adquirió ni debe interpretarse como un indicador de infidelidad”. En parejas estables, añade, es habitual que ambos hayan estado expuestos en algún momento, y el enfoque debe centrarse en la prevención y el seguimiento, no en buscar culpables.
Por eso, ante un resultado positivo, la recomendación es evitar el pánico y ceñirse al plan de control. “A quien recibe el diagnóstico le recomendaría tranquilidad, adherirse al plan de control, evitar el tabaco, mantener hábitos saludables, consultar la indicación de vacunación y evitar la autoinculpación”, resume Cano. El mensaje final, en el Día Internacional de Concienciación sobre el VPH, es que el miedo suele venir de la desinformación: entender qué es el virus, qué significa un positivo y por qué el cribado funciona cambia por completo la forma de afrontarlo.