
Por Medicina Responsable
23 de junio de 2026Las enfermedades alérgicas afectan aproximadamente al 30% de los niños y adolescentes y se han incrementado de forma progresiva en las últimas décadas, situándose entre los problemas crónicos de salud más frecuentes en la infancia.
Y es que, lejos de ser una “versión reducida” de las enfermedades alérgicas del adulto, la alergia pediátrica presenta características propias que requieren un conocimiento del desarrollo, la fisiología, la inmunología y la evolución clínica en cada etapa. “El niño no es un adulto pequeño. Las enfermedades alérgicas en la infancia tienen particularidades propias que exigen una formación específica en pediatría y en alergia pediátrica”, señala el presidente de la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP), Javier Torres Borrego, en el marco de la Semana Mundial de la Alergia.
En este contexto, el papel del pediatra alergólogo resulta clave. Su doble formación en pediatría y alergología pediátrica permite un abordaje integral que contempla las distintas etapas del desarrollo y el manejo concreto en cada una de ellas. “No se trata solo de tratar síntomas, sino de valorar el crecimiento, la nutrición, las comorbilidades y el entorno familiar y educativo del niño, con una visión continua desde edades tempranas”, explica la secretaria de la SEICAP, Candelaria Muñoz Román.
La alergia no se manifiesta de la misma forma a lo largo de la vida. En los primeros años, predominan la dermatitis atópica y las alergias alimentarias, mientras que, a partir de la etapa preescolar, adquieren mayor peso las alergias respiratorias, como el asma y la rinitis. Además, algunos niños pueden superar determinadas alergias con el tiempo, especialmente las alimentarias, lo que hace necesario un seguimiento individualizado y una atención adaptada a las necesidades de cada paciente. “La alergia pediátrica es una enfermedad evolutiva que requiere una valoración continua y ajustada al desarrollo del niño”, destaca Moure González, tesorero de la SEICAP.
La identificación precoz de los síntomas resulta fundamental para orientar el diagnóstico y valorar cuándo es necesario un seguimiento especializado. En los lactantes, las alergias alimentarias suelen manifestarse principalmente con síntomas cutáneos, como urticaria o hinchazón de labios o párpados, aunque también pueden aparecer síntomas digestivos y, en los casos más graves, anafilaxia. En la etapa preescolar, las sibilancias o “pitos” y la tos persistente suelen aparecer en el contexto de infecciones víricas. En muchos casos, estos episodios desaparecen antes de los 4-6 años; en otros, pueden ser el inicio de una alergia respiratoria frente a alérgenos inhalados, como pólenes, ácaros, epitelio de mascotas u hongos. En los escolares, son más habituales los estornudos, el picor nasal u ocular, la congestión nasal mantenida y los síntomas respiratorios asociados al ejercicio.
“Reconocer estos signos de forma temprana permite no solo diagnosticar antes, sino evitar complicaciones, optimizar el tratamiento y mejorar el control de la enfermedad”, insiste Moure. El diagnóstico precoz contribuye además a reducir el riesgo de reacciones graves, disminuir la necesidad de atención urgente e iniciar tratamientos específicos de forma más temprana, mejorando la calidad de vida del niño y su familia.
Precisamente por esta complejidad, los especialistas insisten en la importancia de una atención específica y cualificada. “Los pediatras alergólogos contamos con una formación transversal como pediatras y una formación específica en alergología infantil. Esta doble capacitación nos permite ofrecer una atención adaptada a las necesidades de cada paciente, desde el recién nacido hasta el adolescente”, subraya Torres Borrego. En este sentido, SEICAP reclama el reconocimiento oficial de las subespecialidades pediátricas como Áreas de Capacitación Específica.
La alergia pediátrica no afecta únicamente a la salud física, sino que tiene un impacto significativo en la vida diaria de los niños y adolescentes, así como de su entorno. “Debe abordarse desde una perspectiva global que incluya no sólo la dimensión médica, sino también la psicológica, social y educativa, teniendo un papel fundamental la perspectiva del propio paciente y de su familia”, subraya Candelaria Muñoz Román.
