
Por Fernando Prados, director Hospital Los Madroños
28 de septiembre de 2026Hay quienes llevan tanto tiempo anunciando con tanto ahínco el deterioro de la sanidad madrileña que cualquier noticia favorable parece perturbarles el ánimo. Pero, inasequibles al desaliento, vuelven a las palabras de siempre, «recortes» y «privatización», como si repetirlas bastara para convertirlas en verdad. La última clasificación de Newsweek por especialidades sitúa al Gregorio Marañón en el puesto 19 del mundo en cirugía cardiaca, a La Paz en el 18 en cardiología y al Niño Jesús en el 20 en pediatría. En la clasificación general de 2026, siete hospitales de la red pública madrileña figuran entre los 250 primeros del mundo. Con semejantes resultados, uno podría esperar que quienes llevan años anunciando el desastre reconocieran algún mérito a sus profesionales. No parece probable.
Entre esos siete centros se encuentra la Fundación Jiménez Díaz, un hospital de gestión privada que atiende a pacientes del sistema público. En la encuesta de satisfacción del SERMAS correspondiente a 2025 obtuvo un 91,59 % y fue el hospital general mejor valorado por sus usuarios, repito, por sus usuarios, mientras que la media de los hospitales madrileños se situó en el 88,05 %. Hablamos de personas atendidas en sus consultas, urgencias, quirófanos y plantas de hospitalización. Su opinión merece ser escuchada, aunque no encaje en el guion de quienes presentan toda colaboración con la gestión privada como una pérdida de calidad.
Esa colaboración tampoco es una rareza madrileña. Según los últimos datos comparables publicados por el propio Ministerio de Sanidad, correspondientes a 2023, el 58,1 % de los hospitales catalanes integrados en el Sistema Nacional de Salud tenían dependencia funcional privada, frente al 14 % de los madrileños. Los modelos no son idénticos, pero resulta difícil entender por qué en Cataluña la participación de centros de distintas titularidades forma parte de su red pública y en Madrid se presenta una y otra vez como una amenaza. En ambos lugares debería exigirse lo mismo, una atención de calidad, sometida a control y valorada por sus resultados.
Madrid registró, además, en 2024 la mayor esperanza de vida al nacer entre las regiones de la Unión Europea, con 85,7 años. Influyen los hábitos y las condiciones de vida, desde luego, pero sería extraño sostener que la asistencia sanitaria no tiene nada que ver. Nada de esto convierte al sistema madrileño en perfecto ni impide exigirle mejoras. Sí obliga a dejar de dibujarlo como un fracaso. Sus hospitales reciben reconocimiento internacional, sus pacientes valoran la atención y sus ciudadanos alcanzan una longevidad extraordinaria. Quizá algún día quienes insisten en el relato se decidan a mirar los datos, aunque de momento parecen bastante cómodos con la venda puesta.