
Por Medicina Responsable
7 de abril de 2026El tiempo que se tarda en “olvidar” a una expareja no es solo una cuestión de fuerza de voluntad, también tiene que ver con cómo funciona el apego y con la forma en que el cerebro mantiene vínculos emocionales. Una investigación de la Universidad de Illinois (Estados Unidos) ha intentado poner cifras a ese proceso y sugiere que el desapego puede prolongarse durante años, aunque con grandes diferencias entre personas.
El trabajo, publicado en Social Psychological and Personality Science y firmado por los psicólogos Jia Y. Chong y R. Chris Fraley, analizó a 328 adultos que habían mantenido relaciones sentimentales de al menos dos años y cuya separación se había producido, de media, cinco años antes del estudio. La media de los participantes estaba en los 30 años y el 57% eran mujeres, y respondieron cuestionarios diseñados para medir el apego emocional hacia su expareja y compararlo con el que sentían hacia personas desconocidas.
A partir de esas respuestas, los investigadores observaron que el vínculo emocional no desaparece de golpe, sino que se va debilitando con el tiempo. En promedio, el desapego alcanzaba un punto medio alrededor de los 4,18 años tras la ruptura. Desde ahí, el proceso continuaba hasta que, estadísticamente, el nivel de apego hacia la expareja se parecía al que se tiene por un desconocido, algo que en el conjunto del grupo podía tardar cerca de ocho años.
El estudio subraya, eso sí, que la variabilidad individual es amplia. Algunas personas mantenían lazos emocionales persistentes incluso muchos años después, mientras que otras se desvinculaban en mucho menos tiempo. En palabras del resumen, para muchas exparejas “simplemente se convierten en alguien que solían conocer”, pero no ocurre igual en todos los casos.
Entre los factores analizados, el más relevante para prolongar el apego fue el contacto continuado con la expareja. Además, quienes mostraban una orientación afectiva más ansiosa tendían a sostener vínculos más duraderos. Tener hijos en común se relacionó con un apego inicial más fuerte, aunque en el análisis ese vínculo tendía a diluirse más rápido que en quienes no compartían hijos.
En cambio, otras variables no parecieron modificar de forma clara la velocidad del desapego: ni el género ni el hecho de haber iniciado una nueva relación se asociaron con diferencias significativas en el ritmo de “desenganche” emocional.