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Día Mundial contra el Cáncer

Las huellas que deja el cáncer: la historia que empieza cuando todo acaba

El testimonio de Mar tras superar tres diagnósticos en 18 meses y descubrir que el “después” también deja marcas

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Las huellas que deja el cáncer: la historia que empieza cuando todo acaba

Por Nuria Cordón

4 de febrero de 2026

“Cuando me dijeron que ya estaba curada, no sentí alivio. Sentí miedo. Miedo a que volviera y nadie se diera cuenta”. Así recuerda Mar, superviviente de cáncer, esa conversación con su oncólogo que, lejos de cerrar definitivamente su historia con la enfermedad, marcó el comienzo de una nueva etapa marcada por el miedo, la incertidumbre y la sensación de que, aunque el cuerpo había resistido, nada volvería a ser exactamente igual.

El cáncer suele contarse como una historia con principio y final: diagnóstico, tratamiento y, en muchos caos, curación. Y es que, según el informe “Las cifras del cáncer en España 2026”, que cada año elabora la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), aunque se prevé que este año en nuestro país se diagnostiquen 301.884 nuevos casos de cáncer, un 2% más que en 2025, la ciencia y la investigación biomédica invitan a tener confianza en el futuro, y la supervivencia aumenta año tras año.

Pero esa narración omite casi siempre el capítulo más largo, el de las marcas invisibles que no aparecen en las pruebas, pero que acompañan al paciente mucho después de que la palabra “curado” haya sido pronunciada. Son las huellas del cáncer, huellas psicológicas, sociales y laborales, que afectan a cómo el paciente se mira, a cómo se relaciona y a cómo es percibido por los demás.

Tres diagnósticos en 18 meses

El cáncer nunca irrumpe de forma amable en la vida de nadie. Pero en la de Mar, valenciana de 53 años, lo hizo, además, de manera repetida y casi sin respiro: en un intervalo de apenas dieciocho meses fue diagnosticada de dos cánceres distintos y una amenaza de un tercero, lo que puso a prueba no solo su cuerpo, sino también su resistencia emocional.

El primer diagnóstico llegó en 2010. Mar tenía 37 años y llevaba meses arrastrando dolores intensos que nadie sabía explicar. “Me decían que eran gases”, recuerda. Pasó por urgencias una y otra vez hasta que el dolor se volvió insoportable: no podía comer ni moverse. La metieron directamente en quirófano y allí fue cuando los médicos vieron la dimensión del problema: cáncer de colon.

Todo ocurrió muy deprisa, sin tiempo para procesar el miedo. “Estaba en shock”, recuerda. Además, todos insistían en lo mismo: era demasiado joven para ese tipo de tumor por lo que confiaban en que todo iba a salir bien. Y Mar se aferró a esa idea.

La cirugía salió adelante y comenzó la quimioterapia. Fue duro, “pero no tanto como esperaba. No vomitaba, caminaba cada día e intentaba mantenerme fuerte”. Cuando ya casi veía el final (le quedaba un solo ciclo de quimioterapia) llegó el segundo golpe. En un control rutinario, en mayo de 2011, le detectaron un cáncer de mama. “Ese fue el más duro”, dice sin dudar. No lo esperaba y no tenía relación alguna con el primero. “Ya no tenía fuerzas, ni físicas ni psicológicas. Era como estar a tres kilómetros de la meta de una maratón y que te dijeran que tenías que volver a la salida”.

Esta vez no podían darle más quimioterapia así que tuvo que someterse a otra cirugía y a radioterapia, un tratamiento desconocido para ella, que le generaba aún más incertidumbre. Pero lo peor no fue el tratamiento, sino la pregunta que empezó a obsesionarla: “¿Qué le está pasando a mi cuerpo?”. Si ya había tenido un cáncer “raro” para su edad y ahora aparecía otro distinto, ¿cuántos más podían llegar? “Nadie entendía por qué me estaban saliendo. Y yo tampoco”.

El tercer susto llegó pocos meses después, a finales de 2011: nódulos en la tiroides que había que extirpar. Y, sin embargo, esta vez no hubo derrumbe. “Me dio bastante igual”, reconoce. Estaba agotada y emocionalmente saturada. Los médicos le explicaron que era una situación con buen pronóstico, que bastaba con una intervención quirúrgica y medicación. “Yo solo pensaba: por favor, que no me digan nada más”.

La huella psicológica: cuando el miedo no se va

El alta médica no es el final para muchos pacientes de cáncer, y tampoco lo fue para Mar. Durante meses, incluso años, el cuerpo se convierte en una fuente constante de sospecha. Un dolor, un bulto, una mala digestión dejan de ser molestias cotidianas para convertirse en posibles amenazas. “Te sale un grano y no piensas que es un grano. Piensas que es algo enquistado, que es un tumor”, cuenta. “Te duele el estómago y no piensas que has comido mal. Piensas que vuelve”.

