
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
22 de julio de 2026Hay noticias que cuesta creer, aunque la estuviéramos esperando desde hace tiempo. Cuando hoy me han dicho que había fallecido Javi, nuestro “Chispas”, no pensé en una misión, ni en un servicio concreto, ni en un momento especial. Pensé en él. En esa forma tan suya de aparecer siempre con una seriedad discreta, con su uniforme ya manchado y con la tranquilidad de quien sabe que, antes o después, encontrará una solución.
Compartimos muchos años en su voluntariado en SAMUR-Protección Civil. Allí estaba una de esas personas que hacen grandes a una organización sin necesidad de ocupar nunca el primer plano. Porque Javi era, por encima de todo, un voluntario. De los de verdad. De los que nunca preguntan qué van a recibir, sino qué hace falta hacer. De los que están siempre disponibles y entienden que servir a los demás es una forma de vivir.
Encontró su sitio en el Grupo de Logística que antes fue de Materiales de los voluntarios de SAMUR-Protección Civil. Y no creo que fuera casualidad. Era exactamente el lugar donde mejor podía expresar cómo entendía él este compromiso. Mientras otros atendíamos pacientes o asumíamos otras responsabilidades, él conseguía que todo funcionara. Preparaba, reparaba, organizaba, improvisaba cuando hacía falta y resolvía problemas antes incluso de que los demás supiéramos que existían.
Nunca buscó reconocimiento por ello. De hecho, estoy convencido de que este escrito le habría incomodado. Era demasiado humilde para aceptar que alguien hablara de él. Prefería pasar desapercibido y seguir haciendo lo que mejor sabía hacer, ayudar.
Todos le llamábamos el Chispas porque tenía unos conocimientos extraordinarios de electricidad. Pero con el tiempo aquel apodo dejó de referirse solo a eso. El Chispas era el compañero que en las misiones acudía cuando parecía que algo no tenía solución. Y, de una manera que nunca sabías muy bien cómo explicarte, siempre terminaba encontrándola.
Compartimos muchos dispositivos preventivos, muchas horas en SAMUR Protección Civil y también algunas misiones internacionales. En todos los sitios era exactamente igual. Mientras los demás dábamos por terminada la jornada, él seguía comprobando que todo quedara preparado para el día siguiente. Siempre encontraba una instalación que revisar, una avería que reparar, un generador que ajustar o cualquier detalle que pensaba que podía facilitar el trabajo de los demás.
En el campamento en las misiones internacionales, por la noche, sólo cuando estaba convencido de que todo quedaba en orden se permitía parar unos minutos y prepararse un Cola Cao. Algunos teníamos la suerte de compartir ese rato con él, aunque confieso que esperaba y buscaba cada noche ese momento. Hablábamos de cualquier cosa, sin prisas, mientras el campamento iba quedándose en silencio. Le preguntaba por el trabajo de ese día y siempre sin darse importancia, me contaba mirando su Cola Cao lo que les había conseguido solucionar al ejército norteamericano o a los responsables de la ONU que estaban en nuestro campamento, como si fueran los vecinos del tercero izquierda.
Le apasionaba la montaña. Disfrutaba participando en las carreras populares y contándonos sus tiempos y durante años coordinó el grupo de “SAMUR en Forma” con esa mezcla tan suya de entrega, disciplina y cercanía. Había que estar a la hora, con la camiseta correspondiente y todo preparado. Era exigente en exceso porque también lo era consigo mismo.
Y luego llegaba otro de los momentos que más le gustaban. Terminaba la carrera, se recogía el material y teníamos que sentarnos a tomar unas cervezas en el bar que ya había confirmado que estaría abierto y tenía la cerveza terriblemente fría. Allí aparecía un Javi distinto. Seguía siendo reservado, porque esa era su forma de ser, pero disfrutaba enormemente de esos momentos entre compañeros. Escuchaba más de lo que hablaba, sonreía de vez en cuando, pero se notaba que se sentía feliz formando parte de aquel grupo heterogéneo de amigos que el voluntariado le había regalado.
Conservo una de las jarras de cerveza con el logo de SAMUR en Forma que él mismo diseñó con el nombre de cada uno. Cada vez que la veo no pienso en una taza. Pienso en él. En su manera de cuidar los pequeños detalles, de hacer grupo y de intentar a su manera que todos nos sintiéramos un poco más unidos.
Si algo he aprendido de Javi es que hay personas que hacen mucho más de lo que cuentan y que nunca necesitan que nadie les dé las gracias para seguir ayudando. Él pertenecía a esa rara categoría de personas que sostienen un equipo desde el silencio. Las que nunca aparecen delante, pero sin las que nada funciona igual.
SAMUR-Protección Civil ha perdido a un magnífico voluntario. Muchos hemos perdido además a un amigo. Y quienes tuvimos la suerte de conocerle sabemos que será muy difícil volver a encontrar a alguien como él.
Gracias, Javi, por tantos años compartidos, por tu generosidad, por tu ejemplo y por esa tranquilidad que siempre transmitías cuando aparecías dispuesto a solucionar cualquier problema. Cada verano cuando ponga a funcionar el serpentín de cerveza en la piscina de Saelices recordaré como conseguiste llevar electricidad hasta allí y el chuletón que nos tomamos después en el restaurante de Las Termas de Segóbriga para celebrar que ya teníamos la solución para muchos veranos.
Te vamos a echar mucho de menos, Chispas. Nuestra Patrona del Perpetuo Socorro te habrá recibido como te mereces y estoy seguro de que ya habrás encontrado la manera de que todo funcione.