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Cuando la eutanasia crea vida gracias a la donación de órganos: “¿Estarán sus córneas en una mirada especial?”

Tras dos intentos de suicidio, Ana esperó a que aprobasen la Ley de Eutanasia para poder donar sus órganos “y que su muerte sirviera de algo”. Meses después, el paciente anónimo que recibió su corazón se lo agradeció a sus padres a través de una carta

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Cuando la eutanasia crea vida gracias a la donación de órganos: “¿Estarán sus córneas en una mirada especial?”

Por Clara Arrabal

8 de abril de 2026

No puede evitarlo. Puri, cada vez que sale a pasear, mira atentamente a los ojos de todo aquel con el que se cruza. “¿Y si las córneas de Ana estuvieran en alguna mirada especial?”, piensa. Esa es, supone, una pequeña parte del precio que tienes que asumir cuando tu hija, tras una grave enfermedad, decide pedir la eutanasia y donar todos sus órganos. “Porque no hacerlo le parecía egoísta, injusto. Inmoral. Sí. Ella siempre decía que sería inmoral”, recuerda Puri, con una sonrisa en su rostro.

A Salvador, su padre, uno de los recuerdos que más le pesa es el pitido de aquella máquina que anunció su último latido. “El corazón se fue debilitando hasta que empezó a ir muy despacito, muy despacito, muy despacito...”, relata Puri. “Piiiii”, pronuncia, intentando imitar ese maldito sonido que tanto dolor dejó en Salvador. “Se despertaba por las noches porque tenía pesadillas con él. Pero yo le decía que no había sido el último, que pronto el corazón de Ana volvería a latir en otro quirófano o en otra ciudad”, explica a Medicina Responsable.

Y así fue. Como Ana siempre quiso: que su innegociable muerte dejara un reguero de vida tras de sí. Y ya de paso unos padres orgullosos. Y unos amigos que también se animaron a ser donantes. Y una persona anónima que volvió a nacer. Y que hizo llegar a Puri y a Salvador su agradecimiento a través de una carta. “Meses después de recibir la eutanasia, nos dijeron que quien tenía su corazón nos había mandado un mensaje, y eso fue muy reconfortante. Lo más consolador cuando pierdes a una hija”, explica Puri.

Pero, desde que la enfermedad comenzó a agravarse hasta que sus padres recibieron esa carta tan sanadora, el camino fue muy largo: un diagnóstico cada vez menos esperanzador de aracnoiditis provocada por la multitud de operaciones en su médula debido a su de espina bífida, dos intentos de suicidio por los dolores neuropáticos insoportables, la aprobación en el Congreso de los Diputados de la Ley de la Eutanasia (que apareció en la vida de Ana como su gran salvación), un médico objetor que se negó a dirigir el proceso, un viaje de despedida a Lisboa con toda la familia... y la convicción de que sus órganos devolvieran la alegría de vivir a otras personas.

La inquietud de Ana por ser donante

Cuando Ana cumplió 18 años, lo primero que hizo fue sacarse el carné de donante de sangre. Y lo segundo, el de órganos, que en aquel momento era parcial. Puri imagina que es porque en su casa siempre habían donado y “el tema se trató de forma muy natural”.

Tiempo después, cuando Ana empezó a estar mal (“peor”, quiere decir Puri), hizo el testamento vital y dejó en él reflejado que quería ser donante. “Ella lo tenía claro desde muy, muy pequeñita”, afirma, pues el diagnóstico de espina bífida que sufría Ana se da cuando la columna vertebral y la médula espinal no se forman bien en el embarazo, así que había convivido con la enfermedad desde niña.

Fotografía de Ana.

Sin embargo, eso no hizo que se acostumbrara a los insoportables dolores neuropáticos, que poco a poco fueron en aumento: aparecieron los problemas de movilidad con las manos, las dificultades para respirar, el aislamiento... "Ana tuvo dos intentos de suicidio antes de que la ley entrara en vigor. El segundo de ellos, justo antes de que se publicara esta norma", afirma su madre.

La Ley de Eutanasia

Esa ley a la que se refiere Puri es la de Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia (LORE), vigente desde junio de 2021, y para Ana fue su salvación pues le permitió, no solo morir dignamente, sino hacer llegar a otras personas una parte de la vida que dejaba. “Le dijimos que no queríamos que muriera sola como un perro, y ella tampoco pretendía involucrarnos y que tuviéramos un problema legal. Sabíamos que la ley estaba a punto de tramitarse en el Congreso de los Diputados, así que le pedimos que esperara. ¡Lo veíamos en los medios de comunicación!”, explica Puri, recordando cómo la apoyaron, “aunque doliera mucho que ella quisiera no sufrir más porque eso implicaba perderla".

El proceso no fue fácil: el neurólogo que la trató de niña, y quién Ana quería que fuese su responsable, era objetor, por lo que se negó a “tutorizar” su eutanasia. “Nos dijo que, como la conocía desde pequeña, le diéramos unos días para pensarlo. Fue una decisión complicada y finalmente se negó, por lo que Ana se lo pidió oficialmente a la dirección médica del Gregorio Marañón”, relata Puri. En tan solo unos días respondieron a su solicitud. Entonces, comenzó el proceso con unas entrevistas “larguísima”, de unas tres horas, según recuerda su madre. 

“Ana tenía pesadillas porque pensaba que no se la iban a dar por su corta edad, porque era uno de los primeros casos de una persona joven", recuerda. Pero su situación era tan crítica, que la valoración de la prestación de ayuda a morir fue positiva. Entonces los temores de Ana se transformaron: “¿Y si no puedo donar mis órganos porque están muy dañados de tanto medicamento?”, le decía a sus padres. Pero ni los potentes fármacos para calmar sus dolores pudieron frenar el deseo de ayudar a otras personas por lo que, tras pedir una prórroga en Navidad para despedirse definitivamente de los suyos, Ana recibió la eutanasia y pudo donar todos y cada uno de sus órganos. Como ella había querido.

Una carta “que llegó como un ángel”

“Ella decía que, como no podía tener una vida sin dolor, le parecía un desperdicio absoluto quedarse al morir con los órganos que otra persona podría utilizar, de un egoísmo muy grande”, se consuela Puri, aunque reconociendo que “perder a un hijo es lo peor que uno puede pasar en la vida”. Por ello, la carta de agradecimiento que envió el paciente anónimo que recibió el corazón de Ana fue para ella “como un ángel caído del cielo”.

“Nos la hicieron llegar desde el hospital unos meses después de la muerte de nuestra hija y, para nosotros, fue como constatar que todo el dolor que estábamos padeciendo se convertía en alegría en otras familias. Había alguien que seguía en pie gracias a Ana. Y eso es muy consolador”, explica Puri, no sin recordar al equipo humano sobradamente preparado, no solo desde el punto de vista técnico, sino también desde el humano, que la acompañó durante sus últimos minutos. “Todavía recuerdo cómo nos miraban, y cómo cogían su mano... fue sencillamente extraordinario”, dice desde el más puro y sincero agradecimiento.

Así, los deseos de Ana cobraron vida y aquel pitido que Salvador no podía sacarse de la cabeza, el del último latido de su hija, pasó a ser el primero en el corazón de ese paciente anónimo. “Esta persona no sabe que Ana solicitó la eutanasia, ni que fue un proceso tan duro, ni que era muy joven... Y aun así, nos ha devuelto el amor con el que ella le dio lo único que le quedaba”, finaliza Puri. 



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