
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
30 de septiembre de 2026La muerte de Julián García Vargas me devuelve a Medicina de la Complutense, a las batas blancas por Madrid y a mi primera huelga. Era el curso 1986-1987, primero de medicina, y queríamos cambiar el mundo. Nos habían dicho que aquella era la manera de hacerlo y tampoco sabíamos muy bien dónde nos estábamos metiendo.
Una norma europea exigía, tras los seis años de carrera, al menos dos de formación adicional para ejercer medicina general en el sistema público de salud. Creo recordar aquel «6 + 2 = 0» que resumía nuestros temores. Podía negociarse cómo aplicar aquella obligación, pero no estaba en manos del ministro suprimirla. Nosotros ejercíamos el derecho a la pataleta, convencidos de protagonizar una revolución francesa que habíamos estudiado en el colegio no hacía mucho.
Hoy contemplo aquellos meses con absoluta nostalgia. Lo pasamos bien, jugamos a ser mayores y protestones y, con el apoyo de nuestros catedráticos, dejamos de tener clases, aunque tuvimos que estudiar igual. También sospecho que, entonces como ahora, quienes protestábamos no siempre conocíamos todos los intereses de quienes nos animaban a hacerlo. Nuestra ilusión resultaba más fácil de movilizar que nuestro conocimiento del problema.
Recuerdo una lechera policial que, persiguiéndonos, quedó atascada en un jardín frente al Prado y la acabamos empujando nosotros. Y recuerdo al ministro en nuestra facultad, aquel 21 de mayo de 1987. Me puse en el pasillo de la comitiva y lancé dos huevos con una puntería que todavía recuerdo, pero ya no tengo. No salió corriendo ni aceleró el paso. Pasé semanas sintiéndome culpable de magnicidio, pensé que alguien me habría visto y seguro que me terminarían juzgando. No había móviles con cámara y los fotógrafos de los medios sucumbirían al aluvión de huevos. Se lo pusimos difícil.
Con los años he aprendido a valorar y hasta coger cariño a aquel gran ministro socialista, al que saludé mucho después en persona con el sentimiento de culpabilidad por haberle lanzado dos huevos. Su amabilidad y su conversación terminó de absolver mi conciencia de aquella gamberrada de juventud. Desarrolló la Ley General de Sanidad de Ernest Lluch, impulsó la financiación mediante impuestos y durante su mandato se pusieron en marcha el Consejo Interterritorial y la Organización Nacional de Trasplantes. Su compromiso social produjo avances concretos, los de verdad. Gracias siempre, Ministro.
Creía en el diálogo y en construir consensos. Incluso después de aquel recibimiento, su Ministerio mantuvo abierta la negociación. Sabía que reformar obliga a colectivos y profesionales a adaptarse, y que gobernar exige escuchar sus dificultades y acordar soluciones.
Esa disposición echo de menos en Mónica García, demasiado pendiente de imponer un dogma y sostener un relato ideológico. Los problemas de las personas no se resuelven defendiendo unas ideas sin atender a sus consecuencias. Ahí reside el oficio del político. Hoy despido con respeto a aquel buen ministro que me hace recordar con cariño al estudiante que confundía una huelga con la toma de la Bastilla.