Ese estado de alerta permanente tiene un nombre: hipervigilancia. Y es una de las huellas psicológicas más frecuentes tras el cáncer. “Yo me volví hipocondríaca durante un tiempo”, reconoce.

Pero, curiosamente, el momento más difícil llega cuando las revisiones se espacian y, finalmente, desaparecen. “Mientras te están mirando, te tranquilizas, porque estás controlada. El problema es cuando un día te dan el alta y te dicen que no te van a hacer más pruebas”, explica. “Ahí sientes abandono y piensas: ‘¿Y si vuelve y nadie lo ve?’”.

A ese miedo se suma otro sentimiento menos visible y más incómodo: la culpa. “Cada vez que oyes que alguien se ha muerto de cáncer, te sientes culpable; culpable por estar viva cuando otros no han podido”. Mar recuerda con especial dolor la muerte de un primo mientras ella estaba en tratamiento. “Yo pensaba: ¿por qué yo sí y él no? Es un sentimiento muy duro y del que casi no se habla”.

La ayuda psicológica fue clave para atravesar ese proceso. “Tenía ataques de pánico. Miedo al hospital, a las revisiones, a cualquier cita médica”, recuerda. “Me paralizaba, lloraba, no podía andar”. La terapia le permitió entender que sobrevivir no significa volver a ser quien eras. Significa aprender a convivir con una nueva versión de ti misma.

La huella social: cuando los demás no saben qué hacer 

El cáncer no solo cambia a quien lo padece. También pone a prueba a su entorno. “Hubo gente que desapareció”, cuenta Mar sin dramatismo. “No porque no me quisieran, sino porque no sabían cómo enfrentarse a una persona enferma. Pensaban que me iba a morir y no supieron gestionarlo”.

Pero también están los apoyos inesperados. O, en palabras de Mar, “las sorpresas buenas”. Amigas que se organizan en turnos para llamar cada día, para acompañar a consultas, para estar. “Ahí descubres quién está de verdad. No solo para irte de cañas, sino para cuando la vida se pone seria”.

Otra de las marcas invisibles que llega tras la enfermedad es la presión por estar bien. “Hay una especie de mensaje implícito de que, como estás viva, ya no tienes derecho a estar mal”, explica. “Te dicen ‘da gracias’, ‘lo importante es que estás aquí’… y tú piensas: sí, pero yo no me reconozco”. Las cicatrices, los cambios físicos, el cansancio, los problemas sexuales o de autoestima no siempre encuentran comprensión. “La gente te dice que estás estupenda. Pero tú no te ves así”, dice. “Y eso genera mucha soledad”.

Esa experiencia también transforma la forma de relacionarse. “Ahora soy mucho más directa”, afirma. “Digo lo que siento. Digo gracias, digo te quiero. Y a quien no quiero en mi vida, le digo adiós sin culpa”. No es solo una cuestión de carácter, es conciencia del tiempo. “Sabes que esto es frágil. Que estamos aquí para poco y no te apetece perder energía en lo que no importa”.

La huella laboral: trabajar con miedo

Volver al trabajo después del cáncer no siempre significa volver a la normalidad. En el caso de Mar, la enfermedad coincidió con una situación laboral compleja. Era autónoma y, de un día para otro, se quedó sin ingresos. “No es solo que te quedes sin trabajo. Es que te quedas sin nada mientras estás enferma”, explica. Y, cuando llega el momento de reincorporarse al mercado laboral, aparece otro tipo de miedo: el de no ser contratada, el de ser vista como una persona frágil, el de tener que ocultar lo vivido. “Yo no sabía si contar o no lo que me había pasado”, reconoce. “Tenía revisiones cada pocos meses y sabía que iba a tener que faltar. Pensaba: si lo cuento, no me van a coger”.

Ese temor es común entre muchas personas que han pasado por un cáncer. “Siempre piensas que te van a ver menos válida, más débil, como alguien que va a volver a enfermar”, dice. En su experiencia, esos miedos no se materializaron, pero la sensación de vulnerabilidad persistió. “Tú misma a veces te preguntas si rendirás igual, si podrás con la presión”.

Lo que queda del cáncer

Mar no se define como una superviviente épica. Tampoco como una víctima. Se define como alguien afortunada. “Y esa conciencia no la tenía antes”.

No es que Mar valore ahora cosas que antes no. Valora lo mismo, pero ahora lo celebra. “Abrir los ojos por la mañana y sentir el sol, simplemente estar viva, tener un día por delante: antes podía pasar desapercibido, ahora es un motivo para agradecer. Estoy aquí, ¿sabes?”, dice, y en esas palabras se condensa todo lo que ha aprendido.

Las huellas del cáncer no siempre incapacitan. A veces transforman, redefinen prioridades, enseñan a decir gracias, a decir basta, a decir adiós. Pero siguen ahí, invisibles y persistentes. Y el problema no es que existan, es que casi nadie habla de ellas. Mientras no se nombren, seguiremos creyendo que el cáncer termina cuando acaba el tratamiento. Pero, para muchos, en realidad, es justo cuando comienza otra historia.



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