
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
12 de febrero de 2026La sanidad española actual es un titán herido que salva vidas a diario, pero cojea bajo el peso de décadas de promesas rotas, desigualdades territoriales y un envejecimiento demográfico que nos pilla con la guardia baja.
Déjenme contarles historias reales, porque los números fríos matan el pulso de la verdad. El envejecimiento nos inunda con pacientes crónicos –diabetes, cáncer, fragilidad– que necesitan no solo curas, sino un hilo conductor entre primaria, los especialistas y el hospital. Pero ese hilo se rompe a menudo, dejando a los mayores a la deriva en un mar de derivaciones perdidas y visitas fragmentadas.
El envejecimiento no es solo un problema demográfico: es un tsunami humano. España envejece más rápido que nadie en Europa. Uno de cada cinco habitantes supera los 65 años y en regiones como Castilla y León o Galicia son dos de cada cinco. Imaginen pueblos donde la mitad de la población lleva bastón: consultas de Atención Primaria saturadas por pacientes polimedicados que alternan neumonías invernales con caídas domésticas.
La sanidad responde con heroísmo –equipos de geriatría que humanizan protocolos–, pero el sistema no está diseñado para esta longevidad. Vivimos más gracias a las vacunas y a los antibióticos que heredamos de los 80, pero ahora pagamos la factura: hospitales convertidos en geriátricos improvisados, residencias colapsadas por brotes epidemiológicos y una Atención Primaria que debería ser el faro preventivo, pero que actúa como filtro de urgencias saturadas. Sin un giro hacia la prevención –screening masivos, paliativos domiciliarios, redes comunitarias–, el envejecimiento nos ahogará en camas y cuidados paliativos tardíos.
Y luego están las listas de espera, ese purgatorio silencioso que erosiona la fe en lo público. No hablo de cifras abstractas, sino de rostros: la madre con artrosis que pospone su rodilla porque el dolor es tolerable; el joven con hernia que migra a la medicina privada o el paciente con un cáncer localizado que avanza porque la endoscopia llega tarde. En especialidades como traumatología u oftalmología las demoras convierten urgencias en hospitales de campaña perpetuos. ¿Por qué? No solo por falta de quirófanos –que también–, sino por una Atención Primaria debilitada que no resuelve lo simple y que satura lo complejo.
En el 2026 vemos una leve mejoría en algunos lugares gracias a conciertos privados y a una digitalización incipiente, pero el problema persiste como una herida crónica. Las listas no son solo demoras, son promesas rotas que empujan a la gente a la sanidad privada o al desahucio emocional. Urgen pactos autonómicos para priorizar alianzas y desarrollar programas de prevención primaria, porque esperar no es equidad, es desigualdad diferida.
La continuidad asistencial es el talón de Aquiles, esa fractura invisible que hace que el sistema parezca un rompecabezas desarmado. Un paciente sale de urgencias con un informe detallado, pero en primaria no lo ven hasta semanas después o nunca, si falla la interoperabilidad digital. Derivaciones a especialistas que se pierden en el limbo interautonómico, historiales clínicos que no viajan de Galicia a Madrid y medicaciones duplicadas porque nadie recuerda qué se prescribió en la última visita. En los hospitales se dedica demasiado tiempo a reconstruir historias fragmentadas de pacientes crónicos que rotan entre niveles asistenciales como peonzas. La culpa no es de los profesionales –atados por la burocracia y por turnos imposibles–, sino de un Sistema Nacional de Salud descentralizado, donde 17 comunidades tiran del hilo en direcciones opuestas.
Pero el drama más punzante es la retención del talento: nuestros médicos y enfermeros, el alma del sistema, se van. Los motivos son numerosos, desde salarios un 20% inferiores a la media europea hasta guardias extenuantes, pasando por un examen MIR 2026 caótico con retrasos en listas, errores en exámenes y plazas desiertas.
Afortunadamente no todo es sombra. La sanidad española sigue siendo un orgullo: tenemos una esperanza de vida que es líder a nivel mundial, una vacunación impecable post-COVID y hubs de biociencia en Barcelona y Madrid que atraen inversión global. Además, están los héroes anónimos: residentes que cubren huecos con vocación, enfermeras que humanizan las UCIs y celadores que actúan de familia adoptiva improvisada.
La sanidad española no es perfecta, pero es nuestra herencia. Salvémosla tejiendo envejecimiento, esperas, continuidad y talento en un tapiz sólido. Porque curar no es solo prolongar vida: es dignificarla.