
Por Virginia Delgado
12 de marzo de 2026Desde hace tres meses, la doctora Helena Sánchez está en estado de vigilancia continuo, piensa constantemente que alguien se va a abalanzar sobre ella y le hará algo. No tiene ningún trastorno. No le han diagnosticado enajenación mental. Lo que le sucede es que tiene miedo. Pavor a que le vuelva a suceder lo que le ocurrió el pasado 8 de diciembre, cuando un hombre casi la mata.
Aquel día había comenzado normal, tranquilo. Durante la mañana, Helena, que es médico de Urgencias en el hospital comarcal de Puertollano (Ciudad Real), atendió a los pacientes que llegaban sin incidencia alguna. Por la tarde, la cosa seguía igual. Únicamente, un hombre que consideró que tenía que ser valorado por un psiquiatra estaba un poco alterado, pero se calmó con un tranquilizante. O eso creyó la doctora. De repente, cuando ella estaba en el baño, él apareció de la nada, la pegó un puñetazo en la sien, le dio un tortazo, le propinó varias patadas en el abdomen y golpeó su cabeza contra el suelo hasta que le hizo una herida. Ella intentó protegerse poniéndose en posición fetal, pero no le sirvió de nada. Su paciente le agarró de la pierna y le arrastró por el pasillo hasta un cuarto de limpieza. Fue en ese momento cuando un hombre escuchó sus gritos de auxilio y empujó al agresor. “Apareció el ángel de mi vida”, dice la doctora Sánchez a Medicina Responsable.
La médico llegó a perder el conocimiento. A partir de ese momento solo recuerda que sus compañeros la tumbaron en una camilla y le hicieron un TAC. También, lo que le dijeron: su agresor había salido por una puerta de emergencia, se había sentado tranquilamente en un banco de la calle y había sido reducido por ocho policías que se las vieron y desearon para ponerle los grilletes.
Sin duda, esta mujer vivió el peor día de su vida. Un día en el que, como recuerda, “me abrieron la cabeza e hicieron tres fracturas”. Sin embargo, no son las secuelas físicas las que más lamenta porque, como nos cuenta, “esas se curan”. “Las psicológicas son las peores, esas son invisibles. Cierro los ojos y vuelvo a revivirlo todo, me acuerdo del suelo frío…”, añade. Desde aquel trágico 8 de diciembre, la médico acude a rehabilitación todos los días y está en tratamiento psicológico.
La doctora Sánchez vive en un estado de hipervigilancia continuo, con temor a que le hagan algo en cualquier momento. Y esto lo lleva mal, pero quizá lo que peor es la conclusión a la que ha llegado. “Yo confiaba en el ser humano y ahora me he dado cuenta de que el ser humano puede matar”, nos dice tajante.
No obstante, lo que más le duele de lo que le sucedió fue lo mal que lo pasó su familia y la decepción que siente. “Mi vocación ahora mismo está dañada. Sé que nunca la voy a perder, pero me va a costar retomar mi vida profesional. A mí me encanta mi profesión, ayudar a la gente. Yo hacía 24 horas y, si me tenía que quedar 28, me quedada. Los médicos pensamos que podemos con todo, pero no. No somos dioses, somos humanos”, subraya.
Actualmente, está de baja laboral y tiene claro que hasta que no esté al cien por cien no volverá al hospital. “Yo trabajo con personas y no voy a regresar a mi puesto si no estoy completamente curada. No voy a poner en peligro la vida de nadie. Mi trabajo es duro, son 24 horas”, nos explica. “Voy a ir, a exponerme. No voy a permitir que una persona que me ha agredido me quite mi puesto de trabajo, que es como mi casa. A mí nadie me va a quitar la ilusión”, dice rotunda.
Cuando le sucedió todo, la médico acudió al Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (PAIME) del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (ICOMEM) y denunció los hechos a la Policía Nacional. Una decisión que no dudó. “Lo tuve clarísimo. Ya no solo por mí, también por mis compañeros. La sociedad tiene que saberlo. Todo el que sufra una agresión, sea verbal o física, tiene que denunciar”, insiste.
La doctora está esperando a que le llamen del juzgado para declarar. No cree que sea pronto porque lo que le sucedió fue algo muy grave y no se pudo dictaminar en un juicio rápido. Mientras, alza la voz al Ministerio de Sanidad. “Pido más apoyo institucional. Necesitamos más seguridad, estaría bien que dispusiéramos de un botón del pánico. Por otro lado, es muy necesaria la educación sanitaria. Hay que enseñar desde el colegio, hacer campañas. Respetar al médico es la base”, concluye.