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Lo que cambia en tu cuerpo a partir de los 65 años

Lejos de ser un “apagón” repentino, esta etapa supone una transición en la que influyen factores como la genética, la alimentación, el ejercicio y el estrés acumulado. El estilo de vida previo puede marcar hasta un 70% de la diferencia en cómo se vive esta fase

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Lo que cambia en tu cuerpo a partir de los 65 años

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

17 de febrero de 2026

La tercera edad no es un abismo ni un castigo inevitable, es una etapa natural y plena de la existencia humana que, en términos médicos y sociales, comienza alrededor de los 65 años. Esta frontera no surge de la nada: coincide con la edad habitual de jubilación en países como España y marca el momento en que el cuerpo inicia un declive fisiológico más pronunciado, aunque predecible y, sobre todo, modulable con hábitos previos. 

Según la Organización Mundial de la Salud, es el umbral donde las enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes tipo 2 o la artrosis se multiplican, y la fragilidad física aumenta entre un 20% y un 30% por década. Pero no se trata de un cambio brusco, como si alguien pulsara un interruptor: hay personas que llegan a los 70 con una vitalidad envidiable, mientras que otras entran exhaustas ya a los 60, dependiendo en gran medida del estilo de vida acumulado a lo largo de los años.

Desde el punto de vista biológico, el envejecimiento se acelera con hitos como la menopausia en las mujeres -alrededor de los 51 años- y la andropausia en los hombres, un declive hormonal más gradual que empieza en los 50. Sin embargo, es en la tercera edad cuando los telómeros, esas estructuras protectoras en los extremos de los cromosomas que regulan la regeneración celular, se acortan de forma notable, reduciendo la capacidad de reparación del organismo en un 1% o 2% anual. 

Algunos estudios a largo plazo, como el célebre Framingham Heart Study, demuestran que a los 65 años el riesgo cardiovascular se duplica en comparación con la década anterior, la masa muscular (sarcopenia) disminuye entre un 3% y un 8% por década si no se contrarresta con ejercicio, y la presbicia se impone universalmente. 

En las mujeres postmenopáusicas la osteoporosis puede restar hasta un 20% de densidad ósea, mientras que en los hombres la testosterona cae un 1% al año, y en ambas partes los estrógenos se desploman, elevando vulnerabilidades cardiovasculares y cognitivas.

El cerebro también envía sus señales: el hipocampo, clave para la memoria episódica, se encoge entre un 1% y un 2% anual, y la velocidad de procesamiento mental desciende un 20% respecto a los 30 años. Sin embargo, no todo es pérdida: el cerebro conserva su plasticidad neurogénica hasta bien entrados los 90 si se estimula, generando nuevas neuronas en el hipocampo mediante lectura, aprendizaje o relaciones sociales. 

¿Qué precipita esta entrada en la tercera edad? No es solo el calendario, sino un cóctel de factores que acumulan desgaste. El estilo de vida previo es muy importante: fumar envejece los vasos sanguíneos como si sumara diez años extra, el sedentarismo equivale a perder entre cinco y siete años de vida saludable y una dieta pobre en antioxidantes oxida las mitocondrias celulares, el motor energético de nuestras células. 

Además, el estrés crónico eleva el cortisol, acorta aún más los telómeros y duplica el riesgo de demencia. La genética explica tan solo un 20% o 30% de la variabilidad, el resto es ambiental (no fumar, caminar 150 minutos semanales a paso vivo para revertir la sarcopenia, dormir profundamente y tejer redes sociales sólidas reducen la mortalidad en un 50%).

Lo verdaderamente clave es entrar en la tercera edad para cosechar lo sembrado, no es el fin de la vitalidad, sino su transformación sabia.



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