
Por Peter BABEL
9 de octubre de 2026Todos los seres humanos, en algún momento de la vida, hemos pasado por periodos de obsesión, ansiedad, angustia… etcétera. Y, en algunas ocasiones, nos habría venido bien acudir a un psicólogo o a un psiquiatra, que nos hubiera ayudado a acortar el sufrimiento.
Sin embargo, así como acudimos al oftalmólogo, cuando sentimos trastornos en las visión -o a cualquier otro especialista- nos resistimos a consultar con un psiquiatra, como si eso fuera una especie de trastorno del que deberíamos avergonzarnos. No nos produce pudor ir al traumatólgo, tras una caída, pero si nuestra pareja nos aconseja que deberíamos pedir consejo, por un comportamiento errático, o excesivamente airado y agresivo, le respondemos que el que tiene que ir al loquero es él, o ella. Algo así como si al tener, algún trastorno en la visión fuera necesario acudir a la ONCE a solicitar trabajo.
No es una exageración: es una observación de la realidad cotidiana.
Entenderíamos cierto pudor -en algunos ambientes- por confesar públicamente las enfermedades de transmisión sexual, como si la castidad fuera obligatoria, pero nuestra salud mental y psicológica sufre alteraciones, y ni es un delito, ni es una vergüenza, ni significa otra cosa que un trastorno pasajero. Actuar con ese exceso de pudor se asemeja a que no fuéramos al traumatólogo, cuando se nos tuerce un tobillo, con lo que, al cabo de unos años, casi todos padeceríamos algún tipo de cojera.
En el otro extremo, existe una exageración simétrica, y es confundir la tristeza con la depresión. La depresión es una enfrentada que, cuando se agrava, conduce al suicidio. La tristeza, en cambio, es un proceso natural y necesario, ante frustraciones, pérdida de seres queridos, rupturas sentimentales, fracasos… etcétera.
No agobiemos al psiquiatra, porque nuestro equipo de fútbol preferido no haya ganado la Liga. Pero aplastemos el pudor absurdo de que acudir al psiquiatra es emprender el camino hacia el frenopático.