
Por Juan García
28 de mayo de 2026El pequeño Tiago y su madre Camilia se han convertido en protagonistas de una hazaña médica inédita en Europa, al haberse sometido a un procedimiento quirúrgico nunca antes realizado en el continente para corregir una grave anomalía fetal.
Un equipo de especialistas de los hospitales Sant Joan de Déu y Clínic de Barcelona han logrado intervenir con éxito al pequeño cuando aún se encontraba en el vientre de su madre, por haber desarrollado todo el intestino fuera de su cuerpo. La malformación presentaba una gravedad que comprometía seriamente el pronóstico para el recién nacido, por lo que el equipo de cirugía pediátrica y anestesiología tomó la determinación de realizar un procedimiento quirúrgico del que únicamente existían contados precedentes en Estados Unidos.
La gastrosquisis es una anomalía fetal poco frecuente que provoca la salida del intestino fuera del abdomen a través de un orificio junto al ombligo. Generalmente, esta patología se revierte con una cirugía tras el nacimiento que permite una recuperación favorable para el bebé, aunque en los casos graves, las consecuencias pueden ser terribles para la capacidad de alimentación del bebé.
El director del consorcio entre ambos hospitales, BCNatal, que ha promovido la intervención, Eduard Gratacós ha explicado que “este caso era tan grave que el bebé corría un riesgo muy elevado de perder gran parte del intestino si esperábamos al nacimiento. Tenía prácticamente todo el intestino fuera del abdomen y comprimido por un orificio de apenas un centímetro”.
La incidencia de la gastrosquisis se estima entre 3 y 4 casos cada 10.000 embarazos, aunque solo un 15% de estos son considerados graves. La detección en una ecografía rutinaria de la anomalía llevó al equipo a hacer un estrecho seguimiento para determinar la conveniencia de realizar el procedimiento.
La operación se practicó a las 28 semanas de gestación, permitiendo que el niño naciera seis semanas después sin problemas de alimentación. En el momento de la cirugía, el feto pesaba apenas 700 gramos y contaba con un intestino de 80 centímetros de longitud.
“El procedimiento consistió en devolver por vía endoscópica el contenido herniado -el intestino- al interior de la cavidad abdominal de forma progresiva asegurando que no compromete el flujo del cordón umbilical”, ha sintetizado el jefe de Cirugía del Hospital Sant Joan de Déu, Xavier Tarrado.
El reto de manejar unos tejidos que, en palabras de Gratacós, tienen el grosor de un “papel de fumar”. La situación abocaba a realizar un procedimiento de “extrema complejidad”, que los responsables del proceso sustentan en tres razones: la posición en la que requería situarse al feto, la necesidad de conseguir la relajación total del útero y el escaso margen de maniobra para evitar daños al feto y su madre.
Según ha explicado el cirujano especialista en Medicina Fetal del Clínic, Josep Maria Martínez, la intervención se realizó en dos tiempos. En primer lugar, se tuvo que inyectar toxina botulímica en la pared abdominal del feto para relajar la musculatura y evitar que la presión de los músculos dificultara la reintroducción del intestino.
Pasadas dos semanas de la administración de la toxina, se procedió a realizar la intervención quirúrgica. Para practicarla, se realizó una incisión tipo cesárea para intervenir por laparoscopia para introducir unos trócares de 3 milímetros con los que realizar el procedimiento. Más allá de lo delicado y reducido del espacio para practicar la intervención, la dificultad de la cirugía emana de la necesidad de “engañar a la naturaleza para que el feto no se entere de que le están operando”, en palabras del doctor Martínez. Para comenzar el procedimiento, el propio feto fue anestesiado y se le administró medicación para evitar trastornos hemodinámicos durante el proceso que pudieran comprometer el futuro de la gestación.
Para realizar el procedimiento, tenían que colocar al feto mirando hacia arriba, en lo que es una posición “antinatural”, con la barriga alineada con la de su madre. A esta casuística se suma la facilidad de causar daños, dada la facilidad de producir perforaciones en el intestino: “Desde el punto de vista quirúrgico, el problema inicial es la visualización y luego manipularlo sin dañarlo, es muy fácil perforarlo o que al meterlo dentro la presión sobre el cordón umbilical haga que no tenga flujo”, ha apuntado Tarrado. Además, una vez reintroducido, la sutura de cierre también podía comprimir de más el cordón.
El riesgo era tal que “cualquier maniobra errónea podía podrucir un paro cardiaco”, aunque aun garantizando la supervivencia del bebé, podía poner fin al embarzo. “El útero es una esponja de sangre, una de las complicaciones es que el útero tenga contracciones -lo natural al tocarlo- y provoque una hemorragia que desenganche la placenta y ponga fin al embarazo”, ha explicado Martínez.
En total, fueron dos horas y media de intervención, aunque, según han explicado los profesionales, el proceso había comenzado mucho antes. Para efectuar una intervención de estas características, el equipo llevaba un año contemplando la opción, aunque debían esperar a que apareciera un caso que lo requiriera. “Muy pocos centros en el mundo pueden realizar este tipo de cirugías, con esta nueva indicación van a disponer la madres de una nueva opción”, ha enfatizado Gratacós.
Según han detallado los doctores, tanto la madre como el pequeño Tiago han tenido una evolución muy favorable después del proceso. La propia madre, Camila, ha tenido ocasión de expresar su agradecimiento en la rueda de prensa en la que se ha notificado este hito. “Gracias a ustedes tengo a mi bebe aquí conmigo”, ha expresado, al tiempo que reconocía los nervios y las dudas en el momento de decidir someterse a la cirugía.