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Es posible que seas insensible al dolor y no lo sepas

Una condición extremadamente poco frecuente puede hacer que una persona se haga daño sin darse cuenta. La analgesia congénita se suele descubrir en la infancia, cuando los golpes, heridas o mordeduras no provocan reacción

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Es posible que seas insensible al dolor y no lo sepas

Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable

4 de marzo de 2026

Hace unos años los médicos de un hospital andaluz atendieron a una niña que, con solo tres años, tenía una fractura de tibia, pero que seguía jugando como si nada hubiera sucedido. No lloró, no pidió ayuda y no se detuvo. Aquella anomalía -una fractura sin llanto- fue la pista que llevó a su diagnóstico: insensibilidad congénita al dolor, una enfermedad tan extraña que apenas se han documentado unos pocos cientos de casos en todo el mundo. 

A primera vista podría parecer un don. Vivir sin dolor: ¿qué puede sonar mejor? Pocas cosas. Sin embargo, esta condición, conocida científicamente como analgesia congénita, no es un privilegio, sino una trampa genética. Las personas que no sienten dolor viven con uno de los sistemas de alarma más esenciales del cuerpo desconectado. No les duele una quemadura, ni una infección, ni un hueso roto. Y precisamente por eso el daño avanza sin aviso. 

El dolor como aliada vital 

El dolor es una de las herramientas evolutivas más poderosas para la supervivencia. Es una señal eléctrica que corre por las fibras nerviosas cuando un estímulo potencialmente dañino amenaza nuestros tejidos. Esa señal llega al cerebro que la interpreta como sufrimiento físico y nos empuja a responder: retirar la mano, descansar o buscar ayuda. 

La analgesia congénita interrumpe ese circuito. En la mayoría de los casos el problema está en los canales iónicos o receptores que permiten transmitir las señales nerviosas del dolor desde la periferia hasta la médula espinal y el cerebro. Entre los genes más implicados se encuentra el SCN9A, responsable de codificar una proteína que actúa como “interruptor” del dolor. Cuando este canal no funciona, las neuronas sensoriales no pueden generar impulsos eléctricos normales, y el mensaje nunca llega al cerebro. 

Una infancia sin aviso 

Los primeros años de vida suelen revelar la existencia de esa enfermedad. Los bebés no lloran ante las caídas o con la administración de vacunas. Se muerden la lengua o los dedos sin dolor y, a menudo, presentan heridas inexplicables. Algunos padres llegan a sospechar de un problema psicológico o de negligencia, hasta que pruebas médicas y genéticas aclaran el origen. 

Como todas las enfermedades raras, la analgesia congénita se enfrenta a un doble desafío: la falta de tratamientos y la invisibilidad social. En estos momentos su manejo se centra en la educación familiar y la fisioterapia.  

En un mundo que busca constantemente anestesiar el dolor -ya sea con fármacos, con distracciones o con placeres inmediatos- la analgesia congénita nos recuerda el valor de sentir. El dolor es el precio de estar vivos, el testigo de nuestros límites, sin él nuestro cuerpo se convierte en un territorio desconocido. 



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