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Tumores cerebrales, una guía básica para entenderlos sin alarmismo

Para distinguirlos se analiza dónde están, de qué tejido proceden y qué grado de malignidad presentan, porque de esa clasificación depende el pronóstico y el tratamiento

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Tumores cerebrales, una guía básica para entenderlos sin alarmismo

Por Santiago Melo

8 de abril de 2026

Un tumor cerebral es un crecimiento de células anormales en el cerebro o a su alrededor que puede dañar el tejido de forma directa, al invadir o destruir células sanas, o de forma indirecta, al provocar inflamación, edema y aumento de la presión dentro del cráneo.

El cerebro está contenido en una estructura rígida y esa presión puede traducirse en síntomas rápidos, que varían según el área afectada; desde crisis epilépticas, cefalea o vómitos, hasta cambios cognitivos (lentitud de pensamiento, falta de concentración, cambios de carácter) o alteraciones del lenguaje y del movimiento.

No todos los tumores cerebrales son cáncer. Pueden ser benignos o malignos, y se diferencian por su origen: los tumores primarios nacen en el sistema nervioso, mientras que los metastásicos aparecen cuando células cancerosas de otra parte del cuerpo viajan al cerebro. Además, en los malignos se evalúa el grado de agresividad mediante el análisis microscópico y, cada vez más, con características moleculares que ayudan a predecir el comportamiento del tumor.

En el día a día, dos nombres aparecen con frecuencia. Los gliomas suelen crecer dentro del tejido cerebral y, a veces, la frontera entre lesión y tejido sano es sutil. Los meningiomas, aunque generalmente benignos, pueden alcanzar un gran tamaño y comprimir estructuras delicadas. En ambos casos, la dificultad no es solo “quitar” la lesión, sino hacerlo cerca de áreas responsables de funciones esenciales como el lenguaje, la memoria o el movimiento.

Ahí es donde entra el abordaje terapéutico, que suele combinar varias herramientas según el tipo de tumor, su localización y el estado del paciente. La cirugía es una pieza central en muchos casos y el reto principal es controlar la enfermedad con el menor impacto posible sobre la función neurológica.

En ese punto, la microcirugía se ha consolidado como una de las claves para aumentar seguridad y resultados. El doctor Francisco Villarejo, jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Universitario La Luz, lo resume. “En el abordaje de los tumores cerebrales, preservar la función neurológica es tan importante como extirpar la lesión”. Y explica que “la microcirugía nos permite trabajar con un nivel de detalle imprescindible para lograr ese equilibrio”.


Doctor Francisco Villarejo, jefe del Servicio de Neurocirugía del Hospital Universitario La Luz

El especialista insiste en que microcirugía no significa “instrumentos pequeños”, sino “ver mejor”. El uso del microscopio quirúrgico aporta magnificación, iluminación intensa y visión tridimensional para identificar con precisión planos anatómicos y diferenciar estructuras críticas, algo especialmente relevante en gliomas infiltrativos o en meningiomas que comprimen zonas funcionales. Esa capacidad puede facilitar resecciones más completas cuando están indicadas y, a la vez, reducir el daño sobre tejido sano adyacente, con menor tasa de complicaciones y mejores resultados funcionales.

Otra ventaja del enfoque microquirúrgico es que permite, en muchos casos, planificar abordajes más limitados. La localización exacta mediante resonancia magnética y otras técnicas de imagen ayuda a ajustar la craneotomía y a reducir el trauma quirúrgico. “El objetivo es realizar la intervención de la forma más eficiente posible, reduciendo al máximo el trauma quirúrgico sin comprometer la seguridad ni la eficacia de la resección”, señala Villarejo. En la práctica, esto puede traducirse en menos dolor postoperatorio, menor tiempo de hospitalización y una recuperación neurológica más favorable, sobre todo en tumores situados en áreas elocuentes.

Entender los tumores cerebrales sin alarmismo pasa por asumir que no hay un único escenario. El pronóstico y el tratamiento dependen del tipo de lesión, su grado y su ubicación, pero también de cuánto se pueda controlar preservando al máximo la función.



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