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Lucía Jiménez, sexóloga: “La satisfacción sexual no es el termómetro de la relación”

En consulta, la especialista ve con frecuencia discrepancias de deseo en parejas jóvenes y, en hombres, preocupación por tiempos de eyaculación o pérdida de erección

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Lucía Jiménez, sexóloga: “La satisfacción sexual no es el termómetro de la relación”

Por Santiago Melo

18 de marzo de 2026

Lucía Jiménez Sacristán es psicóloga, sexóloga, divulgadora y creadora de contenido en redes sociales. Su acercamiento a la sexología nació, cuenta, en el último año de Psicología, durante un Erasmus en Roma. Vivir sola y “disponer de una habitación y libertad para intimar con otras personas” le hizo tomar conciencia del peso que la vivencia sexual tenía en su bienestar. “Descubrí que el placer no es solo algo que se experimenta en una cama, sino que es un continuo que se desarrolla durante el día a día, de múltiples maneras”. Fue entonces cuando identificó que la sexología conectaba con su manera de entender la salud mental: “En la sexualidad, la relación entre la mente, los estados emocionales y las reacciones corporales se hace muy evidente”. 

Además de su trabajo en consulta, Lucia ha consolidado una comunidad amplia en redes sociales (supera los 100.000 seguidores), donde divulga sobre sexualidad desde un enfoque psicológico y de salud. Se le puede encontrar como @luciajimenezsac y aborda con frecuencia dudas comunes, mitos y creencias que suelen llegar también a terapia. 

Esa mirada se refleja tanto en consulta como en su faceta divulgativa. Al empezar a crear contenido sobre sexualidad en redes, reconoce que al principio sintió vergüenza al explicar a qué se dedicaba, porque “la falta de información suele llevar a malentendidos”. También influyó, dice, el lugar desde el que se la percibía: “Aún me sentía percibida por muchos y muchas como una chica joven hablando de sexo, y esa posición me hacía sentir expuesta e incómoda”. Con el tiempo, sin embargo, detectó que parte del estigma era interno. “Me di cuenta de que, en muchas ocasiones, el estigma me lo estaba poniendo sola”, y añade que su entorno “respetó mucho” sus intereses y entendió que lo que comunicaba era importante y también les aludía. 

Sobre el rechazo o el “hate”, su postura es clara: “No gestiono la crítica ni el hate, simplemente no le presto ningún tipo de atención”. Y fija un marco de trabajo que le sirve de guía: “Sé a lo que me dedico, cuáles son mis límites de intervención y de ahí, no me salgo”.  

En la consulta, Jiménez describe perfiles y demandas muy concretas. Atiende muchas consultas de hombres cis-hetero de alrededor de 30 años, preocupados por sus tiempos de eyaculación y pérdida de erección. En parejas, las edades más habituales rondan los 20-30 y aparecen sobre todo “discrepancias en el deseo sexual” o la “búsqueda de modelos relacionales diferentes a la monogamia”. En mujeres cis-hetero, señala dificultades en excitación, placer y orgasmo, dolor con penetración o también procesos vinculados a no monogamias. Aun así, le llama la atención que la mayoría llega con capacidad de verbalizar lo que le ocurre y de cuestionar creencias: “Todos los consultantes se han mostrado muy libres a la hora de expresarme sus preocupaciones sexuales, lo que me hace pensar que con la educación sexual correspondiente, la demanda de tratamiento sexológico caería muchísimo”. 

Su mensaje central, sin embargo, es que la vida sexual no puede interpretarse como un “termómetro” automático del vínculo. “Se tiene la falsa creencia de que la satisfacción sexual es el termómetro que marca cómo está el resto del vínculo, y esto es un error”, subraya. De hecho, advierte de dos extremos que rompen esa lógica: “Puede haber muy buen sexo en vínculos tóxicos, o sexo mediocre en relaciones sanas que necesitan un poco de ayuda”.  

Para ella, hay casos especialmente agradecidos en terapia: aquellos en los que “el problema sexual únicamente se manifiesta en el ámbito sexual” y el resto de la relación “se encuentra lo suficientemente fortalecida”, porque existen bases sólidas sobre las que sostener el trabajo. 

Sobre cuándo acudir a sexología y cuándo a terapia psicológica o de pareja, defiende un abordaje conjunto. Si el conflicto es sexual y acotado, plantea que lo más adecuado suele ser una terapia sexual en pareja. Si las dificultades son mayores y atraviesan otras áreas del vínculo, la terapia de pareja abordará esas adversidades. Y la terapia individual puede complementar cuando hay factores personales sosteniendo el problema. 

En cuanto a los motivos por las que más va la gente a consulta, Jiménez resume que muchas veces giran alrededor de la respuesta sexual (excitación, erección, dolor, placer), del deseo, del orgasmo o de la eyaculación precoz. Y advierte de un subtexto común que aparece una y otra vez: “¿Seré suficiente?, ¿puedo dar el suficiente placer a mi compañero o compañera sexual? ¿Soy deseable?”. Por eso, en terapia trabaja tanto creencias como exigencias: “Es muy importante identificar qué creencias se tienen sobre lo que es una relación sexual perfecta y ayudar a la persona a detectar las exigencias que percibe de su entorno y que le bloquean”. 

En esa línea, cuando recomienda recursos como juguetes sexuales, lo hace con criterios prácticos y personalizados. Explica que pregunta por el método habitual de masturbación y, en base a eso, sugiere opciones que mantengan coherencia con lo que ya funciona, pero abran puertas a nuevas sensaciones. Como recomendación general, destaca el uso de lubricante: “Siempre aconsejo el uso de lubricantes de base agua, y las personas que lo prueban suelen comentarme que sus sensaciones se vuelven más placenteras”. La idea, insiste, es explorar sin encasillar en “para hombres” o “para mujeres”, sino en función de la comodidad, el objetivo y el tipo de estimulación. 

Por último, pone el foco en cómo la pornografía está moldeando expectativas. “La pornografía no está creada para educar sexualmente”, recuerda, pero ante la falta de educación sexual se ha convertido en modelo para muchas personas. En consulta ve cómo se etiqueta como “erróneo” algo que es habitual, simplemente por compararlo con una narrativa ficticia. “Mi trabajo consiste en ayudarles a comprender que lo que no es normal es que sus cuerpos actúen como robots sin tener en cuenta contextos biológicos, psicológicos y personales”. 

En resumen, Lucia Jiménez propone una mirada menos culpabilizadora y más realista: entender el sexo como parte del bienestar, no como un examen; asumir que pedir ayuda es legítimo; y recordar que una dificultad en la cama no define, por sí sola, la salud de una relación. 



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