
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
1 de abril de 2026Cada año, cuando los nazarenos llenan las calles de Sevilla, Málaga o Valladolid y los pasos avanzan entre velas y saetas, millones de personas contemplan el espectáculo con la emoción en la garganta. Lo que nadie ve, porque está diseñado precisamente para no verse, es lo que ocurre debajo. A ras de suelo. En ese espacio oscuro, caliente y sin aire donde cuarenta o cincuenta personas cargan con varios miles de kilos sobre sus cuerpos doblados, guiados únicamente por los golpes del capataz y una fe que, en ese momento, tiene que ser necesariamente ciega.
Para entender lo que le ocurre al cuerpo de un costalero hay que entender primero la posición en la que trabaja. El espacio bajo el paso, entre la plataforma y el suelo, tiene una altura de entre cuarenta y sesenta centímetros según el paso. El costalero se introduce en ese espacio semiflexionado, con la columna en una postura que los biomecánicos describen, con considerable diplomacia, como subóptima. La trabajadera, la viga de madera horizontal que sostiene el peso, descansa directamente sobre la séptima vértebra cervical, esa prominencia ósea que puede palparse en la base del cuello cuando inclinamos la cabeza.
Esa zona no está diseñada para soportar cargas. La columna cervical existe para proteger la médula espinal, para permitir la movilidad de la cabeza y para sostener los aproximadamente cinco kilos que pesa el cráneo. No para actuar como punto de apoyo de una estructura que puede llegar a pesar entre doscientos y cuatrocientos kilos por costalero, dependiendo del paso y del número de portadores.
La consecuencia más inmediata y más visible es lo que en los servicios de urgencias de cualquier ciudad con tradición procesional conocen como la marca del costalero. Se trata de una contusión profunda, a veces acompañada de un hematoma extenso y con erosión severa de la piel, exactamente en el punto de contacto entre la viga y el cuello. Los costaleros veteranos han desarrollado en esa zona una callosidad permanente que sus traumatólogos identifican a primera vista. Es, literalmente, el sello físico de años de devoción.
Pero la zona cervical es solo el principio. La columna lumbar es el segundo gran protagonista de la patología del costalero y, probablemente, el más castigado a largo plazo. Cargar peso con la columna en flexión es exactamente la situación que todos los programas de prevención de riesgos laborales del mundo intentan evitar. Los manuales de ergonomía son unánimes: dobla las rodillas, mantén la espalda recta y nunca cargues con la zona lumbar en flexión.
El costalero hace todo lo contrario durante horas, y lo hace de forma repetitiva, rítmica y sostenida, siguiendo el compás de las palmas del capataz en un movimiento que puede prolongarse durante varios kilómetros a lo largo de una noche. Las hernias discales lumbares, las contracturas paravertebrales, la lumbalgia aguda post-procesión y las reagudizaciones de patología degenerativa previa son diagnósticos habituales en las consultas de traumatología durante la Semana de Pasión.
Las rodillas merecen un apartado propio. El costalero no camina erguido. Avanza en cuclillas parciales, con las rodillas permanentemente flexionadas, dando pasos cortos y acompasados sobre un suelo que puede ser adoquín irregular, cuesta pronunciada o curva cerrada. Ese patrón de movimiento, mantenido durante kilómetros con carga adicional, es la combinación perfecta para desarrollar condromalacia rotuliana, tendinitis del cuádriceps y síndrome de la banda iliotibial.
El ambiente de trabajo bajo el paso añade una capa adicional de riesgo, ya que la temperatura en ese espacio cerrado durante una levantá puede superar los treinta y tres grados centígrados. La ventilación es prácticamente inexistente y el dióxido de carbono aumenta a medida que pasan los minutos. Algunos estudios han medido la frecuencia cardíaca de costaleros durante una procesión y han encontrado valores sostenidos equivalentes a los de un ciclista profesional en una etapa de montaña. Con la diferencia de que el ciclista ve el paisaje, recibe el viento en la cara y sabe exactamente cuánto falta para la meta.
La deshidratación es una amenaza constante. Hay costaleros que pierden entre dos y cuatro kilos de peso en agua durante una sola estación. Los calambres musculares son tan frecuentes que las cuadrillas cuentan con personas de apoyo cuya función específica es atenderlos durante las esperas y los relevos. El golpe de calor, aunque menos frecuente gracias a los protocolos modernos, sigue siendo un riesgo real que los equipos médicos de las hermandades monitorizan con creciente rigor.
Por todo ello, no debe sorprendernos que las hermandades más concienzudas llevan años incorporando protocolos de preparación física, reconocimientos médicos previos, límites de carga por costalero e hidratación controlada. Muchos portadores entrenan durante meses con programas específicamente diseñados para las demandas biomecánicas del cargo.