Muchas familias viven con preocupación constante por el riesgo de reacciones, especialmente en el caso de alergias alimentarias graves. En el entorno escolar y en otros espacios de ocio infantil y juvenil, como escuelas de verano, campamentos, comedores, excursiones o actividades extraescolares, pueden surgir situaciones que requieren preparación y coordinación. Por ello, resulta imprescindible la colaboración entre familias, centros educativos, monitores y profesionales sanitarios para garantizar la seguridad y la inclusión de los menores con alergias. En este sentido, la SEICAP promueve la formación de profesionales que trabajan con menores a través de iniciativas como su curso online para monitores, orientado al reconocimiento y manejo de reacciones alérgicas.
Esta coordinación es especialmente importante en la adolescencia, una etapa de mayor vulnerabilidad. Los jóvenes ganan autonomía, pasan más tiempo fuera de casa y toman más decisiones por sí mismos, lo que puede incrementar la exposición a posibles alérgenos. Sin embargo, en paralelo, tiende a disminuir la percepción del riesgo. “Es fundamental reforzar la educación sanitaria, ya que en esta etapa aumenta la exposición mientras disminuye la percepción del peligro”, advierte Moure González.
Esta combinación de mayor exposición y menor percepción del riesgo puede tener consecuencias relevantes, ya que las enfermedades alérgicas pueden desencadenar cuadros graves, como la anafilaxia, una emergencia médica potencialmente mortal. Asimismo, un mal control del asma puede limitar la actividad diaria del niño y del adolescente y aumentar el riesgo de crisis asmáticas, también potencialmente graves.
Este escenario se produce además en un contexto de aumento progresivo de las enfermedades alérgicas en las últimas décadas. Factores como la contaminación ambiental, los cambios en el estilo de vida y alimentación, y la transformación de los entornos están contribuyendo a este incremento. La evidencia científica indica que la contaminación favorece la inflamación de la vía respiratoria y facilita la sensibilización alérgica. “La exposición a contaminantes ambientales no solo favorece la inflamación de la mucosa respiratoria, sino que también altera la función de barrera del epitelio, facilita la entrada de alérgenos inhalados y puede incluso modificar los pólenes, aumentando su capacidad para inducir una respuesta inmunológica”, explica Muñoz.
Además, el cambio climático está modificando la exposición a los aeroalérgenos: el aumento de las temperaturas y del CO₂ incrementa la producción de polen, adelanta y prolonga los periodos de polinización y eleva las concentraciones ambientales. Como consecuencia, los niños y adolescentes con alergia permanecen expuestos durante más tiempo y con mayor intensidad, lo que puede agravar los síntomas y su impacto en la calidad de vida.
Frente a este escenario, la alergología pediátrica está experimentando importantes avances que están transformando el manejo de estas enfermedades. “Estamos viviendo una auténtica revolución, con nuevos paradigmas sobre la fisiopatología de las enfermedades alérgicas en la infancia, a lo que se suma la disponibilidad de herramientas diagnósticas y terapéuticas cada vez más precisas y personalizadas”, destaca Javier Torres Borrego.
Entre los progresos más relevantes, se encuentran el diagnóstico molecular, que permite definir con mayor precisión el perfil de sensibilización de cada paciente, el desarrollo de nuevos biomarcadores, que mejoran la estratificación del riesgo, y la disponibilidad de inmunoterapias cada vez más individualizadas. A ello, se suman las terapias biológicas para casos graves de asma o dermatitis atópica, y los avances en inmunoterapia oral en determinadas alergias alimentarias. Asimismo, nuevas estrategias y dispositivos han mejorado el manejo de la anafilaxia, aumentando la seguridad de los pacientes y sus familias.
En conjunto, estos avances están permitiendo tratamientos más eficaces y adaptados a cada paciente, reforzando el papel del pediatra alergólogo como figura clave en la atención especializada. Sin embargo, desde SEICAP insisten en la necesidad de seguir avanzando tanto en el ámbito asistencial como en el social. “Es fundamental mejorar la educación en alergias y anafilaxia en colegios y entornos deportivos, así como garantizar el acceso equitativo a especialistas en alergia pediátrica”, señala Muñoz Román.