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Sin salud, no hay sexo

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Sin salud, no hay sexo

Por Peter BABEL

14 de febrero de 2024

Me produce una cantidad de asombro respetable saber que el 14 de febrero es el Día Europeo de la Salud Sexual, por dos razones: primera, porque es el Día de San Valentín, y parece una rivalidad innecesaria, y, la segunda, porque me parece una insensatez dejar fuera de un día tan ejemplarizante a americanos, asiáticos, africanos y australianos. Para celebrar el Día de San Valentín, parece que hay costumbre de aplicar la consigna “dígaselo con flores”, y no me parece adecuado que, siendo el mismo día, se lo díganos con preservativos.

Vamos, llevas a tu pareja un ramo de flores y una caja de condones, y no parece muy fino, sino más bien la comprobación del “¿por qué le llaman amor, cuando quieren decir sexo?”. Es algo así como si el día del cumpleaños de tu madre, le llevarás unas flores en una mano y, en las otra, una receta de la tarta de chocolate… Como queriendo decir. Lo que está claro es que sin salud, el sexo no funciona.

Un amigo mío, en el amado París de los setenta, consiguió una cita amorosa, perseguida desde hacía un par de semanas. La víspera, en una de esas tardes lluviosas de los inviernos de París, mi amigo cogió un catarro de escalofrío y estornudo constante. Pero no quiso faltar a su cita al día siguiente y acudió aterido, con unas décimas de fiebre, y la preocupación de dejar alto el pabellón español, que es la tontería masculina en la que solemos caer casi siempre los chicos. Bien, como este es un artículo de un medio dedicado a la salud, dejemos los preámbulos y vayamos a lo que nos ocupa: sexo y salud.

En el momento culminante, cuando se acercaba lo que los franceses llaman con delicadeza “la petit mort”, mi amigo notó que una gota de moquita se agrandaba en la punta de la nariz, que estaba a pocos centímetros del rostro de su pareja, quien también se dio cuenta, asustada, de aquella masa de líquido, que se agrandaba por momentos, y corría el peligro de caer sobre su cara. No hay nada más neutralizante para la excitación sexual que el miedo y las preocupaciones pedestres. A mi amigo, el temor le debilitó su fortaleza, y a su pareja, el peligro de la moquita le distrajo y perdió concentración. El fracaso concluyó con la gota de moquita demostrando, en su caída sobre el rostro de la víctima, que la Ley de la Gravedad puede llegar a ser, en determinadas circunstancias, anorgásmica.

La chica le dijo que le llamaría al día siguiente. Mi amigo jamás la volvió a ver. Me lo contó en la rue des Ècoles, una tarde de lluvia, también en febrero, mientras veía pasar a los estudiantes de la Sorbonne tras los cristales del café-tabac, donde me había llevado para contarme su desventura. Prefiero celebrar con este recuerdo este Día Europeo, porque en otras secciones ya se comenta el aumento de infecciones, debidas a que la pasión vuelve imprudente nuestro cerebro. Bienvenido el Día si sirve para recordar y aumentar la prudencia. Aunque hablar de sexo y prudencia me parece que es apostar por una pareja imposible.



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