
Por Clara Arrabal
4 de marzo de 2026Es noche cerrada en aquel pueblo tan alejado de la gran ciudad. Ya huele a chasca y a puchero, y las golondrinas aguardan recogidas en los nidos de la torre de la iglesia. “Toc, toc”, suena la puerta de madera del pequeño consultorio local. Aunque tarda en abrir, el médico responde a la llamada. “¿Qué le ocurre, Marisol?”, pregunta el facultativo a esa mujer que acostumbra a ver cada martes y jueves por su patología crónica. Lo nota en su rostro, algo no va bien. “Con lo risueña y alegre que es”, piensa, clavando su mirada en las ojeras de Marisol. Porque sabe su nombre. Y su apellido. Y conoce a sus hijos. Y a sus nietos. “¿Será que el más pequeño le ha dado otro disgusto?”, pasa por su cabeza rápidamente.
El profesional lleva un tiempo destinado en el municipio, así que puede imaginarse el problema. “Esto no le vendrá bien para su enfermedad”, concluye. Y lo mismo le pasa con su vecino Félix y con Marta, la panadera. Entiende casi a la perfección sus inquietudes, además de sus historias clínicas. Porque precisamente ahí radica el valor diferencial del médico rural: más allá de ser un profesional sanitario, forma parte de la comunidad en la que habita y esas costumbres, tradiciones y talante de sus gentes también son las suyas.
“Somos especialistas en nuestro medio y esa es la forma más pura de la medicina comunitaria. No es que seamos mejores personas o tengamos una mayor vocación, es que la proximidad del sufrimiento de los pacientes nos obliga a cambiar nuestros planteamientos y a vivir los principios de otra manera”, afirma Juan José Rodríguez Sendín, facultativo que ejerció durante más de cuatro décadas en el municipio de Noblejas (Toledo) y presidente de la Organización Médica Colegial (OMC) desde 2009 a 2017.
Fotografía de Juan José Rodríguez Sendín.
En su misma línea se pronuncia Delia de Lucas, la joven médica de 32 años del consultorio de Cantalejo (Segovia): “Lo más gratificante es la confianza que depositan los pacientes en mí. Muchas veces me preguntan si lo que les han recetado los médicos especialistas del hospital comarcal les irá bien, como para que yo lo chequee. Sin duda, ese vínculo con la gente es lo más especial y lo que me ha hecho quedarme en el medio rural. Que te vean por las calles y te den los buenos días, que tengan cierto respeto hacia tu figura... Yo lo tengo claro: no me quiero ir a la gran ciudad a ejercer mi profesión”.
Y es que, aunque la medicina rural evolucione, su esencia seguirá siendo la misma: la cercanía y el sentimiento de pertenencia que tanto influye a la hora de tratar a un paciente. Por eso, en homenaje a todos aquellos facultativos rurales que han desarrollado su carrera profesional en entornos deslocalizados y para destacar su labor más allá del ámbito médico, la Organización Médica Colegial (OMC) ha organizado un encuentro en Zamora que reconoce la imprescindible tarea de estos profesionales. Y Medicina Responsable ha podido hablar con algunos de sus ponentes más veteranos, y también con los más jóvenes, sobre la evolución de la medicina rural. Estas son sus conclusiones.
Para Rodríguez Sendín, la medicina rural de los años 80 se caracterizó "por una atención en soledad de todo tipo de patologías", donde incluso se atendía al Ejército "si pasaba por allí" o se hacían autopsias "si no había forense". Por su parte, Serafín Romero, facultativo que ejerció en Posadas (Córdoba) desde 1983 hasta 2014 y presidente de la OMC desde 2017 hasta 2021, destaca la enorme capacidad de autogestión de entonces, "porque éramos juez y parte", y que considera haberse perdido a día de hoy.
Fotografía de Serafín Romero.
"La medicina rural ha cambiado mucho en estos años. Sobre todo por dos motivos significativos", explica Romero, haciendo referencia a la obligatoriedad de residir en el municipio y a la aparición de los equipos asistenciales. "Tener que vivir en los lugares de cobertura nos condicionaba mucho la conciliación, pero al final suponía, más que un problema, una virtud", señala, ya que de esta manera podían "convertirse en el máximo exponente de la especialidad familiar. "¡La comunitaria en su estado más puro!", exclama, con orgullo.
En el caso de Rodríguez Sendín destaca la figura cohesionadora que suponían los médicos rurales en aquella época. "Estaba garantizada porque en cualquier parte de la geografía española había un médico, un enfermero y un veterinario titular. Éramos fundamentales para asegurar la equidad sanitaria y prevenir la despoblación... no se puede vivir tranquilo en un pueblo si sabes que no hay un profesional cerca", explica.
De vuelta al presente, Delia de Lucas ilustra con su experiencia el panorama actual de los médicos rurales. "Ahora es más complicado elegir esta opción profesional porque la situación no es la mejor. Faltan incentivos para acudir a los pueblos", declara. "Ojalá se quiten las jornadas de 24 horas porque eso desanimará a mucha gente".
Fotografía de Delia de Lucas en la consulta de Cantalejo.
Aunque ella, sin embargo, lo tuvo fácil: ha vivido en un municipio rural desde bien pequeña, por lo que es consciente de la importancia de estos profesionales. "Yo no dudé cuando terminé la residencia. En el medio urbano me faltaba ese trato más humano, la cercanía con el paciente, el hecho de sentirme parte de algo... Sabía que quería ir al medio rural y ser ese médico en el que todos confían y al que respetan. Lo cogí a conciencia y así quiero seguir", explica.
Y, aunque ya no se hacen autopsias si no hay forense, como admite entre risas, sí que confiesa haber ayudado a sus vecinos más allá del ámbito sanitario. "¡Y la gente es tremendamente agradecida!", señala. Porque, al igual que Romero y Rodríguez Sendín, ella también cree que la gran diferencia de los médicos rurales no es su trabajo, sino el entorno en el que lo desarrollan y la población a la que atienden. "Y eso, para mí, es la parte más bonita de esta especialidad", concluye.