
Por Clara Arrabal
30 de enero de 2026Imagina que un nutricionista te confiesa que es más saludable un vaso de Coca-Cola que uno de leche para desayunar por las mañanas. ¿Te fiarías de él? ¿Seguirías su recomendación o consultarías a otro experto? Este es el debate que plantea uno de los sistemas de control de calidad nutricional más extendidos de la Unión Europea: el Nutriscore, que ahora está en el punto de mira de los profesionales por no ofrecer al consumidor una información fiel y veraz de las cualidades de los alimentos.
Es probable que no haya escuchado hablar de él antes. Sin embargo, si se fija en los estantes de los supermercados, su imagen está en prácticamente todos los productos comestibles comercializados en la Unión Europea. Se trata del símbolo horizontal dividido en cinco casillas y que contiene las letras A, B, C, D y E y una gama de colores que va del verde al rojo, como un semáforo. Su objetivo es clasificar a los alimentos según su composición para ayudar al consumidor a elegir la opción más saludable a la hora de llenar su cesta de la compra. O esa es la teoría.
“Tiene un planteamiento claramente erróneo. Si comparas diferentes artículos, te das cuenta de que penaliza a algunos alimentos más saludables y eleva a otros que lo son menos, como los ultraprocesados. ¿Por qué entonces un aceite de oliva virgen se califica con un color naranja y la letra D, pero unos cereales con chocolate son verdes y tienen una A? Muy sencillo, porque su algoritmo falla. Es demasiado simplista y las compañías de alimentación ya se lo han aprendido y son capaces de sortearlo para que sus artículos parezcan más saludables. ¡Cogen atajos, por así decir!”, explica a Medicina Responsable Luisa Andrea Solano Pérez, profesora de Nutrición en la Universidad Europea.
Según la definición que aporta esta experta, el Nutriscore es un sistema de etiquetado de alimentos donde, de acuerdo con la composición nutricional que tengan los productos en términos de energía y macronutrientes, se clasifica por las letras A, B, C, D y E, y a través de un sistema de colores que va de un verde, que se supone que tiene una composición mucho más saludable, a un naranja y rojo, que son los que tienen menor calidad nutricional. "Nació en Francia como una forma de simplificar la información nutricional del etiquetado, que va por gramaje y por ración. Por ejemplo: si 100 gramos de cacao son X energía, una cucharada de este alimento te aporta Y energía”, explica. "Y con ello se pretendió que el consumidor, cuando eligiera cada producto para incluirlo en su carro de la compra, supiera cuánto de saludable es", añade.
Sin embargo, a pesar de tener un planteamiento innovador, la práctica no salió como se esperaba. "El punto está en que la parte educativa de este sistema de algoritmo falló bastante porque sus autores trabajaron con grupos de alimentos. Esto quiere decir que, cuando se compara un aceite de oliva virgen extra con unos cereales del desayuno, aparece con mejor puntuación los cereales que el aceite, aunque eso no sea cierto. Eso es porque obedece a que esa comparación es entre todos los cereales del desayuno y entre todos los aceites de oliva. Es decir, que de los alimentos de su mismo grupo, estos son mejores o peores. Este hecho es un claro limitante porque no se puede comparar con otros alimentos", argumenta Luisa.
Además, otro de los problemas es que incorpora parámetros para medir la energía, las grasas, los azúcares y el contenido de sal, por lo que no considera todos los componentes de los alimentos. “Volviendo al ejemplo de antes, el aceite de oliva está clasificado con la letra C, cuando debería tener una A. ¿Por qué? Muy simple, porque Nutriscore no considera los compuestos bioactivos, los componentes fenólicos... Y como este, hay muchos otros alimentos cuyos contenidos en vitaminas o minerales también han sido descartados”. Por último, la experta señala que este sistema no permite una libre circulación de artículos alimentarios. "Sesga la exportación de los productos", aclara. “Italia, por ejemplo, se desmarcó de este algoritmo porque consideró que no era beneficioso, cosa que celebro por ese país. Entonces, si quiere vender sus productos a Francia, que ha instaurado de forma obligatoria el Nutriscore, deberían tenerlo también”.
Conscientes de algunas de las dificultades que presentaba este sistema, fueron muchas las voces críticas que abogaron por realizar cambios en él. Concretamente, el sector alimentario francés consiguió "retocar ligeramente el algoritmo de Nutriscore", aunque no con ello lo corregiera definitivamente. "Fue la propia Francia, la impulsora del sistema, quien en seguida se dio cuenta de que estas fallas penalizaba a uno de sus productos con mayor calidad: el queso. Resulta que quedó supeditado a la categoría D, por lo que agregaron al algoritmo el contenido de calcio. Entonces, la puntuación pasaba a la letra C, una posición más saludable”, explica, haciendo ver que este es un claro ejemplo de que su metodología es modificable en función de otras variables.
“Al principio decían que era infalible, pero realmente es todo lo contrario: se puede construir lo que se quiere medir. Es muy simplista y reduce cada ingrediente a cuánta energía, azúcar, sal y grasa tiene. No ve un alimento como una matriz”, argumenta. Además, hace hincapié en que no debería sesgarse ningún ingrediente por colores ni compararlo únicamente con un grupo de alimentos. "Por eso la Coca-Cola tiene una puntuación A, pero el aceite de oliva una D", concluye.
Ante tanta complicación, la cuestión del cambio de estrategia cada vez está más sobre la mesa, aunque para modificar los protocolos tienen que ser aprobados y supervisados por la Comisión Europea y a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). “La legislación debe salir del Parlamento Europeo y ser chequeado por la EFSA. Y no ha ocurrido, por lo que, mientras no tengamos un respaldo legal, esto pasa a ser una iniciativa o propuesta de clasificación de los alimentos, pero que ya se ha demostrado que es errónea”.
Entonces, ¿cómo ajustar el algoritmo a la realidad? Luisa lo tiene claro. "La mejor forma de corregirlo es eliminarlo", sostiene. Porque, según la experta, "los empresarios pueden saber qué ingredientes tienen que meter a la receta de sus productos para que la puntuación del Nutriscore sea una A. De hecho, es tan fácil como bajar el contenido en azúcar, en sal y en grasas". De esta manera, el criterio responde más a una formulación alimentaria industrial "que no tiene nada que ver con el contenido que puede tener una manzana o un tomate". En otras palabras: "Las grandes compañías, gracias a Nutriscore, han encontrado una ruta más corta para hacer creer al consumidor que sus productos son saludables".
Por todo ello, Luisa señala que este enfoque "contrasta con el paradigma actual de la ciencia de la nutrición, que reconoce la importancia del grado de procesamiento, la estructura del alimento, la biodisponibilidad de los nutrientes y la presencia de compuestos bioactivos en la relación entre dieta y salud". Y finaliza afirmado que resulta insuficiente para reflejar la complejidad de los alimentos, por lo que es necesario avanzar hacia modelos de etiquetado que integran una visión más holística y alineada con la evidencia científica disponible.