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Las tragedias de Urda y Adamuz crean una nueva generación de donantes de sangre: "Primero lo hacen para ayudar y luego continúan"

El doctor Villalba Montoro, director del Centro de Transfusión de Córdoba que experimentó la doble avalancha solidaria, explica a Medicina Responsable qué huella han dejado los accidentes en las personas que donaron para salvar vidas a los viajeros

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Las tragedias de Urda y Adamuz crean una nueva generación de donantes de sangre: "Primero lo hacen para ayudar y luego continúan"
Fotografía de archivo durante la extracción de sangre para una donación. Fuente: Centro de Transfusión, Tejidos y Células de Córdoba.

Por Clara Arrabal

3 de noviembre de 2026

El doctor Rafael Villalba Montoro llegó al Centro de Transfusión, Tejidos y Células de Córdoba en sus inicios, allá por 1991, desempeñando las labores propias de un hematólogo. Desde entonces, y durante estos 35 años de servicio, ha vivido todo tipo de situaciones que le han conferido la profesionalidad y los conocimientos suficientes para alzarse con el cargo de director de la entidad. Sin embargo, hasta el accidente ferroviario de Adamuz no había experimentado una avalancha de solidaridad de tal envergadura. A excepción de los atentados de Atocha del 11 de marzo de 2004 que quitaron la vida a 193 personas.

"Recuerdo que aquella tarde de domingo en la que dos trenes chocaron en Adamuz me vine corriendo al centro de trasfusión y no salí de allí durante los próximos dos días", explica, sin hacer mucho esfuerzo por indagar en su memoria, pues sigue teniendo aquella vivencia muy presente. "Pero como yo, todos los trabajadores. Su respuesta fue magnífica", se quita mérito, otorgándoselo al resto de los profesionales. "Ellos comenzaron a llegar, sin que nadie les llamase, a prestar el servicio por su propia voluntad", explica a Medicina Responsable.

Nueve meses después el accidente de Urda rompió la calma habitual de sus instalaciones y la reacción fue similar. "Tanto, que lo vivimos como un déjà vu", dice el doctor Villalba Montoro. Así, el Centro de Transfusión, Tejidos y Células de Córdoba ha sido escenario de las dos oleadas de generosidad provocadas por ambos choques de trenes: la de Adamuz, por situarse a escasos 40 kilómetros del lugar del siniestro; y la de Urda, ya que volvió a ocurrir en la línea de Madrid-Andalucía. En definitiva, doble tragedia, doble oportunidad de salvar vidas y muchas lecciones aprendidas.

De biblioteca a sala de donación

El centro de transfusión de Córdoba, que cuenta con una plantilla de 60 trabajadores entre médicos, enfermeros, celadores, técnicos de laboratorio y otros tantos perfiles, tuvo que adaptar sus recursos a las emergencias ferroviarias, reforzando equipos y ampliando su capacidad de actuación. En ambos accidentes trabajó prácticamente igual.

"Reconvertimos salas de biblioteca en zonas de donación, ampliamos a casi más del doble la capacidad, reorganizamos los turnos de trabajo para que el personal pudiese atender a quienes se acercaban al centro de manera ininterrumpida durante la mañana y la tarde...", explica. "Porque no dejamos de trabajar desde las 9.30 de la mañana hasta las 21.30 de la noche. E incluso a última hora seguía habiendo gente", aclara.

También se reorganizó el transporte y la logística, ya que la sangre es extraída en Córdoba, pero analizada y fraccionada en diferentes componentes en el Centro de Transfusión Sanguínea de Sevilla, que también tuvo que reforzar sus efectivos. "Hubo que organizar el transporte y reforzarlo porque se duplicaron y triplicaron las colectas de un solo día", afirma, haciendo hincapié en que hubo unos 1.500 donantes más en el caso del accidente de Adamuz.

Sin embargo, a pesar de esa demanda, la atención se mantuvo con los mismos elementos de seguridad que en un día normal. "El donante debía de pasar por una zona de recepción para que fuera identificado, también se sometía a un reconocimiento médico en el que se analizaba su tensión, pulso... No se flexibilizaron las condiciones de seguridad por el hecho de tener que atender a más personas. Además, todo el proceso de extracción fue supervisado por una enfermera", explica.

Una nueva generación

En un contexto de catástrofe como este, no solo destacó la profesionalidad y buen hacer de los especialistas de la donación de sangre, sino también la respuesta de la población, que acudió en masa a los centros de transfusión para contribuir a salvar vidas. "Miles de personas intentaron poner una gotita de sangre para paliar el dolor enorme de los afectados. Sentí mucha generosidad. En todo y por todo. No les importaba estar esperando una o dos horas pacientemente para donar su sangre, que es un acto por el que no van a recibir ninguna gratificación económica", expresa, con el corazón en un puño, el doctor Villalba Montoro.

Sin embargo, si tuviera que destacar un aspecto positivo de esa respuesta tan multitudinaria es que, en muchos casos la donación de sangre no se ha quedado una acción puntual ante una emergencia, sino que se ha transformado en una rutina para algunas personas que, hasta el accidente de Adamuz, nunca se habían realizado una transfusión.

"Desde el choque de trenes de enero hemos visto que algunas personas que donaron por primera vez para ayudar en la catástrofe se han convertido en donantes habituales y han seguido acudiendo al centro cada dos meses, cuando ya no había accidentes. Y es una muy buena noticia porque son sobre todo jóvenes y nos preocupaba el relevo generacional, ya que la gente mayor va dejando de donar. Por eso, cuando se acercan chavales de menor edad, intentamos fidelizarlos paraque quieran incorporarse", explica.

Así, ante la desolación de un suceso de estas características, la entereza y solidaridad de la población ha conseguido diluir los límites "entre donar sangre y hacerse donante" y ha creado una nueva  generación de los segundos. Porque, como señala el doctor Villalba Montoro, "en nuestros hospitales hay enfermos que se encuentran como si todos los días estuviese ocurriendo una catástrofe como la de Urda o la de Adamuz, y la sangre se necesita los 365 días al año".



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