
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
7 de mayo de 2026El problema del caso del crucero con hantavirus no es sólo sanitario. Es, sobre todo, político. Porque, una vez más, el Gobierno parece haber decidido primero el relato y después vendernos su protocolo adaptado. Y encima les da igual la imagen de chapuza permanente. Nadie al timón, la situación se gobierna al pairo y ya nos contarán que hizo la culpable oposición cuando todo naufrague.
Si el Gobierno quiere transmitir calma, el virus “no es nada”. Si necesita justificar medidas excepcionales, entonces aparecen todos los mecanismos de control. Si la ministra de Defensa teme hablar de restricciones de libertad, la cuarentena pasa a ser “voluntaria”. Si Sanidad necesita aparentar firmeza, aparecen las “herramientas legales” para imponerla. Y mientras tanto, el Gobierno de Canarias denuncia falta de información y coordinación ante la llegada de un barco con contagiados a su puerto.
Y la respuesta inmediata del Ejecutivo ha sido refugiarse en la OMS y utilizarla como argumento de autoridad para justificar sus decisiones. Pero la OMS hace tiempo que dejó de ser una referencia indiscutible tras un deterioro de credibilidad evidente. Durante la Covid acumuló errores, contradicciones y mensajes tardíos que destruyeron su prestigio. No extraña que países como Estados Unidos o Argentina se hayan distanciado de una organización cada vez más politizada y utilizada muchas veces más como soporte ideológico que como verdadero criterio técnico.
El resultado vuelve a ser el mismo de siempre. Ministerios contradiciéndose, administraciones enfrentadas, protocolos improvisados y pasajeros que abandonaron el barco antes de existir un control claro sobre posibles contagios, pese a que ya había infectados confirmados y hasta fallecidos por la enfermedad.
Ya ocurrió durante la Covid. Primero se nos dijo que habría “uno o dos casos” porque había que manifestarse por el feminismo y después acabamos encerrados en casa. El problema no fue solo equivocarse. El problema fue minimizar el riesgo cuando interesaba políticamente y dimensionarlo al gusto después cuando convenía justificar medidas extremas.
Y eso es exactamente lo inquietante ahora. No tanto el hantavirus, sino la sensación de que el Gobierno sigue sin tener un criterio técnico independiente y sólido. Todo parece depender de lo que esa mañana decidan el ministro o el asesor de turno sobre qué relato beneficia más a Sánchez.
España necesita expertos que tomen decisiones sanitarias sin depender de intereses políticos ni de estrategias de comunicación. Porque cuando la salud pública se convierte en propaganda, los ciudadanos dejan de creer en las medidas. Y la credibilidad de los ciudadanos es esencial en los resultados de salud pública.
Los virus no entienden de ideología. Pero en el sanchismo parece que cada crisis tiene dos pandemias. Una para construir el relato que marca Moncloa destinando a ministros que se aplican con el mismo ahínco que desacierto y la pandemia, que sirve para desviar el foco de la corrupción en los que otros ministros colaboran y esperemos que esta vez no sirva para que los Ábalos y Koldos de turno puedan lucrarse sin infectarse demasiado.